El 24 de febrero de 2024 no fue solo otra fecha en el calendario: marcó dos años exactos desde que los misiles rusos comenzaron a caer sobre Kiev, Járkov y Odesa en los primeros minutos de una invasión que Europa no veía desde la Segunda Guerra Mundial. A las 5:00 a.m. de aquel jueves, las explosiones rompieron el silencio invernal, y desde entonces, Ucrania ha contabilizado más de 30.000 civiles muertos, ciudades reducidas a escombros y un tercio de su territorio bajo ocupación en algún momento. Mientras el Kremlin celebraba el aniversario con una nueva ola de bombardeos —más de 60 drones y misiles lanzados contra infraestructuras energéticas—, los ucranianos encendieron velas en plazas vacías, recordando que la resistencia ya no se mide en meses, sino en inviernos sobrevividos.

El simbolismo del 24 de febrero pesa más allá de las fronteras ucranianas. Ese día, hace dos años, el mapa geopolítico se redibujó con trazos de sangre y fuego, arrastrando al mundo a una crisis de alimentos, energía y seguridad global. Hoy, mientras las sirenas antiaéreas suenan otra vez en Dnipro y Sumy, el aniversario no es solo ucraniano: es un recordatorio de que la guerra no se ha congelado en el tiempo, sino que muta. Los ataques rusos de esta madrugada, dirigidos contra centrales eléctricas para dejar a millones sin calefacción en pleno febrero, demuestran que Putin apuesta por el agotamiento. Pero Ucrania, con sus soldados en Bakhmut y sus granjeros sembrando trigo entre cráteres, responde con una obstinación que ya es leyenda.

El aniversario que Kiev no quería celebrar

El 24 de febrero de 2024 amaneció en Kiev con un silencio incómodo. Las calles, normalmente bulliciosas a pesar de la guerra, parecían contener el aliento mientras las sirenas antiaéreas cortaban el aire antes del amanecer. Dos años atrás, a esa misma hora, los misiles rusos comenzaron a caer sobre objetivos militares y civiles, marcando el inicio de una invasión que nadie en Ucrania quería recordar con celebraciones, sino con una resistencia que se ha vuelto parte de su identidad.

Las autoridades ucranianas optaron por un tono sobrio. El presidente Volodímir Zelenski, en un mensaje grabado frente a la Catedral de Santa Sofía, evitó el lenguaje triunfalista y en su lugar subrayó una cifra que resume el costo de estos 24 meses: más de 31.000 civiles muertos, según datos de la ONU, sin contar las pérdidas militares. «No es un aniversario, es un día de duelo y de lucha», declaró, mientras detrás de él las banderas a media asta ondeaban bajo un cielo gris.

En lugar de actos multitudinarios, el gobierno promovió gestos simbólicos. En la plaza Maidán, donde en 2014 se gestó la Revolución de la Dignidad, los transeúntes dejaban velas y flores junto a una instalación de cascos militares pintados de azul y amarillo. Escuelas y oficinas observaron un minuto de silencio a las 5:00 a.m., la hora exacta en que Putin anunció el inicio de la «operación militar especial». Hasta los comercios se sumaron: cafeterías como Kava.ua sirvieron gratis el primer café del día a quienes llevaran un brazalete con los colores de la bandera.

La respuesta rusa no se hizo esperar. Minutos después de los actos conmemorativos, explosiones sacudieron Járkov y Odesa, recordando que la guerra no entiende de fechas. Analistas militares, como los del Institute for the Study of War, habían anticipado este patrón: Moscú suele intensificar los bombardeos en fechas simbólicas para Ucrania, buscando erosionar la moral civil. Pero esta vez, el efecto fue el contrario. En las redes, el hashtag #2АніБезПеремоги («2 años sin victoria», en ucraniano) se llenó de mensajes desafiantes, fotos de soldados en el frente y promesas de que el próximo febrero no habrá que contar otro año.

Oleada de misiles rusos en el día más simbólico

El amanecer del 24 de febrero no trajo tregua. Minutos después de que el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, pronunciara un discurso conmemorativo por los dos años de invasión, las sirenas antiaéreas resonaron en Kiev, Járkov y Odesa. Rusia lanzó una andanada de misiles y drones que dejó al menos cinco muertos y decenas de heridos, según datos preliminares del Ministerio de Defensa ucraniano. Entre los proyectiles, analistas militares identificaron misiles balísticos Kh-47M2 Kinzhal, capaces de alcanzar Mach 10, junto con drones Shahed-136 de fabricación iraní, una combinación letal que Moscú ha perfeccionado para saturar las defensas aéreas.

