El Volcán estalló en el minuto 89. Cuando el reloj marcaba el final y el empate parecía inevitable, André-Pierre Gignac apareció como un fantasma en el área para clavar el 3-1 y sellar una remontada que ya huele a clásico de Tigres. Los felinos no solo sumaron tres puntos vitales en la Liga MX, sino que dejaron a Juárez con las manos vacías y una sensación amarga: dominaron gran parte del partido, pero la máquina auriazul los aplastó cuando más dolía. Con este triunfo, el equipo de Ferretti—ahora bajo el mando de Robert Dante Siboldi—demostró que, incluso en sus peores noches, tiene colmillos para morder hasta el último segundo.
El duelo entre Tigres vs Juárez no fue un partido cualquiera. Llegaba cargado de tensión tras el tropiezo inicial de los regiomontanos en el torneo y la necesidad urgente de recuperar terreno. Los Bravos, por su parte, buscaban consolidarse como un rival incómodo, pero el Volcán se convirtió en su peor pesadilla. Lo que comenzó como un encuentro trabado, con un Juárez ordenado y un Tigres errático, terminó siendo un espectáculo de resistencia mental: dos goles en los últimos 20 minutos—el de Quiñones al 72’ y el letal remate de Gignac—transformaron la frustración en éxtasis. Así es el fútbol en el Tigres vs Juárez: impredecible, cruel para unos y glorioso para otros.
Un inicio de pesadilla en el Volcán

El Volcán Universitario ardió desde el minuto uno, pero no con el fuego que esperaba la afición. Juárez salió con una intensidad que descolocó a Tigres, aprovechando los espacios entre líneas para tejer jugadas peligrosas. A los 12 minutos, el silencio cayó sobre el estadio: un contraataque fulminante culminó con el 0-1 en el marcador, gol que expuso las carencias defensivas de un equipo local aún en proceso de ajuste bajo su nuevo esquema táctico.
La presión de los Bravos ahogó a los felinos durante los primeros 30 minutos. Según datos de Mediotiempo, Tigres apenas logró un 38% de posesión en el primer tiempo, su peor registro en lo que va del torneo. Las imprecisiones en el mediocampo y la falta de conexión entre Gignac y sus compañeros de ataque dejaron en evidencia un inicio de partido para olvidar.
El público, acostumbrado a ver a su equipo dominar desde el arranque, respondió con silbidos. No era solo el marcador: era la sensación de que Juárez, con menos recursos pero más orden, estaba dictando el ritmo. Cada pérdida de balón de Tigres se convertía en un suspiro de frustración colectiva.
Hasta el minuto 40, cuando un remate de Gignac se estrelló en el poste, no hubo ni un destello de reacción. El francés, normalmente letal, parecía aislado en un partido donde Juárez había cerrado todos los caminos con una defensa de cinco hombres y líneas compactas.
Gignac y el gol agónico que volteó la historia

El Volcán estalló cuando el reloj marcaba 88:47. André-Pierre Gignac, con esa frialdad que solo los depredadores de área poseen, remató de primera un centro desde la izquierda para clavar el 2-1. No fue un gol cualquiera: el francés acumulaba seis partidos sin anotar en el Clausura 2024, pero eligió el momento justo para romper la sequía. Su celebración, con el dedo en los labios pidiendo silencio, fue la respuesta perfecta a quienes dudaban de su vigencia.
El tanto llegó tras una jugada ensayada. Tigres presionó con bloque alto los últimos 15 minutos, ahogando a Juárez en su propia mitad. Según datos de Mediotiempo, los felinos tuvieron 72% de posesión en el último cuarto de hora, con 12 centros al área antes del gol. Gignac, siempre atento, aprovechó el desmarque de Quiñones por banda para aparecer en el segundo palo.
Lo que siguió fue pura euforia. El estadio vibró con una ola humana mientras los jugadores se abrazaban en el centro del campo. El gol no solo empataba el marcador, sino que borraba de un plumazo la frustración de un primer tiempo gris.
Analistas destacaron después la inteligencia del delantero: en lugar de controlar el balón, optó por el remate instantáneo, sorpresivo. Esa decisión, fría y calculada, cambió el rumbo del partido en menos de un minuto.
Juárez queda al borde: ¿qué sigue en el torneo?

El triunfo de Tigres no solo revivió sus aspiraciones en el torneo, sino que dejó a Juárez al borde del precipicio. Con esta derrota, los Bravos se mantienen en la zona de descenso directo, a solo dos puntos de Puebla, el último equipo con vida en la tabla porcentual. La urgencia ahora es matemática: necesitan al menos cuatro puntos en los tres partidos restantes para evitar depender de resultados ajenos.
El calendario no perdona. Juárez enfrentará a Atlas en la Jornada 17, un rival que, pese a su irregularidad, ha mostrado solidez en casa. Los analistas señalan que el equipo de Luis Fernando Tena lleva cinco partidos sin ganar como visitante, una racha que complica aún más su situación. La presión recae sobre la ofensiva, que solo ha anotado dos goles en los últimos cuatro encuentros.
Mientras, en la banca, las decisiones se vuelven críticas. La alineación contra Tigres generó dudas, especialmente en el mediocampo, donde la falta de contención permitió el dominio felino. Cambios tácticos o rotaciones forzadas podrían definir el futuro inmediato.
Queda una verdad incómoda: Juárez ya no controla su destino. Aunque sumen de a tres, deberán esperar tropiezos de Puebla o Querétaro para mantener la categoría. El margen de error se agotó.
El Volcán vibró hasta el último suspiro con un Tigres que demostró, una vez más, por qué su ADN nunca acepta la derrota: cuando el reloj marcaba 89 minutos y el empate se resistía, apareció André-Pierre Gignac para sellar la remontada con ese golazo que ya forma parte de su leyenda. La victoria 3-1 no solo revivió la ilusión en la afición, sino que dejó en evidencia la capacidad del equipo para reponerse cuando el partido se complica, incluso contra un Juárez que llegó a soñar con llevarse los tres puntos.
Para los aficionados que buscan entender el secreto de estos partidos de infarto, la clave está en no bajar los brazos ni un segundo—ni en la cancha ni en las gradas—, porque en el fútbol, como demostró Tigres, los milagros se construyen con paciencia, presión constante y un delantero que sabe dónde debe estar cuando el reloj apura. Ahora, con este triunfo bajo el brazo, el equipo de Fernando Ortiz mira hacia adelante: el próximo rival ya tiene motivo para temerle a un equipo que despierta cuando más duele.

