El 12 de octubre no es solo una fecha en el calendario: en México, más de 120 millones de personas conmemoran el Día de la Raza, un momento de reflexión sobre el encuentro —y los conflictos— entre Europa y América que redefinió la historia del continente. Solo en la Ciudad de México, las calles se visten de música, danza y color cada año, transformando plazas públicas en escenarios vivos donde el pasado prehispánico, la herencia colonial y las identidades contemporáneas se entrelazan sin permiso para ser ignoradas.

Lejos de reducirse a un debate académico o a un día de descanso, el Día de la Raza se vive hoy como un recordatorio incómodo y necesario: el de una identidad mestiza que aún negocia sus raíces entre el orgullo y las heridas abiertas. Para quienes caminan por el Zócalo o recorren Coyoacán, los siete eventos culturales programados este 2024 no son simples espectáculos, sino espejos donde se refleja qué significa ser mexicano cinco siglos después de aquel encuentro. La pregunta ya no es si se debe celebrar o lamentar, sino cómo entender esa mezcla que late en el arte, la gastronomía y hasta en el modo de hablar de un país que se redefine cada octubre.

El origen controvertido detrás del 12 de octubre

La celebración del 12 de octubre como Día de la Raza arrastra una historia marcada por tensiones ideológicas desde su institución en 1928. Originalmente propuesta por el ministro español Faustino Rodríguez-San Pedro como «Fiesta de la Raza» durante la dictadura de Primo de Rivera, la fecha buscaba exaltar los lazos entre España y sus antiguas colonias bajo un discurso de unidad hispánica. Sin embargo, en México la adaptación del concepto tomó un giro distinto: en 1929, el presidente Emilio Portes Gil la rebautizó como «Día de la Raza» para enfatizar el mestizaje como pilar identitario, una decisión que ya entonces generó debates entre intelectuales sobre si la conmemoración glorificaba o cuestionaba el legado colonial.

Historiadores como los adscritos al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) señalan que, mientras en España el 12 de octubre se consolidó como «Fiesta Nacional» en 1987 —con un 62% de los españoles considerando en encuestas recientes que es una fecha para celebrar el «encuentro entre culturas»—, en México la narrativa oficial ha oscilado entre el reconocimiento del sincretismo cultural y las críticas al genocidio indígena. La ambigüedad persiste: monumentos como el de Cuauhtémoc en la CDMX, inaugurado en 1887, se convierten cada octubre en espacios de protesta donde colectivos exigen replantear la fecha como «Día de la Resistencia Indígena».

El conflicto semántico no es menor. Para comunidades originarias, el término «raza» resulta anacrónico y cargado de connotaciones racistas, heredadas de la jerarquía colonial que clasificaba a los sujetos según su linaje. En cambio, académicos como los de la UNAM argumentan que el concepto de mestizaje, aunque imperfecto, permitió a México construir una identidad nacional inclusiva en el siglo XX. La paradoja salta a la vista: mientras desfiles escolares repiten coreografías que mezclan danzas prehispánicas con símbolos patrios, en foros universitarios se discute si la fecha debería eliminarse del calendario cívico.

Lo cierto es que el 12 de octubre expone fracturas aún vigentes. Basta recorrer el Zócalo capitalino ese día para toparse con dos realidades: por un lado, las autoridades organizando ceremonias protocolarias con discursos sobre «hermandad continental»; por otro, activistas desplegando mantas con consignas como «529 años de resistencia». La fecha, lejos de ser unívoca, se ha convertido en un espejo donde México refleja sus contradicciones históricas.

Festivales indígenas que redefinen la celebración en la capital

Mientras el Zócalo se viste de mantas con los rostros de figuras indígenas históricas, en las calles aledañas resuenan tambores y cantos en náhuatl, purépecha y mixe. Los festivales indígenas en la Ciudad de México no solo conmemoran el 12 de octubre, sino que lo transforman en un espacio de reexistencia cultural. El Festival de las Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios, organizado por la Secretaría de Cultura capitalina, reúne a más de 40 comunidades en un programa que abarca desde ceremonias tradicionales hasta talleres de medicina ancestral. Según datos de la CDMX, el 12.3% de la población en la ciudad se reconoce como indígena o afrodescendiente, cifra que cobra visibilidad en estos encuentros donde el español convive con al menos 15 lenguas originarias.

El corazón de la celebración late en el Monumento a la Revolución, donde el colectivo Semillas de Tambor dirige un ritual de danzantes con penachos de plumas de quetzal. A diferencia de los desfiles oficiales, aquí no hay carrozas ni discursos políticos: el protocolo lo marcan los voladores de Papantla, cuyo vuelo simbólico desde un poste de 20 metros representa la conexión entre cielo y tierra. Antropólogos de la UNAM destacan que estas prácticas, lejos de ser folclore, son actos de soberanía cultural que desafían la narrativa colonial del «descubrimiento».

