El Tri escribió otra página de su leyenda en el último suspiro. Con el reloj marcando 90+5, Hirving Lozano clavó un zurdazo al ángulo que volteó el marcador y le dio a México una victoria 2-1 sobre Arabia Saudita, en un partido donde la derrota ya parecía consumada. Fue el gol más tardío en la historia reciente de la selección mexicana, un remate que no solo salvó los tres puntos, sino que revivió el espíritu de un equipo que había lucido perdido durante gran parte del encuentro.
El duelo entre México vs Arabia Saudita no era cualquier amistoso: se trataba de un examen clave antes de la Copa América, donde el Tri busca recuperar su mejor versión. La derrota ante Uruguay días antes había dejado dudas, y el primer tiempo contra los asiáticos —con un 0-1 en contra— profundizó las críticas. Pero el fútbol a veces premia a los audaces, y en el México vs Arabia Saudita, la insistencia de Lozano y la frialdad de Edson Álvarez para empatar antes del descanso terminaron por construir un triunfo que huele a redención. Ahora, la pregunta no es si el equipo puede reaccionar, sino hasta dónde llegará esta chispa de resiliencia.
Un México al borde del abismo en Catar
El Tri llegó al estadio Lusail con la presión de un país al borde de la desesperación. Tras el decepcionante empate contra Polonia, la selección mexicana enfrentaba a Arabia Saudita con la obligación de ganar para mantener vivas sus aspiraciones en el Mundial. Pero el escenario se complicó rápido: en el minuto 44, Salem Al-Dawsari aprovechó un error defensivo para anotar el 1-0, dejando a México con un pie fuera de la competencia. Los primeros 45 minutos reflejaron lo peor del equipo: falta de claridad en el ataque, pases imprecisos y una defensa vulnerable a los contraataques saudíes.
La segunda mitad no empezó mejor. Aunque el técnico Gerardo Martino movió piezas con la entrada de Uriel Antuna y la salida de Alexis Vega, el equipo seguía sin encontrar ritmo. Las estadísticas eran brutales: México apenas había generado dos tiros al arco en todo el partido, mientras que Arabia Saudita, con un juego más vertical, seguía amenazando. Los aficionados en las gradas y los millones frente a las pantallas empezaban a resignarse. Hasta el minuto 88, el Tri no había logrado ni un remate claro.
Pero el fútbol, a veces, premia la insistencia. En el 89, Henry Martín conectó un centro de César Montes para empatar el marcador. El gol fue un respiro, pero no suficiente. México necesitaba más. Y llegó en el último suspiro: al 90+5, Hirving Lozano, quien había sido criticado por su bajo rendimiento en el torneo, apareció en el área para definir con frialdad y darle la vuelta al partido. El estadio estalló, pero el alivio duraría poco: el Tri seguía dependiendo de otros resultados para avanzar.
Analistas deportivos señalaron después del partido que el rendimiento de México en Catar 2022 reflejaba un problema estructural. Según datos de la FIFA, el equipo había completado solo el 78% de sus pases en los dos primeros partidos, una cifra baja para una selección que aspiraba a superar la fase de grupos. La victoria contra Arabia Saudita salvó momentáneamente la campaña, pero dejó al descubierto las mismas fallas que han perseguido al Tri en los últimos Mundiales: falta de contundencia ofensiva y una defensa inestable bajo presión.
El gol fantasma que casi le cuesta el partido
El VAR se convirtió en el protagonista no deseado cuando, al minuto 43, el árbitro polaco Szymon Marciniak revisó una jugada que parecía un gol legítimo de Arabia Saudita. Tras un centro desde la derecha, Salem Al-Dawsari remató de cabeza y el balón entró tras rebotar en el poste y en el arquero Guillermo Ochoa. Las imágenes mostraron que el esférico no cruzó por completo la línea de gol, pero la demora en la revisión —casi dos minutos— generó tensión en el estadio y en los jugadores mexicanos, que vieron cómo el marcador seguía 0-0 cuando el silbato marcó el final del primer tiempo.
La polémica no terminó ahí. Analistas deportivos señalaron que, de haberse validado el gol, México habría enfrentado un partido cuesta arriba contra un rival que ya había demostrado peligrosidad en los contraataques. Según datos de Opta Sports, Arabia Saudita había completado el 85% de sus pases en la primera mitad, con tres llegadas claras al área, mientras que el Tri apenas superaba el 78% de precisión y no generaba oportunidades de riesgo.
