Treinta y seis años después de su desaparición, doce piezas arqueológicas robadas en 1987 regresaron a su lugar de origen. El hallazgo, confirmado por autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), cierra un capítulo doloroso para el patrimonio cultural de México. Entre las piezas recuperadas destacan figuras de barro que datan del periodo Posclásico (900-1521 d.C.), vinculadas a la rica tradición prehispánica de la región.
El municipio de Tlaxcala de Xicohténcatl, conocido por su legado histórico como cuna de uno de los cuatro señores que gobernaron el antiguo señorío de Tlaxcala, celebra este logro como un triunfo de la memoria colectiva. La restitución no solo devuelve objetos de valor incalculable, sino que reafirma la identidad de una comunidad que ha luchado décadas por preservar su herencia. Las piezas, ahora bajo resguardo del Museo Regional de Tlaxcala de Xicohténcatl, serán estudiadas antes de su exhibición pública, ofreciendo a las nuevas generaciones un vínculo tangible con su pasado.
El saqueo de 1987 que marcó a Tlaxcala
El 12 de octubre de 1987 quedó grabado en la memoria de Tlaxcala de Xicohténcatl como una herida abierta. Esa madrugada, un grupo organizado irrumpió en el Museo Comunitario, llevándose 12 piezas arqueológicas de valor incalculable. Entre ellas, figuras de barro que databan del periodo Posclásico (1200-1521 d.C.), talladas por manos tlaxcaltecas siglos antes de la llegada de los españoles. El robo no fue un acto aislado: según registros del INAH, entre 1980 y 1990 se reportaron al menos 47 saqueos a sitios arqueológicos en la región, aunque pocos con el nivel de planificación de este.
Testigos de la época recordaban cómo los ladrones actuaron con precisión quirúrgica. Evitaron las vitrinas con réplicas modernas y se dirigieron directamente a las piezas originales, protegidas por un sistema de seguridad obsoleto. El entonces director del museo describió el hecho como un «golpe a la identidad», pues las piezas robadas incluían representaciones de deidades como Camaxtli, símbolo de la resistencia tlaxcalteca contra los mexicas.
El impacto trascendió lo material. Durante años, las escuelas locales dejaron de organizar visitas al museo, y los talleres de cerámica tradicional perdieron parte de su referente histórico. Arqueólogos consultados en 2010 señalaban que el saqueo había borrado pistas clave para entender los vínculos comerciales entre Tlaxcala y el Altiplano central.
Las investigaciones iniciales apuntaron a una red de tráfico de antigüedades con conexiones en Europa, pero las pistas se enfriaron rápido. Solo en 2003, un informe de Interpol mencionó que dos de las figuras podrían haber sido ofrecidas en una subasta privada en Bruselas. El silencio que siguió alimentó el escepticismo: muchos en el pueblo dejaron de creer que verían nuevamente esas piezas.
De Nueva York a su hogar: el regreso de las piezas
El viaje de regreso comenzó en un almacén de la Fiscalía de Manhattan, donde las piezas permanecieron como evidencia durante décadas. Tras confirmar su origen mediante análisis de arcilla y técnicas de datación por carbono, las autoridades mexicanas iniciaron los trámites legales. El proceso no fue rápido: según datos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, solo el 15% de los bienes culturales recuperados en el extranjero logran regresar en menos de cinco años.
Las esculturas, entre ellas figuras de Tláloc y vasijas policromadas, viajaron en un vuelo comercial con escolta diplomática. Cada pieza fue embalada con materiales especiales para evitar vibraciones, siguiendo protocolos de la UNESCO para transporte de patrimonio.
Al aterrizar en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, un equipo de restauradores las recibió. Las condiciones climáticas de Tlaxcala —con humedad relativa del 60%— exigieron un período de aclimatación controlada antes de su exhibición.
El último tramo, desde la capital hasta Tlaxcala de Xicohténcatl, se realizó en camiones con suspensión neumática. Vecinos del municipio formaron una guardia simbólica a lo largo de la carretera, portando antorchas de ocote. Las piezas no eran simples objetos: para la comunidad, representaban el cierre de una herida abierta en 1987.
Protección y memoria: el legado tras la recuperación
El regreso de las 12 piezas arqueológicas a Tlaxcala de Xicohténcatl no solo cierra un capítulo de 36 años de impunidad, sino que reabre la discusión sobre cómo proteger el patrimonio cultural en regiones con recursos limitados. Según datos del INAH, el 60% de los robos a sitios arqueológicos en México ocurren en municipios con menos de 50 mil habitantes, donde la vigilancia depende de esfuerzos comunitarios y presupuestos reducidos. En este caso, la recuperación fue posible gracias a la colaboración entre autoridades federales y la denuncia persistente de historiadores locales.
La memoria colectiva jugó un papel clave. Generaciones de tlaxcaltecas mantuvieron viva la historia de las piezas —entre ellas vasijas de barro con motivos teotihuacanos y figuras de obsidiana— a través de relatos orales y registros fotográficos precarios. Sin estos testimonios, el rastro se habría perdido en el mercado negro.
El legado ahora enfrenta un nuevo desafío: garantizar que estas piezas no vuelvan a desaparecer. El municipio ya trabaja en un protocolo de custodia con apoyo de especialistas en conservación, mientras se evalúa la posibilidad de exhibirlas en un espacio seguro dentro del Museo Comunitario.
Lo ocurrido en 1987 dejó una herida, pero también una lección. Hoy, el caso se estudia en talleres de patrimonio como ejemplo de cómo la presión ciudadana puede revertir el saqueo, incluso décadas después.
El regreso de las 12 piezas arqueológicas a Tlaxcala de Xicohténcatl no solo cierra un capítulo de 36 años de impunidad, sino que reafirma el valor de la perseverancia en la defensa del patrimonio cultural. Este logro, fruto de la colaboración entre autoridades, historiadores y comunidades, demuestra que la justicia, aunque lenta, puede triunfar incluso en casos que parecían perdidos. Para otras regiones que enfrentan saqueos similares, el caso sirve como modelo: documentar cada pieza robada, mantener viva la presión legal y tejer alianzas internacionales son pasos clave para recuperar lo que fue arrebatado. Ahora, con estas reliquias de vuelta, Tlaxcala escribe una nueva página en su historia, donde el pasado ya no es un botín en manos ajenas, sino un legado vivo en su tierra.