En la delegación Milpa Alta, el Tianguis de la Diversidad ofrece otra perspectiva. Entre puestos de tamales de cecina y pulque curado con frutas de temporada, las mujeres mazahuas exhiben textiles teñidos con índigo y grana cochinilla, técnicas que resisten desde la época prehispánica. Lo notable no es solo la venta de productos, sino el intercambio de saberes: un taller de siembra de maíz criollo atrae a jóvenes que, según encuestas locales, muestran un interés creciente por recuperar conocimientos agrícolas ancestrales. La feria cierra con una velación, ceremonia purépecha donde el fuego y el copal purifican el espacio.

Lejos del bullicio turístico de la Plaza Garibaldi, en el barrio de La Merced, el Encuentro de Sonidos Originarios presenta una programación nocturna que mezcla son jarocho con hip-hop en lenguas indígenas. Artistas como Patricia Tax (rap en tseltal) o Lila Downs —quien suele participar en estas fechas— demuestran cómo la tradición se reinventa sin perder raíz. La clave está en los detalles: los instrumentos, desde el teponaztli hasta la guitarra de son, son fabricados por luthiers de comunidades como Cherán o Tlaxcala, vinculando cada nota a un territorio específico.

De danzas prehispánicas a conciertos: la agenda completa

La conmemoración del 12 de octubre en la Ciudad de México va más allá de los discursos oficiales. Este año, siete sedes culturales transformarán la reflexión histórica en experiencias vivas, desde el ritmo ancestral de las danzas prehispánicas hasta los acordes contemporáneos de conciertos que fusionan tradiciones. El Zócalo capitalino albergará la ceremonia oficial con la participación de 150 danzantes de la etnia purépecha, cuya coreografía «La Danza de los Viejitos» —reconocida por la UNESCO en 2016 como parte del patrimonio cultural inmaterial— abrirá el programa a las 10:00 horas. El contraste entre el atavío de plumas y sonajas y el escenario urbano subraya el diálogo que la ciudad propone entre pasado y presente.

Mientras el Centro Histórico revive memorias indígenas, el Auditorio Blackberry se suma con un concierto sinfónico donde la Orquesta Filarmónica de la UNAM interpretará piezas de Silvestre Revueltas y José Pablo Moncayo, compositores que bebieron de las raíces populares. La elección no es casual: según datos del INBAL, el 68% de los asistentes a eventos con música mexicana durante 2023 fueron jóvenes menores de 30 años, lo que refleja un interés creciente por revalorizar lo propio. El programa incluirá también una pieza encargada a una compositora zapoteca, estrenada esa misma noche.

Fuera de los recintos tradicionales, el barrio de Coyoacán apuesta por lo íntimo. La Casa Azul, sede del Museo Frida Kahlo, organizará lecturas dramatizadas de crónicas de la conquista a cargo de actores indígenas, seguidas de un conversatorio con historiadores de la UNAM. A pocas cuadras, la Plaza Hidalgo será escenario de un mercado de trueque donde artesanos de Milpa Alta intercambiarán piezas de barro y textiles por semillas nativas, recuperando una práctica mesoamericana. La jornada cerrará con la proyección del documental Voces del Maíz, ganador del Festival de Cine Indígena 2022.

Para quienes busquen contrastes, el Museo Nacional de Antropología ofrecerá visitas guiadas temáticas a sus salas de culturas originarias, mientras que en la Arena México —templo de la lucha libre— se presentará un espectáculo que entrelaza este deporte con leyendas prehispánicas, donde los luchadores portarán máscaras inspiradas en deidades como Quetzalcóatl. La programación, diseñada para público de todas las edades, demuestra que la conmemoración puede ser tan diversa como las voces que conforman el país.

Cómo asistir sin perderse en el Centro Histórico

El Centro Histórico de la Ciudad de México se transforma cada 12 de octubre en un laberinto de colores, sonidos y tradiciones. Con más de 500 años de historia concentrados en 9.7 km², según datos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), navegar entre sus calles durante las celebraciones del Día de la Raza exige estrategia. Los eventos se superponen, las multitudes fluyen entre el Zócalo y la Alameda Central, y los horarios rara vez se respetan al pie de la letra. Quienes lleguen sin un plan claro podrían perderse el desfile de danzantes con penachos de plumas de quetzal o la recreación de la fusión cultural en el Templo Mayor, dos de los momentos más esperados.

