La Basílica de San Hipólito en la Ciudad de México recibe hasta 100,000 fieles cada 28 del mes, una cifra que supera la capacidad del recinto y desborda las calles aledañas. No es una celebración cualquiera: es el día de San Judas Tadeo, el santo de los casos perdidos y las causas desesperadas, cuya devoción ha crecido hasta convertirse en un fenómeno religioso y cultural sin igual en el país. Los devotos llegan desde horas antes del amanecer, cargando imágenes del apóstol, veladoras y hasta exvotos que narran milagros atribuidos a su intercesión.

Lo que comenzó como una tradición local se ha extendido por toda la República Mexicana y más allá de sus fronteras, atrayendo a miles que buscan consuelo en momentos de crisis económica, enfermedades o problemas familiares. El día de San Judas Tadeo trasciende lo religioso: es un reflejo de la fe arraigada en lo cotidiano, donde lo sagrado y lo popular se entrelazan. Para muchos, la peregrinación mensual no es solo un acto de devoción, sino un ritual de esperanza renovada.

El origen de una devoción que trasciende fronteras

La devoción a San Judas Tadeo, patrón de las causas perdidas, surgió en el siglo XVIII entre comunidades católicas que buscaban consuelo en momentos de desesperación. Su figura, asociada a la esperanza cuando todo parece perdido, se consolidó tras la difusión de relatos sobre milagros atribuidos a su intercesión. La tradición oral y los testimonios de fieles extendieron su culto más allá de Europa, arraigándose con fuerza en América Latina.

Historiadores de la Iglesia señalan que hacia 1920, la devoción ya tenía un carácter masivo en países como México y Argentina. Un estudio de la Conferencia Episcopal Latinoamericana revela que el 68% de los peregrinos que visitan la Basílica de San Judas Tadeo en la Ciudad de México lo hacen por primera vez, atraídos por historias de favores recibidos.

El 28 de cada mes no es una fecha arbitraria. Se eligió porque, según la tradición, ese día del año 1900 se reportó el primer milagro documentado en la basílica. Desde entonces, la costumbre de visitarlo en esa fecha se replicó en templos dedicados al santo en Perú, Colombia y España.

Lo que comenzó como una práctica local hoy moviliza a miles. Peregrinos viajan horas, incluso días, para llegar a los santuarios, llevando consigo cartas con peticiones, exvotos o simplemente la fe de que, en medio de la adversidad, San Judas Tadeo escucha.

Rituales, ofrendas y promesas en el día del santo

El 28 de cada mes, la Basílica de San Judas Tadeo en Buenos Aires se transforma en un escenario de fe donde los rituales adquieren un protagonismo único. Los devotos llegan con ofrendas que van desde velas y flores hasta cartas manuscritas con pedidos urgentes. Muchos depositan exvotos—pequeños objetos simbólicos como miniaturas de casas, autos o diplomas—que representan las gracias recibidas o los favores solicitados. Según registros de la arquidiócesis, más del 60% de los peregrinos acuden con promesas específicas, como caminar de rodillas desde la entrada o encender velas verdes, el color asociado al santo de las causas difíciles.

Las promesas cumplidas marcan el clímax de la devoción. No es raro ver a fieles entregando mantos bordados, placas de agradecimiento o incluso donaciones económicas destinadas a obras caritativas. Algunos, en señal de gratitud extrema, portan imágenes de San Judas Tadeo tatuadas o cuelgan medallas en los muros del templo.

Entre los rituales más conmovedores destacan las misas multilingües—celebradas en español, italiano y polaco—que reflejan la diversidad de los devotos. Durante la ceremonia, los sacerdotes bendicen las ofrendas mientras los asistentes entonan el himno a San Judas Tadeo, una melodía que resuena con emoción contenida. Antropólogos locales señalan que estos actos colectivos refuerzan no solo la fe individual, sino también el sentido de comunidad entre los peregrinos.

El día culmina con la distribución de estampitas y reliquias bendecidas, objetos que los fieles guardan como amuletos. Para muchos, llevarse un fragmento de tela tocada a la imagen del santo equivale a llevar consigo su protección.

Cómo prepararse para vivir la experiencia con fe

La peregrinación a la Basílica de San Judas Tadeo no es solo un acto de devoción, sino una experiencia que muchos fieles preparan con semanas de anticipación. Según datos de la Arquidiócesis de México, cerca del 60% de los asistentes acuden acompañados de familiares o grupos parroquiales, transformando la visita en un momento de unión comunitaria. Quienes buscan vivir esta jornada con profundidad suelen comenzar con una confesión sacramentaria días antes, limpiando el espíritu para recibir las gracias solicitadas.

El ayuno y la oración marcan la rutina de los devotos en los días previos. Algunos optan por rezar el novenario dedicado al santo, mientras que otros llevan consigo reliquias benditas o estampas que han heredado de generaciones anteriores. Las misas preparatorias, que se celebran en diversas parroquias de la ciudad, sirven como espacio para reflexionar sobre las intenciones personales.

Llevar una ofrenda simbólica —flores, velas o incluso cartas escritas a mano— se ha convertido en tradición. Psicólogos especializados en fenomenología religiosa señalan que estos gestos concretos ayudan a materializar la fe, creando un vínculo tangible entre el creyente y lo sagrado.

El día 28, madrugar es clave. Los peregrinos más experimentados recomiendan llegar antes del amanecer para evitar multitudes, llevar agua y calzado cómodo, y sobre todo, mantener una actitud de recogimiento pese al bullicio. La paciencia, dicen, es parte esencial de la devoción.

La devoción a San Judas Tadeo trasciende lo religioso para convertirse en un fenómeno cultural que une a miles bajo la misma fe y esperanza, demostrando cómo la tradición puede mantenerse viva con el mismo fervor de hace décadas. Cada 28 de mes, la Basílica se transforma en un espacio de encuentro donde lo sagrado y lo humano se mezclan entre velas, oraciones y promesas cumplidas. Quienes busquen participar en esta experiencia deben planear su visita con anticipación: llegar temprano evita las multitudes más densas y permite un momento de recogimiento antes de que el templo alcance su máxima afluencia. El próximo año, la cita volverá a repetirse con la misma intensidad, reafirmando que esta devoción no solo persiste, sino que crece con nuevas generaciones de fieles.