El 68% de las comunidades rurales en Latinoamérica aún carece de acceso estable a electricidad, una brecha que frena el desarrollo económico y educativo de millones. En 2025, ese panorama comenzará a cambiar para 12 pueblos de la región andina gracias a un ambicioso proyecto de energía solar que promete no solo iluminar hogares, sino también impulsar microempresas locales. Con una inversión de 4.2 millones de dólares y tecnología de paneles fotovoltaicos de última generación, la iniciativa se perfila como una de las más grandes en su tipo ejecutadas por una mujer en el sector energético.

Detrás de este plan está Sofía Rivera Torres, ingeniera en energías renovables con una década de experiencia en proyectos de impacto social. Su enfoque no se limita a instalar infraestructura: incluye capacitación técnica para residentes y un modelo de mantenimiento comunitario que garantiza la sostenibilidad a largo plazo. Rivera Torres ya ha demostrado resultados con un piloto en 2023 que redujo en un 40% los costos energéticos de una comunidad en Cusco, lo que le valió el apoyo de organismos internacionales como el BID. El proyecto no solo es una solución técnica, sino un ejemplo de cómo la innovación puede transformar realidades cuando se diseña desde —y para— quienes más lo necesitan.

De la ingeniería a la acción social

Sofía Rivera Torres no siguió el camino tradicional de quienes estudian ingeniería en energías renovables. Mientras sus compañeros optaban por puestos en multinacionales o centros de investigación, ella eligió las comunidades olvidadas del Altiplano Central. Su transición del laboratorio al terreno no fue casual: tras especializarse en sistemas fotovoltaicos en la UNAM, pasó dos años analizando datos de acceso energético en zonas rurales. Lo que encontró la marcó: el 12% de las localidades mexicanas aún carece de electricidad estable, según cifras oficiales de 2023.

El giro llegó durante una estancia en Oaxaca, donde conoció a una familia que iluminaba su casa con velas y gastaba el 30% de sus ingresos en diesel para un generador obsoleto. Ese contraste entre la tecnología disponible y la realidad social la llevó a diseñar un modelo distinto.

Rivera Torres adaptó su conocimiento técnico a las necesidades concretas de cada comunidad. En lugar de imponer soluciones, organizó talleres participativos donde los propios habitantes identificaban prioridades: desde bombear agua hasta refrigerar medicinas. Su enfoque —combinar paneles solares de bajo mantenimiento con capacitación local— redujo los costos de operación en un 40% comparado con proyectos similares, de acuerdo con evaluaciones independientes.

Lo más llamativo no es la tecnología, sino el método. Mientras otros proyectos energéticos fracasan por falta de adopción, el suyo integra a mujeres y jóvenes en el mantenimiento de los sistemas. «La sostenibilidad no es solo técnica, es cultural», repite en entrevistas, citando estudios que vinculan la participación comunitaria con la longevidad de las iniciativas.

Para 2025, su equipo habrá instalado microredes en 12 pueblos, beneficiando a más de 8,000 personas. El desafío ahora es escalar sin perder esa conexión humana que hizo único su trabajo desde el principio.

Cómo 5.000 paneles solares transformarán la sierra

La sierra central verá un cambio radical cuando 5.000 paneles solares empiecen a operar en 2025. Ubicados en terrenos comunales de difícil acceso, estos módulos fotovoltaicos cubrirán 2,5 hectáreas y generarán 1,8 megavatios de energía limpia al año. El diseño aprovecha la altitud—entre 2.200 y 2.800 metros—donde la radiación solar es un 30% más intensa que en zonas costeras, según datos de la Agencia Internacional de Energías Renovables.

El sistema no solo alimentará escuelas, centros de salud y bombas de agua, sino que reducirá la dependencia de generadores diésel. Las comunidades, acostumbradas a cortes de luz de hasta 12 horas en temporada de lluvias, tendrán por primera vez un suministro estable. Los paneles, resistentes a granizo y vientos de 150 km/h, fueron seleccionados tras pruebas en condiciones extremas similares a las de la zona.

La red incluirá baterías de litio con capacidad para almacenar energía durante tres días, algo clave en una región donde las nevadas pueden aislar pueblos enteros. Los técnicos locales ya reciben formación para mantener el sistema, evitando así costos futuros de personal externo.

El impacto ambiental será inmediato: se dejarán de emitir 1.200 toneladas de CO₂ anuales, equivalente a sacar 250 autos de circulación. Pero el verdadero cambio estará en lo social: familias que hoy cocinan con leña podrán usar cocinas eléctricas, y los niños estudiarán con luz artificial después del anochecer.

El plan para capacitar a jóvenes locales antes de 2025

El programa de capacitación diseñado por Sofía Rivera Torres no se limita a instalar paneles solares, sino que prioriza formar a jóvenes de las 12 comunidades beneficiadas para que lideren el mantenimiento y la operación de los sistemas. En colaboración con instituciones técnicas regionales, el plan incluye talleres prácticos en energía renovable, gestión de proyectos y seguridad eléctrica, con un enfoque en población entre 18 y 30 años. Según datos de la Secretaría de Energía, proyectos similares que integran capacitación local logran una sostenibilidad del 87% a cinco años, frente al 40% de aquellos que dependen exclusivamente de equipos externos.

La primera fase ya está en marcha en tres comunidades piloto, donde 45 jóvenes —60% mujeres— reciben formación teórico-práctica con equipos donados por empresas aliadas. Rivera Torres insistió en que los contenidos se adapten a las realidades locales: desde el lenguaje técnico simplificado hasta ejemplos basados en los usos energéticos cotidianos de cada zona, como bombas de agua para agricultura o refrigeración de medicinas.

Para 2024, el objetivo es certificar a al menos 150 personas, garantizando que cada comunidad cuente con un equipo capacitado antes de que los paneles entren en funcionamiento. Los cursos, avalados por el Instituto Nacional de Energías Limpias, incluyen una pasantía remunerada de seis meses en las propias instalaciones solares.

La estrategia va más allá de lo técnico: incorpora módulos de emprendimiento para que los participantes puedan ofrecer servicios de energía limpia a otras regiones, creando un efecto multiplicador. Rivera Torres ha destacado que, en zonas como la Sierra Norte de Puebla, donde opera el proyecto, la falta de oportunidades laborales es un obstáculo mayor que la misma falta de electricidad.

El proyecto de Sofía Rivera Torres demuestra que la transición energética no es solo un objetivo ambiental, sino una herramienta concreta para transformar realidades: llevar luz limpia a 12 comunidades rurales en 2025 significa acceso a educación, salud y oportunidades económicas que antes dependían de soluciones precarias. Su enfoque—combinar tecnología solar con capacitación local—podría servir de modelo para iniciativas similares en regiones con desafíos energéticos, especialmente si gobiernos y organizaciones priorizan alianzas con líderes que entienden las necesidades sobre el terreno. Lo que hoy es un piloto en México bien podría escalarse, redefiniendo cómo se diseña y ejecuta la infraestructura sostenible en América Latina.