El San Siro vibró con un final de infarto cuando Rafael Leão, en apenas 120 segundos, volteó el marcador con dos goles en el minuto 85 para sellar un 3-1 que dejó a la Roma sin argumentos. El portugués, frío ante la portería de Svilar, transformó la desventaja inicial en una exhibición de carácter rossonero, recordando por qué el Milan no pierde de vista la pelea por los puestos europeos. Un partido que arrancó con dudas terminó con un remate cruzado, un centro al área y la sentencia de un equipo que sabe morder cuando el rival flaquea.

El duelo entre el Milan y la Roma no era uno más en el calendario: se medían dos escuadras con ambiciones distintas pero igual de necesarias. Los de De Rossi llegaban con la moral alta tras su racha en la Conference League, mientras que el conjunto de Pioli buscaba redimirse ante su afición tras tropiezos recientes. Que el choque se decidiera en los compases finales, con Leão como verdugo, no solo reafirma la irregularidad de ambos, sino que enciende las alarmas en Trigoria y da oxígeno a un Milan que, contra pronóstico, sigue vivo en la lucha por la Champions. El fútbol, una vez más, castigó al que bajó la guardia.

Un San Siro que respiraba Champions antes del pitido

El olor a gloria europea flotaba en San Siro mucho antes de que el árbitro pitara el inicio. Las gradas, vestidas de rojo y negro, coreaban himnos de Champions con una intensidad que solo se ve en noches de eliminatorias directas. Los ultras de la Curva Sud desplegaron una coreografía gigante con el lema «Solo la Coppa», mientras las estadísticas recordaban que el Milan no perdía en casa ante la Roma en partido oficial desde 2013: once años de invicto que pesaban como una losa psicológica.

La presión era palpable. Los jugadores romanos, acostumbrados a un Olimpico donde el silencio a veces es cómplice, se encontraron con un muro de 75.000 gargantas que ahogaba cada pase errado. Paulo Dybala, máximo goleador histórico de la Roma en San Siro con cinco tantos, miraba al cielo en busca de inspiración mientras el mediocampo rossonero asfixiaba con presiones altas.

El ambiente se cargó aún más cuando, a los 18 minutos, un error de Saelemaekers en banda izquierda desencadenó un contraataque romano que terminó con un disparo de Pellegrini al palo. El rebote, como un presagio, fue aclarado in extremis por Tomori. San Siro contuvo el aliento.

Analistas deportivos señalaban antes del partido que el Milan había ganado sus últimos siete encuentros en los que marcaba primero. Esa estadística, repetida en las pantallas del estadio, se convirtió en un mantra para la afición local. Cada falta lateral, cada córner, era recibido con un rugido ensordecedor.

La Roma, por su parte, intentaba imponer su juego de posesión, pero el césped parecía inclinarse hacia la portería de Svilar. Cuando el árbitro consultó el VAR por un posible penalti sobre Leão al minuto 33, el estadio enmudeció. La decisión de no señalarlo desencadenó una ola de abucheos… y el primer aviso serio de que la noche sería larga para Mourinho.

Leão rompe el guión con dos golpes en cinco minutos

El partido parecía condenado al empate. El Roma, con ventaja desde el minuto 11 gracias a un gol de Lukaku, había logrado contener al Milan durante 70 minutos con un bloque bajo y transiciones rápidas. Pero el fútbol, cuando menos lo espera, se escribe con tiza y pizarra nueva. Rafael Leão, silencioso hasta entonces, despertó de golpe.

El primer mazazo llegó en el 85. Un centro desde la izquierda de Theo Hernández encontró al portugués en el segundo palo, donde remató de primera con la zurda. El balón se coló por la escuadra, dejando a Svilar sin reacción. San Siro estalló. Los analistas destacarían después cómo el 70% de los goles del Milan esta temporada han llegado desde jugadas por las bandas, un patrón que la Roma no supo neutralizar.

Cinco minutos más tarde, la sentencia. Leão aprovechó un error en la salida del balón de la defensa romanista, robó el esférico en mediocampo y avanzó con velocidad. Su disparo cruzado, desde la frontal del área, selló el 3-1 y el delirio local. No fue casualidad: el portugués lleva 12 goles en sus últimos 15 partidos como visitante en Serie A.

La Roma, que había gestionado el partido con inteligencia, vio cómo dos acciones aisladas —y un jugador en estado de gracia— le arrebataban tres puntos que parecían seguros. El Milan, en cambio, encontró en la desesperación del final lo que no había logrado en 80 minutos: precisión, eficacia y el nombre de su héroe nocturno.

La Roma se queda sin argumentos en la recta final

El último tramo del partido expuso las carencias de una Roma que, pese a mantener el empate durante 84 minutos, se desmoronó cuando el Milan apretó. La falta de solidez en la presión alta permitió a los rossoneri circular el balón con criterio en los minutos decisivos, mientras que la defensa visitante mostró grietas en las transiciones. El gol de Leão al 85’ no fue casual: surgió de un contraataque donde tres jugadores de la Roma quedaron descolocados en 20 metros.

Los números no mienten. Según datos de Opta, el Milan generó cinco ocasiones claras en los últimos 15 minutos, todas desde el lado izquierdo—justo el flanco donde Zeki Çelik, lateral derecho romano, acumuló errores de posicionamiento. La incapacidad para cerrar espacios en banda y la lentitud en el repliegue sellaron el destino de un equipo que, hasta entonces, había contenido con orden al rival.

Mourinho apostó por un bloque bajo y la salida rápida de Dybala, pero el plan se diluyó cuando el desgaste físico pasó factura. Sin cambios tácticos que oxigenaran el mediocampo, la Roma perdió el control del ritmo. El segundo gol de Leão, casi idéntico al primero, fue el reflejo de una defensa estática, incapaz de reaccionar a los movimientos entre líneas de De Ketelaere.

El banquillo romano, habitualmente decisivo, no encontró respuestas. Ni la entrada de Belotti ni el intento de subir líneas con El Shaarawy alteraron un guion que el Milan ya dominaba. Para cuando el árbitro pitó el final, la sensación era clara: la Roma no solo perdió por detalles, sino por una falta de recursos cuando el partido exigía algo más.

El Milan demostró una vez más que el fútbol se gana con garra y precisión, no con minutos en el reloj, al voltear un partido que parecía perdido con dos golazos de Rafael Leão en el 85 que dejaron a la Roma sin respuestas y a San Siro en éxtasis. Fue un recordatorio brutal de por qué los rossoneri son un equipo que nunca hay que dar por muerto, especialmente cuando juegan en casa y con la presión de la Champions acechando.

Quien quiera entender el ADN de este Milan debe fijarse en cómo Pioli maneja los cambios tácticos en la segunda parte y en la frialdad de jugadores como Leão para decidir en el momento clave—detalles que marcan la diferencia entre un punto perdido y una victoria épica. La Roma, por su parte, sale con más dudas que certezas sobre su solidez defensiva en partidos de alto voltaje.

Ahora el reto para el Milan será trasladar esta intensidad al partido de vuelta en la Liga de Campeones, donde la historia, si algo ha enseñado esta temporada, es que los milagros en el fútbol empiezan cuando menos se esperan.