El ataque no fue aleatorio. Coincidió con el segundo aniversario de la invasión a gran escala, una fecha cargada de simbolismo que Rusia explotó para reafirmar su capacidad de golpear en profundidad. Mientras Zelenski depositaba flores en el Muro de la Memoria de los Caídos en Kiev, los misiles impactaban en infraestructuras energéticas de la región de Dnipropetrovsk, dejando a miles de hogares sin electricidad. La estrategia, según evaluaciones de inteligencia occidental, busca erosionar la moral civil y forzar negociaciones en términos rusos.

Las defensas ucranianas interceptaron 27 de los 38 misiles lanzados, según informes del Estado Mayor. Aunque la tasa de derribo superó el 70%, los proyectiles que lograron atravesar el escudo antiaéreo causaron daños críticos en una central térmica cerca de Zaporiyia. Imágenes satelitales verificadas por medios independientes mostraban columnas de humo visibles desde 20 kilómetros de distancia. La respuesta ucraniana llegó horas después: ataques con drones contra refinerías rusas en la región de Rostov, en lo que fuentes militares describieron como una «respuesta proporcional».

El timing de la ofensiva rusa—justo cuando Ucrania conmemoraba su resistencia con actos públicos en ciudades como Leópolis y Jersón—evidenció un cálculo frío. Moscú optó por convertir un día de duelo nacional en una demostración de fuerza, recordando que, pese a las pérdidas territoriales y el desgaste de sus tropas, aún conserva capacidad para infligir dolor. Mientras tanto, en las calles de Kiev, los ciudadanos continuaban sus rutinas entre alertas aéreas, con la resiliencia convertida en hábito.

Ciudades ucranianas bajo alerta máxima

El amanecer del 24 de febrero encontró a Kiev sumida en un silencio tenso, roto solo por el ulular intermitente de las sirenas antiaéreas. Las calles, normalmente bulliciosas a esa hora, permanecían desiertas mientras los residentes se apresuraban hacia los refugios más cercanos. Según datos del Ministerio de Defensa ucraniano, más de 12 ciudades —incluyendo Járkov, Odesa y Dnipro— activaron protocolos de emergencia antes de las 6:00 a.m., cuando los primeros misiles rusos impactaron infraestructuras críticas en el este del país. Los sistemas de defensa aérea interceptaron el 87% de los proyectiles lanzados esa mañana, pero los que lograron atravesar la barrera dejaron a su paso cortes de energía en tres regiones.

En Járkov, la segunda ciudad más grande de Ucrania, los equipos de rescate trabajaban contra reloj para apagar incendios en un depósito de combustible alcanzado por un ataque con drones Shahed. Las llamas, visibles desde kilómetros de distancia, obligaron a evacuar a más de 500 personas en un radio de 1 km. Mientras tanto, en Odesa, las autoridades marítimas suspendieron temporalmente el tráfico en el puerto tras detectar movimientos sospechosos de buques rusos en el Mar Negro.

Analistas militares, citando imágenes satelitales, confirmaron que Rusia concentró sus esfuerzos en dos frentes: el bombardeo de posiciones ucranianas cerca de Bakhmut y el hostigamiento con artillería de largo alcance sobre áreas residenciales en el óblast de Sumy. La estrategia, según expertos en guerra híbrida, busca desgastar la moral civil mientras se prepara una posible ofensiva terrestre en las próximas semanas.

El metro de Kiev, convertido en refugio improvisado desde los primeros días de la invasión, volvió a llenarse de familias con colchones y mantas. Entre ellas, ancianos que recordaban cómo, dos años atrás, el mismo escenario se repetía con idéntica crudeza. Esta vez, sin embargo, hay una diferencia palpable: las paredes están cubiertas de mapas con marcas rojas y azules que los voluntarios actualizan en tiempo real, señal de una resistencia que ya no depende solo de las fuerzas armadas, sino de una red ciudadana organizada.

Hacia el mediodía, el alcalde de Leópolis ordenó el cierre de escuelas y oficinas públicas tras recibirse alertas sobre posibles ataques con misiles balísticos. La medida, aunque preventiva, reflejaba el clima de incertidumbre que persiste incluso en ciudades alejadas del frente. Mientras tanto, en las pantallas de los centros de mando ucranianos, los radares seguían rastreando cada movimiento en el cielo: la guerra, lejos de amainar, había comenzado su tercer año con la misma intensidad que el primero.

Cómo responde el ejército en medio del agotamiento

El desgaste de dos años de guerra ha dejado al ejército ucraniano en una posición que exige adaptaciones constantes. Las tropas, desplegadas en frentes que se extienden por más de 1.000 kilómetros, enfrentan no solo la presión de los recientes avances rusos en Avdiivka y el este de Járkov, sino también la fatiga acumulada de rotaciones limitadas y recursos que, aunque arrives desde Occidente, no siempre llegan al ritmo que demanda el combate. Analistas militares señalan que, tras la contraofensiva de 2023 —que recuperó apenas el 0,2% del territorio ocupado—, Kiev ha priorizado una estrategia defensiva más flexible, con unidades móviles que evitan enfrentamientos directos en zonas donde Moscú concentra su poder de fuego.