La clave está en priorizar. Estudios de movilidad urbana indican que el 68% de los asistentes a eventos masivos en la CDMX subestiman los tiempos de traslado entre sedes. Para evitar contratiempos, lo ideal es elegir entre los polos de atracción: el festival gastronómico en la Plaza de la Constitución —donde se sirven desde tamales oaxaqueños hasta tapas españolas— o las actividades en el Museo Nacional de Arte (MUNAL), que este año incluye una exposición temporal sobre el intercambio transatlántico. Quienes opten por lo primero deben llegar antes de las 11:00 horas; los segundos, considerar que las filas para acceder al recinto suelen extenderse hasta la calle de Tacuba.

El transporte marca la diferencia. Aunque el Metro (líneas 1, 2 y 3) y el Metrobús (línea 4) conectan con el centro, las estaciones cercanas como Zócalo o Allende alcanzan su máxima capacidad entre las 14:00 y 18:00 horas. Una alternativa menos caótica es utilizar las ecobicis —hay estaciones en República de Cuba y Bolívar— o caminar desde colonias aledañas como la Roma, aprovechando que varias calles peatonales (incluyendo Madero) estarán cerradas al tráfico. Los expertos en gestión de multitudes recomiendan llevar calzado cómodo: el adoquín del centro, combinado con las aglomeraciones, convierte hasta los 500 metros en una prueba de resistencia.

Para los que buscan experiencias más íntimas, alejarse del epicentro puede ser una ventaja. En la calle de Regina, a solo tres cuadras del Zócalo, talleres de grabado y galerías independientes organizan actividades paralelas con menos afluencia. Allí, entre edificios virreinales y cafés de especialidad, se respira otro ritmo. Eso sí: conviene llevar efectivo, pues muchos puestos y pequeños comercios no aceptan tarjetas durante los días festivos.

El debate que sigue: ¿qué significará esta fecha en 2025?

El 12 de octubre de 2025 marcará medio milenio exacto desde que las embarcaciones de Hernán Cortés arribaron a las costas de lo que hoy es Veracruz. La cifra redonda no pasa desapercibida: según datos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), seis de cada diez mexicanos consideran que esta fecha debería replantearse como un día de reflexión crítica sobre el encuentro entre culturas, más que como una celebración tradicional. La discusión ya trasciende los círculos académicos y llega a las calles, donde colectivos indígenas exigen que el Estado reconozca oficialmente los 500 años de resistencia de los pueblos originarios.

Mientras el gobierno federal mantiene el nombre «Día de la Raza» en el calendario oficial, estados como Oaxaca y Yucatán han adoptado denominaciones alternativas como «Día de la Nación Pluricultural» o «Día de la Resistencia Indígena». El contraste refleja una tensión histórica: ¿cómo conmemorar un evento que para unos simboliza el inicio de una civilización mestiza y para otros, el comienzo de un genocidio cultural? Historiadores como los adscritos a la UNAM señalan que el debate actual no es nuevo, pero sí más visible gracias a las redes sociales, donde etiquetas como #500AñosDeResistencia acumulan millones de interacciones.

La Ciudad de México, epicentro de los eventos conmemorativos este año, enfrenta su propia paradoja. La capital alberga tanto el monumento a Colón en Paseo de la Reforma —recientemente vandalizado con pintas que leían «500 años de impunidad»— como el Templo Mayor, donde arqueólogos exhiben piezas prehispánicas recuperadas. Curadores de museos como el Nacional de Antropología advierten que 2025 podría ser un parteaguas: o se consolida una narrativa inclusiva que reconozca las voces indígenas, o la fecha seguirá siendo un recordatorio de las divisiones que persisten.

El turismo también entra en la ecuación. Con eventos como la Feria Internacional del Libro en el Zócalo o el festival de danza prehispánica en Chapultepec, las autoridades esperan atraer a más de 2 millones de visitantes durante octubre. Pero activistas cuestionan si se está comercializando una fecha dolorosa. «No se trata de prohibir las celebraciones, sino de contextualizarlas», argumentan representantes de la Asamblea Nacional Indígena. El desafío para 2025 será claro: convertir el debate en acciones concretas, como la inclusión de lenguas originarias en los actos oficiales o la revisión de los programas educativos sobre la Conquista.

El Día de la Raza en la Ciudad de México dejó claro que la conmemoración va más allá de un simple recordatorio histórico: se trata de celebrar la diversidad cultural con propuestas que unen el pasado prehispánico, la herencia colonial y las expresiones contemporáneas. Los siete eventos programados—desde danzas indígenas en el Zócalo hasta mesas de diálogo en el Museo Nacional de Antropología—demostraron que la identidad mexicana se construye en el diálogo, no en el olvido.

Para quienes no pudieron asistir, vale la pena explorar las grabaciones de las charlas en las redes del INAH o visitar las exposiciones permanentes que retoman estos temas, como «Mestizaje y resistencia» en el Museo del Templo Mayor. El próximo 12 de octubre, la invitación sigue abierta: que la reflexión sobre este día no se limite a un calendario, sino que inspire acciones que fortalezcan el respeto por las raíces que nos definen.