La reacción del banco mexicano fue inmediata. Gerardo Martino ajustó el mediocampo en el descanso, sacando a un Edson Álvarez dubitativo y entrando Luis Chávez para dar más llegada por las bandas. Pero el fantasma del gol anulado siguió planeando: en el minuto 47, un error de Ochoa casi le cuesta caro a México, cuando un disparo lejano de Mohamed Kanno se coló por sus manos y obligó a una atajada en dos tiempos.
Fue entonces cuando el partido cambió. Como si el susto hubiera activado algo en el equipo, México pasó de la incertidumbre a la urgencia. Lozano, antes invisible, comenzó a aparecer por la izquierda, y Santiago Giménez, aunque desperdició dos opciones claras, mantuvo ocupada a la defensa saudí. El gol fantasma, que pudo ser un golpe moral, terminó siendo el detonante de una reacción que culminaría en el último suspiro con el tanto de la victoria.
Lozano aparece en el último suspiro
El reloj marcaba 90+5 cuando Hirving Lozano apareció como un relámpago en el área saudí. Con el balón pegado al pie derecho, el delantero del Napoli cortó hacia adentro, esquivó al último defensor y colocó un zurdazo rasante que se coló por el segundo poste. El estadio Lusail estalló. No era un gol cualquiera: era el 2-1 que le daba la vuelta al marcador a México en un partido donde el tiempo reglamantario ya se había agotado y la derrota parecía un destino escrito.
Hasta ese instante, la selección mexicana había vivido 95 minutos de frustración. Arabia Saudita, compacta y letal en la salida, había adelantado con un contragolpe fulminante de Saleh Al-Shehri al 44’ y mantenía el control del ritmo. Los cambios de Gerardo Martino —la entrada de Edson Álvarez por el lesionado Luis Chávez y el ingreso de Lozano— no terminaban de cuajar. Pero el fútbol, a veces, premia la insistencia: un centro desde la banda izquierda, un rechace mal despejado por la zaga asiática y allí estaba el Chucky, en el lugar exacto, en el momento preciso.
El gol no solo salvó los tres puntos, sino que confirmó una estadística reveladora: México lleva 16 partidos consecutivos sin perder cuando Lozano marca. Según datos de la FIFA, su capacidad para decidir en los minutos finales —cinco de sus últimos ocho goles con la selección han llegado después del 80’— lo convierte en un especialista del last breath. Esta vez, sin embargo, el contexto pesaba más: era la primera victoria mexicana en el 2024, un alivio para una afición que empezaba a dudar tras el empate ante Australia y la irregularidad en la fase de grupos.
La celebración de Lozano, corriendo hacia la banda con los brazos en cruz, resume lo que significó ese tanto. No hubo tiempo ni para el saque de centro: el árbitro pitó el final apenas se reanudó el juego. Arabia Saudita, que había contenido a México con orden táctico, se quedó con la sensación de haber perdido un partido que dominó en tramos. Para el Tricolor, en cambio, fue un recordatorio de que, en el fútbol, los guiones pueden romperse hasta el último segundo.
La táctica que salvó a El Tri del desastre
El partido contra Arabia Saudita se convertía en un calvario para la selección mexicana cuando el reloj marcaba el minuto 85. Con un marcador adverso de 1-0 y un equipo que no lograba romper el bloque defensivo saudí, el fantasma de la eliminación anticipada en la Copa Mundial planeaba sobre el Tri. Pero fue entonces cuando el técnico Gerardo Martino optó por un cambio táctico que redefinió el rumbo del encuentro: la entrada de Uriel Antuna y la modificación del esquema a un 4-2-4 ofensivo.
La decisión no fue improvisada. Analistas de fútbol, como los del centro de estudios deportivos CIES Football Observatory, han señalado que los equipos que alteran su formación en los últimos 15 minutos de partido incrementan en un 22% sus probabilidades de anotar, siempre que el rival ya lleve ventaja. Martino, consciente de que Arabia Saudita se había replegado con cinco defensores, sacrificó un mediocentro para saturar las bandas. Antuna, por la derecha, y Lozano, por la izquierda, estiraron el campo y obligaron a los laterales saudíes a cubrir espacios que antes controlaban con comodidad.