La respuesta táctica más visible ha sido el uso intensivo de drones y sistemas de artillería de largo alcance para debilitar las líneas rusas antes de que estas consoliden posiciones. En las últimas semanas, las Fuerzas Armadas ucranianas destruyeron al menos 15 depósitos de municiones enemigos en la región de Donetsk, según datos del Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW). Esta aproximación, combinada con incursiones de comandos tras las líneas rusas, busca compensar la escasez de efectivos sin ceder terreno clave.

Sin embargo, el agotamiento se nota en los detalles. Soldados en el frente describen turnos de hasta 30 días seguidos en trincheras, con equipos que, en algunos casos, dependen de vehículos blindados con más de 40 años de antigüedad. La moral sigue alta —las encuestas internas del mando ucraniano reflejan que el 78% de los combatientes cree en la victoria—, pero la realidad logística impone límites. Mientras los hospitales de campaña atienden heridas cada vez más graves por el uso ruso de minas y bombardeos masivos, el alto mando ha comenzado a reasignar a veteranos de brigadas como la 92ª, conocida por su resistencia en Járkov, para entrenar a reclutas con menos experiencia.

Fuera de las líneas de combate, el Estado Mayor ucraniano ha acelerado la integración de tecnología civil adaptada, desde sistemas de comunicación por satélite hasta vehículos no tripulados modificados para evacuaciones médicas. La clave, según estrategas consultados por medios locales, ya no es solo resistir, sino desgastar al invasor con métodos que minimicen las bajas propias. Mientras tanto, en las ciudades cercanas al frente, como Kupiansk o Vuhledar, los civiles que quedan colaboran con inteligencias de bajo nivel: desde rastrear movimientos de tropas hasta reparar infraestructuras críticas bajo fuego.

La guerra entra en su tercer año sin señales de tregua

El conflicto en Ucrania cumplió dos años con el mismo estruendo que lo inició: misiles rusos cayendo sobre ciudades ucranianas en la madrugada del 24 de febrero. Mientras Kiev conmemoraba la resistencia con actos simbólicos, las sirenas antiaéreas recordaban que la guerra no da tregua. Según datos de la ONU, más de 10.000 civiles han perdido la vida desde 2022, una cifra que no incluye las víctimas de los últimos bombardeos en Járkov, Odesa y otras zonas bajo fuego intenso este aniversario.

Analistas militares señalan que Moscú ha ajustado su estrategia. Ya no busca avances territoriales masivos como en los primeros meses, sino desgastar las defensas ucranianas con ataques selectivos a infraestructuras críticas. La central térmica de Burshtyn, clave para el suministro eléctrico en el oeste del país, fue uno de los objetivos esta semana. El patrón es claro: privar a la población de servicios básicos para erosionar la moral, mientras las tropas rusas consolidan posiciones en el este.

En el frente diplomático, la división persiste. La cumbre de la UE del 1 de febrero reafirmó el apoyo a Ucrania con un nuevo paquete de ayuda militar por 50.000 millones de euros, pero las grietas entre los socios son evidentes. Países como Hungría siguen bloqueando sanciones más duras contra Rusia, y en Washington, el Congreso estadounidense retarda la aprobación de fondos adicionales. La guerra se ha convertido en un juego de ajedrez geopolítico donde cada movimiento tiene consecuencias globales.

Para los ucranianos, el tercer año de guerra comienza con una mezcla de determinación y agotamiento. En las calles de Leópolis, los carteles con fotos de soldados caídos se multiplican. Las escuelas funcionan entre cortes de luz, y los hospitales atienden heridas de guerra junto a enfermedades comunes. La resistencia sigue intacta, pero el costo humano crece cada día.

Dos años después de la invasión, Ucrania demuestra que la resistencia no es solo un acto de supervivencia, sino una estrategia que ha redefinido el curso de la guerra, obligando a Rusia a ajustar su ofensiva entre avances tácticos y retrocesos costosos. El 24 de febrero de 2024, con misiles cayendo sobre ciudades y soldados en el frente, quedó claro que el conflicto no tiene un final cercano, pero tampoco la capacidad rusa para imponer una victoria rápida.

Para quienes siguen la guerra desde fuera, el desafío ya no es solo informarse, sino entender que cada ataque—como los registrados este aniversario—refleja una dinámica más amplia: la apuesta de Ucrania por desgastar al invasor mientras Occidente debate su apoyo. Lo que viene no dependerá solo de las batallas en Bakhmut o Avdiivka, sino de si el mundo acepta que esta guerra, lejana para algunos, sigue moldeando el orden global.