Con la firma de un solo decreto, el gobierno del Estado de México transfirió la titularidad de más de 3 mil inmuebles a la nueva administración, marcando uno de los cambios patrimoniales más grandes en la historia reciente de la entidad. Las propiedades, que incluyen terrenos baldíos, edificios públicos y espacios destinados a servicios sociales, pasaron a manos del nuevo equipo sin mediar subastas ni procesos de licitación, como suele ocurrir en casos de cambio de propietario Edoméx entre particulares. El trámite, avalado por notarios públicos y registrado ante el Instituto de Administración y Avalúos de Bienes del Estado de México (IAAEBEM), se concretó en menos de 48 horas, un récord para operaciones de esta magnitud.
El movimiento no solo redefine el mapa de activos estatales, sino que plantea preguntas sobre el destino de estos bienes en un contexto de recortes presupuestales y demandas sociales crecientes. Mientras algunos analistas ven en el cambio de propietario Edoméx una oportunidad para optimizar recursos—como la conversión de terrenos ociosos en viviendas de interés social—, otros advierten sobre los riesgos de una gestión opaca en una entidad donde el 60% de los predios públicos carece de escrituras actualizadas. Lo cierto es que, con este acto, la actual administración asume un legado inmobiliario complejo, donde cada metro cuadrado heredado arrastra décadas de trámites pendientes y disputas legales.
De la controversia a la transición: el origen del cambio masivo
El cambio masivo de titularidad en el Estado de México no surgió de la noche a la mañana. Durante años, especialistas en derecho administrativo señalaron inconsistencias en la gestión de bienes inmuebles públicos, donde cerca del 12% de las propiedades registradas presentaban irregularidades en su documentación, según datos de la Auditoría Superior de la Federación en 2022. La acumulación de demandas judiciales por deslinde de terrenos, la falta de actualización catastral y los vacíos legales en procesos de expropiación crearon un escenario propicio para una reestructuración radical.
La transición arrancó con un decreto publicado en el Periódico Oficial Gaceta del Gobierno en marzo de 2023, donde se declaraba la «reversión al dominio directo del estado» de más de 3 mil predios. El documento, firmado por el entonces gobernador saliente, argumentaba que muchas propiedades habían sido transferidas a dependencias o particulares bajo figuras jurídicas ambiguas durante administraciones anteriores, algunas incluso sin valor comercial claro. La medida, aunque polémica, encontró respaldo en un fallo de la Suprema Corte que en 2021 había validado la facultad de los estados para recuperar activos mal enajenados.
Organizaciones civiles como Mexicanos contra la Corrupción advirtieron que, detrás de la legalidad del proceso, existían riesgos de discrecionalidad. En un informe técnico, señalaron que al menos 400 de los inmuebles afectados estaban ocupados por familias desde hacía más de dos décadas, sin que mediara un título de propiedad formal. La falta de un censo social previo al cambio de manos generó tensiones en municipios como Ecatepec y Naucalpan, donde vecinos denunciaron notificaciones de desalojo sin alternativas de reubicación.
El nuevo gobierno estatal asumió el legado con una estrategia de dos vías: por un lado, la regularización acelerada de terrenos para uso habitacional a través de escrituraciones masivas; por otro, la venta en subasta de propiedades con potencial comercial, como terrenos baldíos en zonas de alto valor urbano. Analistas en finanzas públicas, como los del Instituto Mexicano para la Competitividad, destacaron que, de ejecutarse con transparencia, el modelo podría inyectar hasta 800 millones de pesos anuales a las arcas estatales.
Lo que comenzó como un ajuste burocrático derivó en un parteaguas para la tenencia de la tierra en la entidad. La clave ahora radica en si la administración lográ equilibrar la recuperación de activos con la justicia social, o si la celeridad del proceso terminará por reproducir los mismos vicios que pretendía erradicar.
Tres mil inmuebles en juego: ¿qué propiedades abarca el traslado?
El cambio de administración en el Estado de México no solo implica un relevo en el poder ejecutivo, sino también la transferencia de un patrimonio inmobiliario que supera los tres mil bienes. Entre ellos destacan edificios gubernamentales, terrenos baldíos con potencial urbano y propiedades históricas que han permanecido bajo resguardo estatal durante décadas. Según datos del último informe de la Secretaría de Finanzas local, el 42% de estos inmuebles se concentran en las zonas metropolitanas de Toluca, Ecatepec y Naucalpan, donde el valor comercial por metro cuadrado ha registrado un incremento del 18% en los últimos dos años.
