Por primera vez en siete años, católicos y ortodoxos coincidirán casi en la misma semana para celebrar su fiesta más sagrada. La Pascua 2025 romperá con la tradición reciente: mientras la Iglesia católica marcará el Domingo de Resurrección el 20 de abril, las comunidades ortodoxas lo harán cuatro días después, el 24 de abril, siguiendo el calendario juliano. Este desfasaje, que suele oscilar entre una y cinco semanas, refleja no solo diferencias litúrgicas, sino también siglos de historia eclesial y astronomía precisa: la fecha depende de la primera luna llena tras el equinoccio de primavera.
Para millones de fieles, saber cuándo es Pascua no es solo una cuestión de agenda, sino de preparación espiritual y familiar. Hoteles en ciudades como Sevilla o Tesalónica ya registran reservas con meses de antelación, y las cofradías ajustan sus procesiones para evitar solapamientos con la Semana Santa ortodoxa. Que en 2025 la brecha sea de apenas cuatro días —en lugar de las semanas habituales— añade un matiz especial a la celebración. La pregunta ¿cuándo es Pascua? adquiere así un doble significado: marca el ritmo de la Cuaresma, pero también el de tradiciones que, aunque separadas por calendarios, comparten el mismo núcleo de fe.
Por qué cambian las fechas de Pascua cada año
La fecha móvil de la Pascua responde a un cálculo astronómico y litúrgico que se remonta al siglo IV. El Concilio de Nicea en el año 325 estableció que esta celebración debía caer el primer domingo después de la primera luna llena que sigue al equinoccio de primavera en el hemisferio norte. Este sistema, basado en el calendario lunar judío, explica por qué la Semana Santa oscila entre marzo y abril, sin una fecha fija como otras festividades cristianas.
La diferencia entre las fechas católica y ortodoxa surge de un desajuste histórico. Mientras la Iglesia católica adoptó el calendario gregoriano en 1582 para corregir el desfase con el año solar, las iglesias ortodoxas mantuvieron el calendario juliano, más antiguo. Esto genera una discrepancia de 13 días entre ambos sistemas. Según datos del Observatorio Astronómico Vaticano, en el 30% de los casos ambas tradiciones coinciden en la misma fecha, como ocurrió en 2025.
El cálculo exacto depende de tablas eclesiásticas llamadas computus, que combinan ciclos lunares de 19 años (ciclo de Metón) con correcciones solares. Por ejemplo, la Pascua nunca puede caer antes del 22 de marzo ni después del 25 de abril en el calendario gregoriano. Este año, la luna llena pascual ocurrió el 13 de abril, lo que situó el domingo siguiente —el 20— como día central de la celebración para los católicos.
Para los ortodoxos, que siguen el calendario juliano, el equinoccio de primavera se considera el 3 de abril (13 días después del gregoriano). Así, su luna llena pascual cayó el 18 de abril, retrasando la Pascua al 24. Esta variación, aunque confusa para muchos fieles, refleja una tradición milenaria que prioriza la sincronía con eventos astronómicos sobre la uniformidad del calendario civil.
La diferencia entre el calendario juliano y gregoriano
El desajuste entre las fechas de la Pascua católica y ortodoxa en 2025 —20 y 24 de abril, respectivamente— tiene su raíz en un conflicto astronómico que se remonta al siglo XVI. Mientras la Iglesia católica adoptó el calendario gregoriano en 1582 para corregir el desfase acumulado con el año solar, las Iglesias ortodoxas mantuvieron el juliano, creado por Julio César en el 46 a.C. La diferencia no es trivial: el calendario juliano se retrasaba entonces unos 10 días respecto al gregoriano, y hoy esa brecha alcanza los 13 días. Esto explica por qué, aunque ambas tradiciones siguen la regla de celebrar la Pascua el primer domingo después de la primera luna llena tras el equinoccio de primavera, lo hacen en fechas distintas: sus cálculos parten de referencias temporales distintas.
Históricamente, el cambio al gregoriano buscaba alinear el año civil con los eventos astronómicos. El calendario juliano, basado en un año de 365,25 días, sobreestimaba ligeramente la duración real del año solar (365,2422 días), acumulando un error de un día cada 128 años. Para 1582, el equinoccio de primavera —clave para fijar la Pascua— ocurría el 11 de marzo en lugar del 21, como establecía el Concilio de Nicea en el 325 d.C. La reforma gregoriana eliminó 10 días de octubre de ese año y ajustó las reglas de los años bisiestos, reduciendo el error a un día cada 3.300 años.
