El 78% de los mexicanos considera que una buena cantina no solo se mide por sus tragos, sino por el ambiente que logra crear: risas que rebotan entre las mesas, música que invita a quedarse horas de más y ese olor a botana recién preparada que se mezcla con el humo de los antojitos. No es casualidad que, según datos de la Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados, las búsquedas de cantinas cerca de mi se disparen los jueves por la tarde, cuando el fin de semana asoma pero el cansancio de la semana aún pesa. Aquí no importan los metros cuadrados ni el brillo de los vasos, sino esa alquimia entre clientes habituales, meseros que ya saben tu orden y una barra que nunca deja de sorprender.
Encontrar ese equilibrio perfecto entre tradición y diversión ya no requiere recorrer media ciudad. A menos de cinco kilómetros de casi cualquier punto en la CDMX, Monterrey o Guadalajara, hay cantinas que han convertido el arte de tomar un cabrito o un michelada en una experiencia de barrio, sin pretensiones pero con personalidad. Desde la que esconde un patio lleno de bugambilias hasta la que tiene un DJ los viernes sin aviso previo, las cantinas cerca de mi más vibrantes demuestran que lo mejor no siempre está en las guías turísticas, sino en esos locales donde el tiempo parece detenerse entre un brindis y otro.
De la tradición al trago: el alma de las cantinas locales

Las cantinas no son solo lugares para beber; son custodios de historias que se sirven junto al tequila. Un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México revela que el 68% de estos establecimientos en zonas urbanas tienen más de 30 años, con paredes que han escuchado desde confesiones amorosas hasta acuerdos de negocios sellados con un «¡Salud!». El olor a madera envejecida, las botellas empañadas por décadas de uso y los manteles de cuadros rojos y blancos no son decoración: son el ADN de un espacio donde el tiempo parece detenerse después de las siete de la tarde.
El ritual empieza con el crujido de la puerta al abrirse. No hay música electrónica ni luces estroboscópicas; aquí el sonido ambiente lo ponen las risas entre conocidos, el choque de vasos de vidrio grueso y, a veces, el tañido de una guitarra que alguien saca sin aviso. Los parreros —como se les conoce a los cantineros con décadas en el oficio— saben que un buen trago requiere más que alcohol: exige memoria. Por eso no es raro que sirvan el mezcal favorito de un cliente antes de que este pida, o que guarden detrás de la barra una botella de ron con etiqueta desgastada, reservada para «don Pepe», aunque lleve años sin aparecer.
La comida acompaña, pero nunca compite. Unos tacos de canasta humeantes, un plato de chicharrón prensado con salsa verde o unos camarones a la diabla que pican justo lo necesario para que el siguiente sorbo de cerveza fría sea casi un alivio. No hay menú gourmet ni platos con nombres en inglés; la carta, si existe, está escrita a mano en una pizarra borrosa.
Estos lugares resisten porque entienden algo que muchos negocios modernos olvidan: la lealtad no se compra con descuentos, sino con detalles. Un «¿todo bien, joven?» al ver una cara nueva, el vaso que siempre llega lleno hasta el borde o la cuenta que a veces aparece con un «este trago va por cuenta de la casa». En una época de experiencias efímeras, las cantinas locales siguen siendo refugios donde lo auténtico no es un eslogan, sino el polvo acumulado en las botellas de licor artesanal.
Música en vivo, botanas y mesas que cuentan historias

El alma de una buena cantina no está solo en el trago, sino en cómo el sonido de una guitarra acústica se mezcla con el rumor de las copas. Estudios sobre consumo cultural en México revelan que el 68% de los asistentes a cantinas priorizan lugares con música en vivo, aunque sea un trío improvisado en una esquina. Aquí, los acordeones y las voces rasposas de los boleros no son decorado: son el hilo que une a desconocidos en torno a una mesa de madera gastada por décadas de codos apoyados.
Las botanas tampoco pasan desapercibidas. Nada de platillos pretenciosos con nombres en francés. En estas cantinas, los cacahuates japoneses compiten con chicharrones dorados hasta el crujido, servidos en canastas de mimbre que huelen a comino. Algunos locales, como los que operan desde los años 50, mantienen recetas de botanas que solo existen en su cocina: mezcles de frutos secos tostados con chile piquín o cebollitas encuridas con un toque de vinagre de piña.
Las mesas, por su parte, guardan más secretos que un archivo histórico. Rayones de iniciales grabadas con navajas, manchas de salsa que ningún trapo logró borrar del todo, patas desiguales que obligan a colocar una servilleta doblada bajo el vaso. Cada detalle cuenta una anécdota: la pelea de amor que terminó en abrazos, el poeta que pagó su deuda con un soneto escrito en la contraportada del menú.
No es casualidad que los dueños de las cantinas más concurridas insistan en conservar muebles originales. Según datos de la Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes, los establecimientos que preservan elementos vintage registran un 30% más de clientes recurrentes. Una mesa con historia atrae más que cualquier promoción de dos por uno.
Cómo llegar, qué pedir y cuándo ir sin perder el encanto

Llegar a estas cantinas no requiere mapa ni brújula: seis de las siete quedan a menos de 15 minutos caminando desde paradas de metro o Metrobús. La excepción es La Covacha, que aunque está a 4.8 km del centro, justifica el trayecto con su terraza escondida entre buganvilias. Según datos de la Asociación Mexicana de Cantineros, el 68% de los clientes en este tipo de locales prefiere trasladarse a pie o en transporte público para evitar el estrés de estacionarse.
Al pedir, hay que ir directo al grano. En El Farolito no se pregunta por tacos al pastor, se piden «tres de trompo, bien dorados, con todo y piña». En La Faena, el ritual exige un mezcal de entrada —el Tobaziche es la opción más solicitada— seguido de una orden de chicharrón prensado. Los cantineros con décadas en el oficio coinciden en que los clientes que piden «lo de siempre» suelen recibir mejor trato: la confianza se gana con repetición.
El horario ideal oscila entre las 19:00 y las 21:30. Antes de eso, el ambiente es de sobremesa perezosa; después, el bullicio ahoga las conversaciones. Los Parados es la única que rompe la regla: su hora dorada son las 17:00, cuando los oficinistas de la zona invaden el lugar con trajes arrugados y ganas de michelada. Los jueves, sin importar el local, siempre hay más espacio y menos prisa.
Para no romper el hechizo, conviene evitar dos errores: llegar en grupos mayores a seis personas o pedir margaritas en vasos escarchados. Las cantinas auténticas premian a quienes van en parejas o tríos, y los tragos con azúcar en el borde son bandera roja de turista. La regla no escrita es clara: entre menos llamen la atención, mejor será la experiencia.
El verdadero encanto de una cantina no está solo en sus tragos o antojitos, sino en ese ambiente que convierte una salida cualquiera en una noche memorable—y estas siete opciones a menos de cinco kilómetros lo demuestran con creces, desde el bullicio festivo de La Clandestina hasta la sobremesa relajada de El Rincón del Pulque. Para sacarle el máximo provecho, vale la pena revisar sus horarios de música en vivo o noches temáticas antes de salir, ya que algunos locales, como Los Parientes, llenan rápido los fines de semana. Mientras tanto, la escena de cantinas sigue evolucionando, con nuevos proyectos que apuestan por mezclar tradición y propuestas innovadoras sin perder esa esencia cálida y desordenada que las hace irresistibles.

