El Ciutat de València se convirtió en testigo de una de las mayores sorpresas del fútbol español: el Levante aplastó 4-2 al Real Madrid en un partido que quedará grabado en la memoria. No fue un triunfo cualquiera, sino una exhibición de fútbol audaz, con goles de Roger Martí (doblete), José Campaña y un autogol de Éder Militão que selló la humillación. El equipo granota, acorralado en la tabla, demostró que el balón no entiende de jerarquías cuando el corazón y la intensidad mandan.

Para los aficionados, este Levante Real Madrid no fue solo un partido más. Fue el recordatorio de que el fútbol, incluso en su versión más desigual, reserva espacios para la épica. Un Madrid con Modrić, Benzema y Vinícius en el campo salió escaldado de un feudo donde el Levante, pletórico, jugaba como si no tuviera nada que perder—y precisamente por eso lo ganó todo. La Liga, una vez más, confirmó que los gigantes también tropiezan, y cuando caen, lo hacen con estruendo.

Un Madrid sin rumbo llega a Valencia

Un Madrid sin rumbo llega a Valencia

El Real Madrid llegó al Ciutat de València como un equipo sin identidad. Las derrotas recientes en Champions y Liga habían dejado al descubierto sus carencias defensivas, pero nadie esperaba un desplome tan estrepitoso. Los jugadores merengues pisaron el césped con la misma falta de intensidad que en los últimos partidos, como si el peso de la temporada les hubiera robado hasta la capacidad de reacción.

Los números no mienten: era la tercera vez en cinco partidos que el Madrid encajaba tres o más goles. Analistas deportivos ya señalaban antes del encuentro que su línea de cuatro, supuestamente consolidada, había perdido toda solidez. Valencia no fue la excepción, sino la confirmación de un patrón.

Sin Modrić en el once inicial y con Kroos lejos de su mejor versión, el centro del campo se convirtió en un coladero. Cada pérdida de balón era un riesgo, cada contraataque levantinista, una sentencia. El equipo de Ancelotti, acostumbrado a dominar con posesión, se vio superado en velocidad y agresividad por un Levante que no tuvo piedad.

Lo más llamativo no fue el marcador, sino la ausencia total de respuestas. Ni siquiera el 2-1 momentáneo de Benzema —su gol número 300 con el club— logró despertar a un Madrid que parecía condenado a arrastrarse hasta el final. La grada, lejana pero implacable, coreó cada error como un recordatorio: esto ya no era una mala racha, sino un equipo a la deriva.

El festival granota que desarmó a Courtois

El festival granota que desarmó a Courtois

El Ciutat de València se convirtió en un escenario dantesco para Thibaut Courtois. Los granotas no solo le anotaron cuatro veces, sino que lo descolocaron con un festival de disparos desde todas las distancias. El belga, acostumbrado a ser muro en la Champions, terminó el partido con apenas un 50% de efectividad en atajadas dentro del área, según datos de Opta. Cada remate de Levante parecía llevar su firma: Morales con un zurdazo cruzado, Pepelu filtrando pases letales, Bardhi ejecutando con precisión de cirujano.

El tercer gol, obra de Roger Martí, fue el golpe definitivo. Un centro desde la banda izquierda, un cabezazo potente y Courtois, estirado en el suelo, mirando cómo la pelota se colaba por el segundo palo. No hubo reacción, ni queja, ni excusa. El público local coreaba cada jugada como si fuera el último minuto de una final.

Lo más llamativo no fue solo el marcador, sino la forma. Levante no especuló: presionó alto, robó balones en campo rival y llegó con superioridad numérica en cada contra. Courtois, acostumbrado a dominar su área con autoridad, se vio superado por la velocidad de las transiciones y la audacia de un equipo que jugó como si no tuviera nada que perder.

Al final, hasta los defensas del Madrid bajaron la intensidad. La afición granota celebró cada avance como un triunfo personal contra el gigante. Y Courtois, por primera vez en mucho tiempo, pareció pequeño bajo los palos.

¿Qué queda para el Madrid tras el batacazo?

¿Qué queda para el Madrid tras el batacazo?

El Madrid se marchó de Valencia con más dudas que respuestas. La derrota ante un Levante que ocupaba puestos de descenso no solo supuso tres puntos perdidos, sino un golpe anímico en un momento crítico de la temporada. Los errores defensivos, especialmente en balones parados, expusieron debilidades que equipos de medio tabla ya no perdonan.

La estadística es demoledora: en las últimas cinco visitas al Ciutat de València, el conjunto blanco ha encajado 12 goles. Un registro que contrasta con su solidez histórica en campos rivales y que obliga a replantear el enfoque táctico. Los analistas señalan la falta de intensidad en la presión tras pérdida, un detalle que el Levante aprovechó con contragolpes letales.

Ahora, el calendario no perdona. Con el Barcelona acechando a solo dos puntos y el Atlético recuperando sensaciones, cada tropiezo se paga caro. La Liga se decide en estos partidos aparentemente sencillos, donde la irregularidad puede costar el título.

Queda la Champions como válvula de escape, pero incluso allí las sombras son largas. El equipo necesita reaccionar rápido o arriesgarse a que una temporada que prometía gloria termine en frustración.

El Levante no solo firmó una victoria, sino un parteaguas: un 4-2 que expuso las grietas de un Real Madrid aún en construcción, mientras el equipo granota demostró que el fútbol, cuando se juega con hambre y orden táctico, puede derribar gigantes. La noche en el Ciutat de València quedó grabada como recordatorio de que los títulos no se ganan en agosto, sino con consistencia en cada duelo, sin importar el rival. Para los aficionados madridistas, el partido debería servir como espejo urgente: reforzar la defensa y ajustar el mediocampo no son opciones, son necesidades si quieren pelear por todo esta temporada. Mientras, el Levante —con esta inyección de moral— tiene ahora la obligación de convertir este destello en regularidad, porque el próximo desafío no será contra un coloso desdibujado, sino contra la exigencia de mantenerse lejos del descenso.