Más de 70 marchas recorrieron este Primero de Mayo las principales ciudades de España, desde Madrid hasta Barcelona, con un mensaje claro: los salarios no llegan ni a cubrir el alquiler. Sindicatos como CCOO y UGT cifraron en casi dos millones los trabajadores que salieron a las calles, una movilización que superó en un 15% la del año pasado. Las consignas no se limitaron a reclamos laborales: pancartas con lemas como «Sin casa no hay dignidad» o «Trabajamos para pagar facturas, no para vivir» reflejaron la urgencia de un problema que ahoga a familias enteras.
El Primero de Mayo dejó al descubierto una realidad que golpea mes tras mes: el 40% de los contratos firmados en 2024 no superan los 1.200 euros brutos, según datos de la Seguridad Social. Mientras los precios de la vivienda se disparan un 8% interanual en ciudades como Málaga o Valencia, los convenios colectivos apenas suben un 3%. La jornada no fue solo un acto simbólico, sino un termómetro social. Para muchos, la huelga general que algunos sectores plantean ya no es una amenaza lejana, sino la única salida cuando el sueldo no estira ni para lo básico.
Un Día de Lucha con raíces en el siglo XIX*

El Primero de Mayo no nació como un día de reivindicación espontánea, sino que hunde sus raíces en las luchas obreras del siglo XIX. La semilla se plantó en 1886, cuando trabajadores de Chicago iniciaron una huelga masiva exigiendo la jornada laboral de ocho horas. Tres días después, la revuelta terminó en violencia: una bomba estalló en Haymarket Square durante una protesta, dejando docenas de muertos. Aunque el movimiento fue reprimido, la fecha se convirtió en símbolo global de resistencia.
En España, la tradición se consolidó décadas más tarde. La Segunda República institucionalizó el día en 1931, aunque su celebración fue prohibida durante el franquismo. Según datos del Archivo Histórico Nacional, entre 1936 y 1975 más de 200 manifestaciones del Primero de Mayo fueron disueltas por la policía. Tras la transición, la fecha recuperó su lugar en el calendario como jornada de lucha y memoria.
Hoy, el espíritu de Haymarket persiste. Las consignas han evolucionado—ya no es solo la jornada de ocho horas, sino salarios que alcancen para pagar un alquiler o hipotecas que no ahoguen a las familias—, pero el fondo sigue siendo el mismo: dignidad para quien trabaja.
Historiadores laborales señalan que, pese a los cambios, el Primero de Mayo mantiene un rasgo inalterable: es el único día en que sindicatos, partidos y colectivos sociales confluyen en las calles bajo una misma bandera. No hay discursos que lo igualen.
Consignas que resonaron en Madrid, Barcelona y Bilbao*

Las calles de Madrid vibraron con el grito unificado de «¡Que no nos roben el futuro!», coreado por miles de manifestantes que colapsaron la Puerta del Sol. Entre pancartas con consignas como «Sin salario digno, no hay vida digna», los sindicatos mayoritarios destacaron que el 34% de los trabajadores españoles cobra menos de 1.300 euros al mes, según datos de la última Encuesta de Estructura Salarial. La indignación se hizo tangible cuando una plataforma de jóvenes precarios desplegó una lona gigante con la frase «Generación mileurista: ¿hasta cuándo?» frente al edificio de la CEOE.
Barcelona vivió momentos de tensión cuando una columna de manifestantes, encabezada por la CUP y colectivos de inquilinos, coreó «¡Vivienda para vivir, no para especular!» mientras avanzaba por el Paseo de Gràcia. La consigna resonó con fuerza en una ciudad donde el alquiler devora el 60% del salario medio en barrios como el Eixample, según informes de observatorios locales. Algunos manifestantes portaban llaves gigantes de cartón, símbolo de las 20.000 familias en lista de espera para acceder a una vivienda protegida en Cataluña.
«Ni un paso atrás» fue el lema que dominó en Bilbao, donde la marcha —convocada por ELA-STV y LAB— arropó a trabajadores de la industria, históricamente golpeada por la deslocalización. Entre pitadas y caceroladas, se escuchó con claridad: «Si tocan a uno, nos toca a todos», un guiño a la solidaridad obrera que definió el espíritu del 1º de Mayo en el País Vasco.
Las redes sociales amplificaron consignas como «#SinNosotrasNoSeMueveElMundo», viralizada por colectivos feministas que denunciaban la brecha salarial del 12,7% en España. En Valencia, una performance callejera representó a una trabajadora cargando sobre sus hombros figuras de jefes, bancos y caseros, mientras el público respondía: «¡Basta ya!».
¿Qué sigue después de las marchas del Primero de Mayo?*

Las calles vacías tras las marchas del Primero de Mayo no significan el fin de las demandas. Sindicatos como CCOO y UGT ya han anunciado una agenda de movilizaciones que se extenderá hasta el verano, con paros sectoriales y concentraciones focalizadas en sectores clave como la hostelería y el transporte. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo, España registra una brecha salarial del 17,1% respecto a la media europea, cifra que alimenta la presión para negociar convenios colectivos con ajustes reales.
El gobierno enfrenta ahora la tarea de traducir el malestar callejero en políticas concretas. La ministra de Trabajo ha adelantado reuniones con patronales la próxima semana, aunque los sindicatos exigen gestos inmediatos, como la derogación de la reforma laboral de 2012 o un plan de choque para el alquiler.
Mientras, las plataformas vecinales y colectivos de inquilinos preparan acciones descentralizadas. En ciudades como Barcelona y Madrid, asambleas barriales ya organizan escraches a fondos buitre y cortes simbólicos en oficinas de bancos. La estrategia apunta a mantener viva la protesta más allá de la fecha simbólica.
El desafío será sostener la unidad entre trabajadores precarios, pensionistas y jóvenes sin empleo. Las redes sociales, donde el hashtag #1M2024 acumuló más de 200.000 interacciones, podrían ser clave para coordinar nuevas formas de presión.
El 1º de Mayo volvió a demostrar que las calles son el altavoz de una sociedad que exige cambios urgentes: salarios que alcancen para vivir sin apuros y un techo accesible dejaron de ser peticiones para convertirse en una demanda masiva, respaldada por sindicatos, jóvenes y trabajadores precarizados. La movilización récord no solo refleja el hartazgo, sino la unidad de un país que ya no acepta promesas vacías, sino soluciones concretas en la mesa de negociación. Quienes sienten el peso de la inflación o el desaliento ante un alquiler inalcanzable pueden sumarse a plataformas vecinales o asambleas sindicales—la presión organizada ha logrado avances históricos, desde la subida del SMI hasta frenos a los desahucios, y sigue siendo la herramienta más efectiva. El próximo año no será una repetición, sino la prueba de si esta marea lográ trasladar su fuerza a políticas que transformen, de una vez, el día a día de quienes sostienen el país con su trabajo.

