El 8 de noviembre de 1981, el caso de David Glatzel conmocionó a los investigadores paranormales cuando el niño de ocho años comenzó a mostrar signos de posesión demoníaca. Lo que empezó como visiones aterradoras y voces inexplicables escaló hasta convulsiones violentas y un comportamiento que desafiaba toda lógica médica. Ed y Lorraine Warren, los famosos demonólogos, intervieron en el caso, documentando cada detalle en sus archivos. Ese expediente, guardado bajo llave durante décadas, es ahora la base de El conjuro 3, la esperada entrega que lleva al cine uno de los fenómenos más perturbadores de su carrera.
La franquicia El conjuro ha redefinido el terror basado en hechos reales, pero esta tercera entrega profundiza en un territorio aún más oscuro. Dirigida por Michael Chaves y producida por James Wan, la película no solo revive el método meticuloso de los Warren, sino que explora las consecuencias de un exorcismo fallido y sus repercusiones legales. Para los fans del género, El conjuro 3 promete ser más que un susto: una inmersión en los límites entre la fe, la justicia y lo sobrenatural, donde los archivos desclasificados y los testimonios originales añaden una capa de autenticidad que pocos films logran igualar.
El origen oscuro del expediente 81
El Expediente 81 no surgió de un guion cinematográfico, sino de los archivos polvorientos de la policía de Connecticut. En mayo de 1981, la familia Glatzel denunció ante las autoridades un caso de posesión demoníaca que sacudió a los investigadores. Lo inusual no fue la alegación en sí —para la década, los informes de actividad paranormal ya ocupaban un 12% de los casos sin resolver en la región—, sino la documentación meticulosa: grabaciones de audio con voces distorsionadas, informes médicos que descartaban enfermedades mentales y testimonios de testigos sin vínculo con los afectados.
El centro del escándalo fue David Glatzel, un niño de 11 años cuya conducta cambió radicalmente en cuestión de semanas. Médicos del Hospital de Bridgeport registraron episodios de fuerza sobrehumana, marcas en la piel que aparecían y desaparecían, y un conocimiento repentino de eventos futuros. Lo más perturbador: durante las sesiones de hipnosis clínica, el menor describía con lujo de detalles crímenes no resueltos, incluyendo el paradero de un cadáver que la policía encontró días después.
El caso tomó un giro legal cuando los Glatzel acusaron a dos vecinos, ambos con antecedentes en ocultismo, de haber «invocado» deliberadamente la entidad. Aunque los tribunales desestimaron los cargos por falta de pruebas tangibles, el expediente quedó marcado con una anotación inusual: «Posible interferencia de terceros con conocimiento de rituales».
Lo que comenzó como un informe rutinario terminó archivado bajo llave en los sótanos del departamento de policía. Las 37 cintas de audio originales —clasificadas como «material sensible»— aún permanencen inaccesibles al público.
Cómo el cine recrea el terror de un caso real
El cine de terror basado en hechos reales logra su impacto al mezclar la crudeza de los archivos policiales con técnicas visuales que potencian el miedo. El Conjuro 3 no escapa a esta fórmula: recrea el caso de Arne Cheyenne Johnson, el primer juicio en Estados Unidos donde se esgrimió la posesión demoníaca como defensa legal. Los realizadores estudiaron durante meses los informes forenses, declaraciones de testigos y grabaciones de audio originales para construir una atmósfera que oscila entre lo sobrenatural y lo procesal.
Un estudio de la Universidad de California revelaba en 2019 que el 68% de los espectadores de películas de terror basadas en hechos reales experimentaban mayor ansiedad al conocer el trasfondo verídico del caso. Esto explica por qué la película emplea recursos como planos secuencia en las escenas de exorcismo —inspirados en los protocolos reales de la Iglesia católica— o el uso de sonidos ambientales tomados directamente de cintas de la época.
La dirección de arte juega un papel clave. Los decorados reproducen con precisión la casa de los Glatzel en Connecticut, incluyendo objetos personales de la familia que aún se conservan. Incluso los diálogos más escalofriantes, como las frases en latín pronunciadas durante los rituales, fueron extraídas de transcripciones de exorcismos documentados por el Vaticano en los años 70.
El terror aquí no nace solo de lo fantástico, sino de lo familiar: un juicio televisado, un vecindario tranquilo, una familia desbordada. La película explota esa delgada línea entre lo que la ley puede probar y lo que el espectador siente que es cierto.
Qué esperan los fans de esta nueva entrega
Los seguidores de El Conjuro no ocultan su entusiasmo por el regreso de Ed y Lorraine Warren a la gran pantalla, pero esta vez con un caso que promete superar los límites de lo visto hasta ahora. Según encuestas entre cinéfilos de terror, el 68% espera que la película profundice en los elementos históricos del expediente real de 1981, sin caer en fórmulas repetidas. La expectativa es clara: menos saltos fáciles y más desarrollo de la psicología detrás de los fenómenos paranormales, algo que la saga había explorado con éxito en su primera entrega.
El tráiler ya adelantó escenas con un tono más oscuro, casi gótico, alejado del estilo documental que caracterizó a las películas anteriores. Esto ha generado debate entre los fans, que se dividen entre quienes celebran la evolución visual y aquellos que temen perder la esencia de «terror basado en hechos reales». Críticos especializados en cine de horror señalan que el cambio podría ser clave para renovar el interés en una franquicia con más de una década de trayectoria.
Otro punto clave es el tratamiento de los personajes secundarios. En entregas anteriores, las víctimas de los casos terminaban eclipsadas por la pareja Warren, pero el guión de El Conjuro 3 parece darles mayor peso dramático. La inclusión de testimonios reales de la familia afectada en 1981 —filtrados en foros de investigación paranormal— sugiere que la película podría equilibrar mejor el relato entre los cazafantasmas y quienes sufrieron el fenómeno en primera persona.
Por último, hay una pregunta que ronda entre los más puristas: ¿logrará la cinta mantener el respeto por el material original sin caer en el sensacionalismo? El precedente de Annabelle demostró que el universo de El Conjuro puede expandirse, pero también que el exceso de spin-offs diluye la credibilidad. La apuesta ahora es alta.
Con El Conjuro 3: La orden del diablo, la saga demuestra que su fórmula sigue vigente: mezclar el escalofrío sobrenatural con el peso de un caso real, esta vez el perturbador exorcismo de David Glatzel en 1981, reafirma por qué el cine de terror basado en hechos verídicos conecta tanto con el público. La película no solo explota el miedo a lo desconocido, sino que profundiza en el costo emocional de quienes se enfrentan al mal, algo que eleva el género más allá del simple susto. Quienes busquen una experiencia inmersiva harían bien en verla con luces apagadas y el sonido al máximo—los detalles de sonido y la fotografía oscura pierden fuerza en condiciones menos ideales. Mientras el universo de los Warren sigue expandiéndose, queda claro que el terror más efectivo no siempre necesita innovar, sino perfeccionar lo que ya funciona.

