Desde hace noventa noches, los 127 postes de calle Vicente Guerrero permanecen apagados, convirtiendo una de las vialidades más transitadas del barrio en un corredor de sombras donde el miedo se ha vuelto rutina. Los reportes a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) se acumulan sin respuesta, mientras los vecinos documentan con videos y fotografias cómo la oscuridad ha facilitado robos, accidentes y hasta agresiones en una zona que antes iluminaban focos de sodio cada diez metros. El último mantenimiento registrado data de febrero, pero desde entonces, ni brigadas ni explicaciones oficiales han llegado.
La situación en calle Vicente Guerrero no es un caso aislado de descuido, sino el reflejo de un problema que escaló hasta volverse insostenible: la falta de alumbrado público prolongado en colonias de ingresos medios, donde los recursos para instalar sistemas alternativos —como lámparas solares— son limitados. Aquí, los comercios cierran más temprano por seguridad, los niños dejan de jugar en las banquetas al anochecer y los adultos mayores evitan salir después de las siete. Lo que comenzó como una falla técnica se ha convertido en una crisis de convivencia, con vecinos organizando rondas nocturnas y exigiendo soluciones que van más allá de promesas en papeles.
Tres meses a oscuras en Vicente Guerrero
La calle Vicente Guerrero lleva 90 noches sumida en la oscuridad. Desde que falló el alumbrado público a mediados de mayo, los vecinos han tenido que adaptar sus rutinas: salen acompañados después del anochecer, evitan transitar por zonas poco visibles y algunos incluso han instalado focos improvisados en sus fachadas. La falta de iluminación no solo afecta la movilidad, sino que también ha incrementado la sensación de inseguridad en un área donde, según datos de la Fiscalía General del Estado, los robos con violencia en espacios públicos aumentaron un 12% en lo que va del año.
Los postes existen, los cables cuelgan, pero las lámparas permanecen apagadas. Residentes como doña Marta López, quien vive a media cuadra del cruce con Avenida Revolución, señala que ha reportado el problema en cinco ocasiones a través del 070 y la aplicación municipal. Las respuestas siempre llegan igual: «Se gestiona con el área correspondiente». Hasta ahora, ninguna solución.
El problema trasciende lo técnico. Especialistas en urbanismo advierten que la iluminación deficiente altera el tejido social de los barrios, reduciendo la interacción vecinal y facilitando actos delictivos. En Vicente Guerrero, donde conviven familias, pequeños comercios y una escuela primaria, la oscuridad prolongada ha llevado a que algunos negocios cierren antes de las 19:00 horas.
Mientras las autoridades prometen «pronta atención», los vecinos organizaron una colecta para comprar linternas solares que colocaron en tres puntos críticos. La medida es temporal, pero refleja el hartazgo de una comunidad que ya no confía en los plazos oficiales.
Faroles rotos y cables sueltos: el abandono visible
La calle Vicente Guerrero exhibe un deterioro que los vecinos ya no pueden ignorar. Faroles destrozados cuelgan de postes oxidados como testigos mudos de la negligencia, mientras cables pelados serpentean entre las aceras, amenazando con tropezar a quien pase. Tres meses sin alumbrado público han convertido las noches en un ejercicio de memoria: los residentes conocen cada bache y cada grieta solo por el sonido de sus pasos.
Según datos de la Asociación Mexicana de Alumbrado Público, el 40% de las fallas en sistemas de iluminación urbana se deben a falta de mantenimiento preventivo. En esta calle, el problema va más allá de los focos fundidos. Las lámparas rotas no se reemplazan, los postes inclinados no se enderezan y los cables sueltos —algunos con el aislamiento completamente desgastado— siguen expuestos a la intemperie, pese a las denuncias vecinales.
El abandono salta a la vista en detalles como el farol de la esquina con Calle Juárez, cuya base está rodeada de maleza que crece entre los escombros de vidrio. Más adelante, un poste torcido por el viento sostiene dos lámparas: una sin bombilla, otra con el plástico roto, como un símbolo de la indiferencia institucional.
Los cables son otro peligro constante. Algunos cuelgan a menos de dos metros del suelo, otros yacen enredados entre las raíces de los árboles, convertidos en trampas para peatones y mascotas. «Ya hubo un incidente con un niño que tropezó», advirtió un comerciante local, mientras señalaba un manojo de alambres negros que emerge de un poste agrietado.
Promesas incumplidas y la lucha por respuestas claras
El 17 de mayo, autoridades municipales prometieron restaurar el alumbrado público en Calle Vicente Guerrero en un plazo no mayor a dos semanas. Tres meses después, los postes siguen oscuros, las llamadas al 070 quedan sin respuesta y los vecinos acumulan facturas de electricidad por lámparas improvisadas en fachadas.
Según datos de la Asociación Mexicana de Autoridades de Iluminación (AMAI), el 68% de los retrasos en proyectos de alumbrado público en zonas urbanas se deben a fallas en la coordinación entre dependencias. En este caso, Protección Civil argumenta que espera la aprobación de un presupuesto extraordinario, mientras la dirección de Obras Públicas asegura que el problema es «logístico».
Los residentes ya no piden plazos. Exigen actas firmadas con fechas concretas y nombres de responsables.
La falta de luz ha convertido las noches en un riesgo: desde mayo, se registraron cuatro robos con violencia en la cuadra entre las calles Juárez y Morelos, según reportes de la comisaría local. «Nos dijeron que era prioridad, pero la prioridad parece ser el papeleo», comentó una comerciante mientras señalaba un poste con el foco roto desde abril.
Esta semana, el comité vecinal entregó un escrito en Palacio Municipal. La respuesta, hasta ahora, es un oficio con sello ilegible y la promesa de «revisar el caso».
La falta de alumbrado en Calle Vicente Guerrero no es solo un problema de comodidad, sino una falla grave que expone a los vecinos a riesgos reales: robos, accidentes y la sensación de abandono por parte de las autoridades. Tres meses sin respuesta demuestran que las promesas no bastan cuando la seguridad básica está en juego. Urge que la delegación actúe con transparencia, presentando un cronograma público de reparación y canales directos para reportar fallas, sin burocracia que dilate lo inevitable. Mientras tanto, los residentes pueden organizar rondas vecinales y exigir por escrito —con copias a medios locales— que se priorice esta zona, porque la presión colectiva sigue siendo el único lenguaje que algunos funcionarios entienden.