Las Iglesias ortodoxas, sin embargo, mantuvieron el juliano por razones teológicas y culturales. Según datos del Observatorio Astronómico de Atenas, en 2025 el equinoccio de primavera en el calendario juliano caerá el 3 de abril (gregoriano), mientras que en el gregoriano ocurrió el 20 de marzo. Esta discrepancia, sumada a las diferencias en los cálculos lunares —las Iglesias ortodoxas usan tablas astronómicas antiguas—, lleva a que la Pascua ortodoxa suela celebrarse entre una y cinco semanas después de la católica. Solo coinciden cuando la luna llena cae tarde en el calendario juliano, como ocurrió en 2017 y volverá a pasar en 2028.
El debate sobre unificar las fechas ha persistido por siglos. En 1923, un congreso panortodoxo propuso adoptar el calendario gregoriano para las fiestas fijas, pero mantuvo el juliano para la Pascua. Aunque algunas Iglesias, como la de Finlandia, han adoptado el gregoriano por completo, la mayoría sigue la tradición juliana. La resistencia no es solo litúrgica: para muchos fieles, el calendario antiguo es un símbolo de identidad frente a Occidente.
Cómo calcularán las iglesias la Pascua en 2025
El cálculo de la Pascua sigue reglas astronómicas y eclesiásticas que se remontan al siglo IV. Tanto la Iglesia católica como las ortodoxas basan la fecha en el primer domingo después de la luna llena que sigue al equinoccio de primavera en el hemisferio norte. Sin embargo, la diferencia radica en el calendario utilizado: los católicos siguen el gregoriano (introducido en 1582), mientras que la mayoría de las iglesias ortodoxas mantienen el juliano, que actualmente va 13 días por detrás. Esta discrepancia explica por qué en 2025 la Pascua católica caerá el 20 de abril y la ortodoxa el 24, a pesar de compartir el mismo método de cálculo teórico.
Para 2025, el equinoccio astronómico ocurre el 20 de marzo, pero las iglesias usan una fecha fija: el 21 de marzo según sus respectivos calendarios. La primera luna llena después de esa fecha (llamada «luna pascual») determina el domingo de Resurrección. Según cálculos del Observatorio Astronómico Vaticano, en el calendario gregoriano esta luna llena aparece el 18 de abril, fijando la Pascua católica dos días después. En cambio, el calendario juliano sitúa esa misma luna llena el 22 de abril, retrasando la celebración ortodoxa.
La coincidencia de fechas entre ambas tradiciones es excepcional. Estadísticas de la Conferencia Episcopal Española indican que, entre 1900 y 2100, solo en 14 ocasiones católicos y ortodoxos celebran la Pascua el mismo día. La última vez fue en 2017, y no volverá a ocurrir hasta 2034. Esta rareza subraya cómo pequeños ajustes calendáricos —como la corrección gregoriana de 10 días en 1582— siguen teniendo eco siglos después.
Algunas iglesias ortodoxas, como la de Finlandia, han adoptado el calendario gregoriano para la Pascua, alineándose con los católicos. Pero la mayoría, incluyendo las patriarcados de Constantinopla, Moscú y Jerusalén, mantienen la tradición juliana. La decisión no es solo litúrgica: refleja identidades culturales y teológicas. Mientras el Vaticano promueve unificar la fecha desde los años 60, las negociaciones avanzan lentamente, atrapadas entre la precisión astronómica y siglos de práctica devocional.
Tradiciones que unen y separan a católicos y ortodoxos
La celebración de la Pascua revela una división milenaria entre católicos y ortodoxos, marcada por diferencias en el calendario y tradiciones que se remontan al Concilio de Nicea en el año 325. Mientras la Iglesia católica adoptó el calendario gregoriano en 1582, los ortodoxos mantuvieron el juliano, más antiguo, lo que genera un desfasaje de hasta cinco semanas en la fecha de la resurrección. Este año, la coincidencia parcial —solo cuatro días de diferencia— es una excepción: estudios de la Universidad de Atenas indican que, estadísticamente, ambas iglesias comparten la misma fecha solo en el 30% de los casos durante el siglo XXI.
El cálculo de la Pascua ortodoxa sigue reglas estrictas: debe caer después de la Pascua judía y del equinoccio de primavera según el calendario juliano. Esto explica por qué, en 2025, los fieles ortodoxos esperarán hasta el 24 de abril para el tradicional «Cristo ha resucitado» que resuena en iglesias desde Moscú hasta Jerusalén. La liturgia, con sus cánticos bizantinos y la bendición del pan y el vino, contrasta con el enfoque más sobrio de la misa católica, donde el Domingo de Resurrección culmina la Semana Santa con procesiones y el encendido del Cirio Pascual.