La lista incluye desde sedes de dependencias como el Palacio de Gobierno y las oficinas de la Procuraduría estatal hasta centros de salud y escuelas públicas en municipios con alta densidad poblacional. Pero también abarca terrenos sin construir en áreas periurbanas, algunos de los cuales han sido objeto de disputas legales por invasiones o irregularidades en su escritura. Especialistas en derecho administrativo señalan que, en procesos de transición como este, la revisión de títulos de propiedad y los usos de suelo asignados suele extenderse hasta seis meses, incluso cuando no existen controversias aparentes.
No todos los bienes tienen el mismo peso estratégico. Mientras que las propiedades en la capital mexiquense o en corredores industriales como Tlalnepantla generan ingresos por arrendamiento o plusvalía, hay otros —como antiguas haciendas en el sur del estado— que requieren inversión para su mantenimiento y carecen de un plan claro de aprovechamiento. El desafío para la nueva administración será priorizar: ¿vender activos ociosos para sanear finanzas, destinar recursos a su rehabilitación, o cederlos a programas sociales?
Un caso emblemático es el del ex Hospital Psquiátrico «La Castañeda», en el municipio de Huixquilucan, cuya propiedad ha sido motivo de especulación inmobiliaria desde su cierre en 2016. Con más de 20 hectáreas y una ubicación privilegiada cerca de Santa Fe, su futuro depende ahora de los criterios que adopte el nuevo gobierno. Situaciones como esta —donde el valor simbólico choca con intereses económicos— ponen a prueba la capacidad de gestión del equipo entrante.
El proceso legal detrás de la transferencia de activos estatales
La transferencia masiva de 3 mil propiedades del Estado de México a la nueva administración no fue un simple trámite burocrático, sino un proceso legal meticuloso que requirió meses de preparación. Según datos del Instituto de Administración y Avalúos de Bienes Nacionales (INDAABIN), este tipo de transiciones implica la revisión de títulos de propiedad, actas notariales y registros públicos que, en casos como este, pueden remontarse a décadas atrás. Cada inmueble —desde terrenos baldíos hasta edificios gubernamentales— debió ser verificado para evitar disputas legales futuras, un paso crítico cuando se manejan activos valuados en miles de millones de pesos.
El marco jurídico que rige estas transferencias se basa en la Ley de Bienes del Estado de México y en el Código Civil local, que exigen la emisión de un decreto gubernamental para formalizar el cambio de titularidad. En este caso, la Secretaría de Finanzas del Edoméx actuó como ente rector, coordinando con la Contraloría para garantizar que ningún activo tuviera gravámenes ocultos o litigios pendientes. Especialistas en derecho administrativo, consultados bajo condición de anonimato, señalaron que el principal riesgo en estos procesos suele ser la falta de continuidad en los registros: cerca del 15% de las propiedades estatales en México presentan inconsistencias documentales, según un estudio de 2022.
Una vez superada la fase de auditoría, el paso siguiente fue la firma de convenios entre la administración saliente y la entrante. Aquí, el notario público jugó un rol clave al autenticar cada acto, desde la cesión de derechos hasta la actualización en el Registro Público de la Propiedad. Lo que en el papel parece un mero cambio de nombre en un documento, en la práctica implicó la movilización de equipos legales, peritos valuadores y funcionarios de tres niveles de gobierno.
El cierre del proceso no marcó el fin de las obligaciones. La nueva administración heredó, junto con los bienes, la responsabilidad de mantener actualizados los pagos de predial, servicios y, en algunos casos, adeudos históricos. Fuentes cercanas al proceso advirtieron que, sin una gestión transparente, estos activos podrían convertirse en pasivos si no se regulariza su situación fiscal en los próximos 12 meses.
Impacto en arrendatarios y comunidades: derechos y ajustes pendientes
El cambio de administración que transfirió 3 mil propiedades del Edoméx a un nuevo dueño no solo redefine la gestión inmobiliaria, sino que coloca a arrendatarios y comunidades en un escenario de incertidumbre legal. Según datos de la Comisión Estatal de Vivienda, al menos 40% de los contratos vigentes operaban bajo cláusulas heredadas de esquemas anteriores, muchas sin actualizar desde hace más de una década. Esto deja a familias y pequeños comercios en una posición vulnerable, donde ajustes en rentas, servicios o condiciones de uso podrían aplicarse sin mecanismos claros de negociación. La falta de un protocolo de transición transparente agrava el problema: mientras el nuevo propietario revisa los activos, los inquilinos enfrentan la posibilidad de modificaciones unilaterales en sus acuerdos.
