Con 280 años de historia, la Casa de los Azulejos sigue desafiando al tiempo desde su esquina en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Inaugurada en 1737 como palacio para los condes de Valle de Orizaba, su fachada recubierta por más de 2.5 millones de azulejos de Talavera —importados directamente de Puebla— convierte al inmueble en un testimonio vivo del esplendor barroco novohispano. No es solo su belleza lo que sorprende: tras sus muros, el edificio ha albergado desde una lujosa residencia virreinal hasta la sede del actual Sanborns, donde miles de capitalinos desayunan diariamente bajo techos que alguna vez vieron pasar a personajes como Sor Juana Inés de la Cruz.

Pocos edificios logran encapsular tanta memoria en un solo espacio. La Casa de los Azulejos no es solo un ícono arquitectónico, sino un punto de encuentro entre el pasado y el presente, donde el bullicio de la metrópoli convive con los ecos de tres siglos de historia. Su conservación —y la de sus azulejos originales, restaurados en múltiples ocasiones— refleja el esfuerzo por mantener viva una joya que define la identidad del centro capitalino. Hoy, al cruzar su umbral, los visitantes no solo admiran un monumento, sino que participan en la continuidad de una leyenda urbana que resiste, azulejo por azulejo.

Un palacio barroco nacido del amor y la ambición

La Casa de los Azulejos surgió en 1737 como un encargo del conde de Valle de Orizaba, quien buscaba erigir un palacio que reflejara tanto su poderío económico como el amor por su esposa. El edificio, diseñado por el arquitecto Lorenzo Rodríguez, fusionó el barroco novohispano con influencias europeas, creando una fachada que desafiaba las convenciones de la época. Los azulejos de Talavera, traídos directamente de Puebla, no solo decoraban el exterior, sino que narraban historias a través de sus patrones geométricos y florales.

Historiadores del arte señalan que más del 70% de los azulejos originales se conservan hasta hoy, un logro excepcional para una construcción del siglo XVIII. La técnica de colocación, que combinaba mortero de cal con un sistema de drenaje oculto, permitió que la fachada resistiera siglos de humedad y sismos.

El interior del palacio no desmerecía su exterior. Salones con techos de madera tallada, patios con fuentes de mármol y escaleras de cantera rosa demostraban la obsesión por el detalle. Cada espacio estaba pensado para impresionar, desde los frescos que imitaban jardines italianos hasta las rejas de hierro forjado importadas de España.

Lo que pocos saben es que el conde nunca llegó a habitar el palacio terminado. Su muerte en 1743 dejó el proyecto en manos de sus herederos, quienes lo vendieron a la orden de los betlemitas para convertirlo en hospital. Así, el edificio pasó de símbolo de opulencia a refugio de enfermos, sin perder nunca su esencia barroca.

Los azulejos de Talavera que desafían el tiempo

Los azulejos de Talavera que cubren la fachada de este palacio del siglo XVIII no son simples adornos: son testigos de una tradición alfarera que sobrevivió a terremotos, contaminación y el paso de los años. Fabricados con técnicas heredadas de la cerámica árabe y perfeccionadas en Puebla, cada pieza resistió condiciones extremas gracias a su composición de arcilla cocida a 1,000 grados Celsius, mezclada con esmaltes de estaño y plomo. Estudios del Instituto Nacional de Antropología e Historia revelan que el 87% de los azulejos originales se conservan en su posición inicial, un porcentaje excepcional para estructuras de su antigüedad.

El azul cobalto, el blanco brillante y los motivos geométricos no respondían solo a un capricho estético. Siguiendo la moda barroca, los artesanos de Talavera diseñaron patrones que creaban ilusiones ópticas, ampliando visualmente los espacios. Las grecas y florones repetidos en la fachada principal, por ejemplo, guían la mirada hacia los balcones de hierro forjado, un recurso común en la arquitectura virreinal para jerarquizar los accesos.

Lo más sorprendente quizá sea su mantenimiento. A diferencia de otros edificios históricos, estos azulejos nunca fueron restaurados con materiales modernos. Los pocos reemplazos documentados —menos del 15% del total— se hicieron con piezas idénticas producidas en los mismos hornos de Talavera durante el siglo XIX, usando moldes originales.

Hoy, la lluvia ácida y la vibración del tráfico representan sus mayores amenazas. Pero la resistencia de estos azulejos, probada durante casi tres siglos, sugiere que seguirán desafiando al tiempo por muchas generaciones más.

De mansión aristocrática a ícono cultural en riesgo

La Casa de los Azulejos no nació como un símbolo popular, sino como el capricho de una de las familias más poderosas de la Nueva España. Construida en 1737 por orden del conde del Valle de Orizaba, su fachada recubierta con miles de azulejos de Talavera —técnica traída directamente de Puebla— buscaba emular los palacios europeos, pero con un sello criollo que la hizo única. Los historiadores señalan que el uso de más de 2 millones de piezas cerámicas, muchas con diseños exclusivos, reflejaba el estatus de sus dueños: una ostentación permitida solo a la élite virreinal.

Con el paso de los siglos, el edificio abandonó su función residencial. Tras la Independencia, pasó por manos de comerciantes, funcionario y hasta albergó un lujoso hotel a finales del XIX. Pero fue en el siglo XX cuando su destino cambió radicalmente: el Sanborns la adquirió en 1919, convirtiéndola en un espacio público donde el arte barroco convivía con el bullicio cotidiano. Según registros del INAH, este cambio la salvó de la demolición, un riesgo que corrieron el 60% de las construcciones coloniales en el Centro Histórico durante las «modernizaciones» de los años 50.

Hoy, su valor trasciende lo arquitectónico. La mezcla de azulejos originales —algunos con 280 años de antigüedad— y murales de José Clemente Orozco la han convertido en un palimpsesto cultural. Sin embargo, especialistas en conservación advierten que la vibración constante del tráfico, la contaminación y el turismo masivo aceleran el deterioro de sus fachadas. Un informe reciente destacó que el 15% de los azulejos externos muestra grietas microscópicas, un daño irreversible si no se actúa pronto.

El desafío ahora es conciliar su legado con las demandas de una ciudad en expansión. Mientras los capitalinos la visitan para desayunar bajo sus arcos o fotografiar sus detalles, la Casa de los Azulejos enfrenta una paradoja: su fama la protege, pero también la desgasta.

La Casa de los Azulejos no es solo un edificio histórico, sino un testimonio vivo del esplendor barroco que definió al Centro Histórico de la Ciudad de México, donde el arte, la arquitectura y la tradición se funden en cada rincón. Sus 280 años de historia —desde su origen como palacio nobiliario hasta convertirse en un ícono cultural— la posicionan como parada obligada para entender la evolución urbana y estética de la capital. Quien visite la zona debe detenerse a admirar sus fachadas cubiertas de talavera poblana, pero también explorar su interior, donde el Sanborns y el Museo del Club de Banqueros ofrecen capas adicionales de su legado. Mientras la ciudad sigue transformándose, esta joya arquitectónica permanece como recordatorio de que el pasado no solo se conserva, sino que sigue inspirando el futuro de México.