Las tradiciones culinarias también trazan líneas divisorias. En Grecia o Rusia, el cordero asado y los huevos teñidos de rojo —símbolo de la sangre de Cristo— dominan las mesas, mientras que en países católicos como España o Italia, el bacalao, las torrijas o el panettone tienen protagonismo. Incluso el saludo varía: «¡Cristo vive!» responde el ortodoxo, frente al «¡Feliz Pascua!» occidental. Pequeños gestos que, sin embargo, reflejan identidades religiosas profundamente arraigadas.
Pese a las diferencias, ambas tradiciones comparten el núcleo teológico: la victoria sobre la muerte. El Patriarca Ecuménico de Constantinopla y el Papa han intercambiado en los últimos años mensajes de unidad durante estas fechas, aunque la brecha litúrgica persiste. La última vez que coincidieron por completo fue en 2017; la próxima no ocurrirá hasta 2034.
¿Podrían coincidir las Pascuas en el futuro cercano?
La coincidencia de las Pascuas católica y ortodoxa en 2025 —con solo cuatro días de diferencia— reavivó el debate sobre si ambas celebraciones podrían alinearse en un futuro cercano. Aunque el calendario juliano (usado por la mayoría de las iglesias ortodoxas) y el gregoriano (adoptado por los católicos en 1582) acumulan un desfase de 13 días, los cálculos astronómicos y las reglas eclesiásticas dejan margen para excepciones. Según proyecciones del Observatorio Astronómico de Vaticano, entre 2025 y 2050 habrá al menos tres años (2028, 2031 y 2034) en los que la diferencia se reducirá a una semana o menos, aunque la superposición exacta sigue siendo improbable sin ajustes litúrgicos.
El principal obstáculo no es matemático, sino tradicional. La Iglesia ortodoxa insiste en mantener el calendario juliano para la Pascua, vinculado a la fecha de la Pascua judía en el siglo IV, mientras que el cálculo católico —basado en el equinoccio astronómico y la primera luna llena posterior— ya incorporó las correcciones gregorianas. Teólogos como los del Instituto Patriarcal de Estudios Litúrgicos en Tesalónica señalan que, incluso con el desfase actual, la cercanía entre ambas fechas (como en 2017, cuando hubo solo una semana de diferencia) demuestra que una sincronización parcial es posible sin modificar dogmas. Sin embargo, cualquier cambio requeriría un consenso ecuménico que, hasta ahora, no ha prosperado.
La última vez que católicos y ortodoxos celebraron la Pascua el mismo día fue en 2017, y no volverá a ocurrir hasta 2034, cuando ambas caigan el 25 de abril. Pero incluso en esos casos, la «coincidencia» es relativa: depende de cómo cada Iglesia interprete las reglas del Concilio de Nicea (325 d.C.), que establecieron que la Pascua debe caer el domingo siguiente a la primera luna llena tras el equinoccio de primavera. Para los ortodoxos, el equinoccio se calcula según el calendario juliano (3 de abril en el gregoriano), mientras que los católicos usan el equinoccio astronómico real (20 o 21 de marzo). Esta discrepancia, aunque técnica, es suficiente para evitar la alineación perfecta.
Algunas voces dentro del cristianismo oriental, como las de la Iglesia ortodoxa de Finlandia, ya adoptaron el calendario gregoriano para la Pascua en el siglo XX, demostrando que el cambio no es imposible. No obstante, para las iglesias más tradicionales —como la de Rusia o la de Jerusalén—, la cuestión trasciende lo práctico: es un símbolo de identidad y continuidad con la antigüedad. Mientras tanto, los fieles seguirán viviendo la paradoja de una fiesta que conmemora la Resurrección con fechas divididas, un recordatorio de que, en materia de fe, a veces la unidad es más compleja que los cálculos astronómicos.
Este 2025, la Pascua vuelve a demostrar cómo tradiciones milenarias y cálculos astronómicos se entrelazan para marcar fechas que trascienden lo religioso: mientras los católicos conmemoran la Resurrección el 20 de abril, los ortodoxos lo harán cuatro días después, el 24, siguiendo el calendario juliano que rige sus celebraciones. La diferencia, lejos de ser un simple detalle litúrgico, refleja la riqueza de una fiesta que, más allá de los dogmas, une a culturas bajo símbolos comunes como el huevo, el cordero o la primaveral renovación.
Quienes planeen viajes, encuentros familiares o simplemente quieran vivir la Semana Santa con autenticidad harían bien en verificar de antemano qué rituales y procesiones tendrán lugar en sus destinos, ya que las fechas divididas pueden alterar horarios de servicios, cerrar comercios o incluso cambiar el ambiente en ciudades con fuerte tradición ortodoxa, como Atenas o Moscú. El año que viene, el cielo y los calendarios volverán a alinearse de otro modo, recordando que la Pascua, en todas sus formas, sigue siendo un faro de esperanza que se reinventa con cada primavera.