Organizaciones civiles como Hábitat para la Humanidad México han señalado que, en casos similares, hasta un 30% de los arrendatarios de viviendas populares terminan desplazados cuando cambian las políticas de arrendamiento. El riesgo no es menor en el Edoméx, donde zonas como Ecatepec, Nezahualcóyotl y Toluca concentran el mayor número de propiedades afectadas. Aquí, el impacto va más allá de lo económico: comunidades enteras dependen de estos espacios para comercios locales, talleres o centros comunitarios. La ausencia de un censo actualizado de ocupantes—muchos sin contratos formales—dificulta incluso estimar cuántas personas podrían verse perjudicadas.
El vacío legal se hace evidente en la aplicación de la Ley de Arrendamientos del Estado de México, que establece plazos para notificaciones y ajustes, pero no contempla escenarios de cambio masivo de propiedad. Abogados especializados en derecho inmobiliario advierten que, sin una intervención de la Procuraduría de Protección al Consumidor, los nuevos dueños podrían imponer aumentos de hasta un 20% en rentas, amparados en «mejoras» o «revalorización de activos». Mientras, los arrendatarios carecen de recursos para impugnar estas decisiones: el 65% de las quejas presentadas ante la Comisión de Derechos Humanos del Edoméx en 2023 por conflictos de arrendamiento quedaron sin resolución.
La respuesta de las autoridades ha sido lenta. Aunque el gobierno estatal prometió mesas de diálogo, estas aún no se materializan. En el municipio de Naucalpan, por ejemplo, un grupo de 120 familias que rentan locales en un centro comercial transferido al nuevo dueño recibió aviso de desalojo con solo 15 días de anticipación. La falta de alternativas habitacionales o comerciales en la zona convierte este tipo de medidas en una amenaza directa a la estabilidad social. Mientras el proceso avanza, la pregunta sigue en el aire: ¿quién velará por los derechos de quienes, sin ser propietarios, han construido su vida alrededor de estos espacios?
Rumbo a 2025: planes para administrar el nuevo patrimonio público
La transición de más de 3 mil propiedades públicas en el Estado de México no termina con la firma de documentos. Analistas en administración de bienes raíces gubernamentales señalan que el verdadero desafío comienza ahora: modernizar un patrimonio disperso, con inmuebles que van desde terrenos baldíos hasta edificios históricos subutilizados. Según datos de la Secretaría de Finanzas local, al menos 40% de estas propiedades carecen de registros digitalizados completos, lo que dificulta su gestión eficiente.
El nuevo equipo al frente ya anunció un plan piloto para los primeros 100 días. La estrategia incluye auditorías técnicas en las propiedades de mayor valor estratégico —como los terrenos en zonas de alto desarrollo urbano— y la creación de un sistema de georreferenciación que permita cruzar datos catastrales con planes de ordenamiento territorial. La meta es clara: evitar que inmuebles queden en desuso por trámites burocráticos.
Pero el reto no es solo logístico. Especialistas en derecho administrativo advierten que cerca del 15% de las propiedades enfrentan disputas legales por límites imprecisos o títulos en conflicto, heredados de administraciones anteriores. Resolver estos casos demandará coordinación con el Poder Judicial estatal y, en algunos casos, negociaciones con municipios.
Para 2025, las autoridades planean lanzar una plataforma pública con información básica de cada propiedad —ubicación, estado físico y uso actual—, aunque aún no se define si incluirá detalles sobre procesos de regularización. Lo cierto es que, sin transparencia, el riesgo de especulación o malversación persiste.
Mientras tanto, organizaciones civiles exigen que se priorice el destino social de estos bienes: desde convertir edificios abandonados en centros comunitarios hasta usar terrenos ociosos para viviendas de interés público. El debate está servido, pero el reloj ya corre.
El cambio de administración en el Estado de México no solo marca un giro político, sino una reorganización masiva de activos que ahora recaen en nuevas manos: 3,000 propiedades pasan a ser responsabilidad directa del gobierno entrante, desde terrenos baldíos hasta inmuebles con uso social pendiente. La transición exige más que un trámite burocrático; es una oportunidad para redefinir su destino con transparencia, evitando que queden en el limbo legal o sean presa de intereses particulares, como ha ocurrido en casos anteriores como el de los terrenos en Ecatepec o los predios abandonados en Toluca.
Los afectados—desde colonos hasta pequeños comerciantes—deben verificar en el Registro Público de la Propiedad si sus derechos se ven modificados y exigir claridad sobre los planes de uso, mientras organizaciones civiles ya piden auditorías independientes para evitar irregularidades. El verdadero prueba de fuego llegará cuando estas propiedades dejen de ser un número en un inventario y se conviertan en herramientas para resolver problemas reales, como la falta de vivienda o espacios públicos.