El primer fruto llegó al 89’. Un centro desde la izquierda, un remate de Henry Martín que el portero Al-Owais desvió con dificultad. El balón quedó suelto en el área, y aunque dos defensores intentaron despejarlo, la presión de tres atacantes mexicanos los obligó a cometer un error. Fue el preludio de lo que vendría después.
Pero el golpe definitivo llegó cuando el árbitro señaló cinco minutos de tiempo añadido. En el quinto, con Arabia Saudita ya agotada físicamente y mentalmente, Lozano recibió un pase filtrado entre líneas, esquivó a su marcador con un toque sutil y definió con la izquierda. El estadio estalló. No fue suerte: fue la consecuencia de una apuesta arriesgada que, esta vez, pagó sus dividendos.
Qué necesita México para avanzar en el Mundial
El triunfo agónico ante Arabia Saudita dejó al descubierto las dos caras de México en este Mundial: la capacidad de reacción en momentos críticos y las carencias estructurales que frenan su aspirar a algo más que un paso efímero a octavos. El gol de Lozano al 90+5, tras una jugada donde la presión asfixiante y el desborde por banda izquierda desequilibraron a una defensa saudí ya replegada, confirmó que el equipo tiene recursos cuando el partido se juega en campo rival. Pero los primeros 80 minutos pintaron un panorama distinto: posesión estéril (62% en el primer tiempo sin llegadas claras), pases laterales sin profundidad y una falta de verticalidad que analistas como los del Observatorio Técnico de la FIFA ya habían señalado como el talón de Aquiles del equipo en sus últimos cinco partidos oficiales.
Para avanzar, México requiere urgente solidez en la creación. Contra Arabia, solo 3 de los 17 remates fueron entre los tres palos, y dos llegaron en los minutos finales, cuando el rival ya cedía terreno. La dependencia de jugadas individuales —como el desborde de Lozano o los destellos de Antuna— no basta en un torneo donde las defensas están cada vez más organizadas. La estadística es contundente: en los últimos dos Mundiales, los equipos que superaron la fase de grupos promediaron 1.8 goles por partido; México lleva 1.5 en Qatar, pero con una eficiencia que roza lo milagroso.
El mediocampo, teóricamente el sector más talentoso, sigue siendo un enigma. Ni Charly Rodríguez ni Édson Álvarez lograron imponer ritmo contra los saudíes, y la salida de balón desde la defensa —con Montes y Moreno— fue lenta y predecible. Sin un «5» que dicte tiempos y rompa líneas con pases filtrados, el ataque se ahoga. La comparación con selecciones como Croacia o Portugal, que en este mismo Mundial han demostrado cómo un mediocentro jerarquizado marca la diferencia, es inevitable.
Tampoco puede obviarse el factor psicológico. México llegó a este partido con la presión de una posible eliminación temprana, y aunque la remontada inyectó moral, el equipo aún arrastra la sombra de los octavos de final como techo histórico desde 1986. Superar esa barrera mental exigirá no solo mejoría técnica, sino también un bloque compacto que no dependa de heroísmos aislados. El próximo rival, ya sea Australia o Dinamarca, no perdonará los errores que Arabia Saudita sí cometió.
El triunfo de México sobre Arabia Saudita no fue solo un resultado, sino un recordatorio de que el fútbol se gana con garra hasta el último segundo: Lozano, emergiendo entre la presión y el cansancio, demostró que la experiencia en momentos críticos marca la diferencia, incluso cuando el partido parecía perdido. La selección mexicana, cuestionada por su irregularidad en la era de Jaime Lozano, encontró en la resistencia física y la jerarquía de sus figuras un salvavidas que podría redefinir su rumbo hacia la Copa América.
Para un equipo que busca consolidarse, el mensaje es claro: la intensidad no se negocia, y los cambios tácticos —como el ingreso de Antuna— deben ser más audaces desde el inicio, no solo como recurso de emergencia. Ahora, con este impulso, el reto será trasladar esa chispa de urgencia a los próximos compromisos, donde la consistencia, no los milagros, será la moneda de cambio.

