El fuego devoró más de 150 hectáreas de bosque nativo en San Martín de las Flores, dejando tras de sí un paisaje carbonizado y un ecosistema que tardará décadas en recuperarse. Las llamas, que se propagaron con rapidez debido a las altas temperaturas y los vientos intensos, arrasaron con especies autóctonas como el pehuén y el coihue, árboles que forman parte del patrimonio natural de la región. Brigadistas trabajaron sin descanso durante 72 horas para contener el avance, pero el daño ya estaba hecho: el humo se vio desde kilómetros a la distancia, y las cenizas cubrieron localidades aledañas.

San Martín de las Flores, conocida por sus reservas forestales y su biodiversidad, enfrenta ahora una de las peores tragedias ambientales de los últimos años. El incendio no solo afecta a la flora y fauna local, sino que también pone en riesgo el sustento de comunidades mapuches que dependen de estos bosques para su alimentación y cultura. Autoridades ya anunciaron investigaciones para determinar si hubo negligencia o causas intencionales, pero mientras tanto, los vecinos organizan brigadas de reforestación. La pregunta que queda en el aire es si este desastre servirá para reforzar las políticas de prevención en una zona donde los incendios se repiten cada verano con mayor ferocidad.

El pueblo que vive entre bosques centenarios

San Martín de las Flores no es un pueblo cualquiera. Rodeado por bosques nativos de pehuén y roble pellín, algunos con más de 300 años de antigüedad, la comunidad ha construido su vida en armonía con un ecosistema que resiste desde antes de la llegada de los españoles. Aquí, los árboles no son solo paisaje: son memoria. Las semillas de araucaria que los ancianos guardan en sus casas como reliquias familiares hablan de una relación que trasciende lo práctico. Estudios de la CONAF señalan que el 68% de los habitantes depende directamente de estos bosques, ya sea para recolección de piñones, leña o turismo de bajo impacto.

La vida cotidiana se mueve al ritmo de las estaciones. En otoño, las familias salen a recolectar hongos bajo los robles, mientras que en primavera el aroma del pan de piñón inunda las cocinas. Pero esta conexión no es romántica: es supervivencia. Las casas de madera, muchas construidas con troncos del mismo bosque, resisten inviernos crudos gracias al aislamiento natural de las maderas centenarias. Los niños aprenden desde pequeños a reconocer las especies, no por curiosidad, sino porque su futuro depende de ello.

El fuego que arrasó 150 hectáreas no solo quemó árboles. Destruyó rutinas, tradiciones y una economía frágil que tardó décadas en equilibrarse. Los bomberos voluntarios del pueblo —agricultores y profesores en su vida diaria— conocen cada sendero del bosque. Saben que un incendio aquí no se apaga con agua: se controla con conocimiento del terreno y vientos que cambian en minutos. Mientras las llamas avanzaban, muchos vecinos prefirieron quedarse a defender sus casas con palas y balde, antes que confiar en protocolos diseñados para ciudades.

Lo que pocos entienden es que este bosque no se recupera en una temporada. El pehuén, por ejemplo, tarda entre 20 y 40 años en dar sus primeros piñones. Para entonces, muchos de los actuales recolectores ya habrán envejecido. Las cenizas cubren ahora lo que era su sustento, pero también su identidad. En la plaza del pueblo, bajo la sombra de una araucaria que logró salvarse, los ancianos murmuran que el fuego no fue casualidad. Apuntan a los veranos cada vez más secos y a la falta de políticas que protejan lo que ellos siempre supieron cuidar sin ayuda.

Cómo comenzó el fuego que ya lleva tres días activo

El origen del incendio que devora desde hace tres días el bosque nativo de San Martín de las Flores se remonta a un foco inicial detectado la madrugada del lunes en la zona conocida como El Mirador, según confirmaron fuentes del Plan Provincial de Manejo del Fuego. Testigos locales relataron haber visto columnas de humo blanco hacia las 5:30 a.m., horarios en los que los vientos del noroeste superaban los 40 km/h, un factor que aceleró la propagación hacia las laderas más secas del cerro.

Los primeros informes técnicos apuntan a que el fuego pudo iniciarse por la combinación de altas temperaturas —la región registró 34°C ese día— y la acumulación de material vegetal seco tras meses sin lluvias significativas. Un estudio de la Universidad Nacional de Córdoba sobre incendios en zonas serranas advierte que el 68% de los focos en áreas protegidas durante 2023 tuvieron como detonante actividades humanas, ya sea por negligencia o intencionalidad. En este caso, las autoridades aún no descartan ninguna hipótesis, aunque descarten la posibilidad de rayos en la zona.

El avance fue tan rápido que en menos de seis horas el frente activo ya había consumido 20 hectáreas de pastizal y comenzaba a amenazaba los bosques de tabaquillo y molle, especies clave para el ecosistema local. Brigadistas que llegaron al lugar antes del mediodía reportaron dificultades para contener las llamas debido a la topografía accidentada y la falta de cortes de contención previos en la zona. La escasez de caminos accesibles obligó a desplegar helicópteros con descargas de agua desde las primeras horas, una medida que, según evaluaciones posteriores, logró frenar momentáneamente el avance hacia el sur.

Mientras los equipos trabajaban en tierra, imágenes satelitales del INTA revelaron que para la noche del lunes el incendio ya había formado un perímetro irregular de 8 kilómetros, con focos secundarios saltando hacia zonas de difícil acceso. La falta de humedad en el aire —inferior al 20%— y los vientos erráticos complicaron aún más las tareas. «Estas condiciones son típicas de eventos extremos», señalaron desde el organismo, comparando el patrón con el incendio de 2020 en las Sierras Chicas, donde factores similares llevaron a que el fuego persistiera por más de una semana.

Las especies nativas amenazadas por las llamas

El fuego que devora el bosque nativo de San Martín de las Flores no solo arrasa con hectáreas de vegetación, sino que amenaza a especies endémicas ya en peligro. Entre las más vulnerables está el Nothofagus alessandrii, el ruil, un árbol que solo crece en esta zona central de Chile y que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasifica como «en peligro crítico». Menos de 200 ejemplares adultos sobreviven en estado silvestre, y las llamas han alcanzado al menos tres sectores donde estos gigantes, algunos con más de 300 años, intentaban resistir.

Los brigadistas reportan avistamientos de aves en fuga, como el choroy de la cordillera (Enicognathus leptorhynchus), un loro que anida en los huecos de los árboles antiguos. Sin vegetación que los proteja, estos bandadas quedan expuestas a depredadores y a la deshidratación. Ecólogos advierten que, incluso si el fuego se controla, la recuperación del hábitat podría tardar décadas: el suelo quemado pierde su capacidad de retener agua, y las semillas de especies como el boldo o el peumo —base de la dieta de herbívoros locales— no germinan sin la sombra de los árboles maduros.

Un informe de 2023 del Ministerio del Medio Ambiente ya alertaba sobre la fragilidad de este ecosistema. Según el documento, el 60% de las especies arbóreas nativas de la región de O’Higgins enfrentaba algún grado de amenaza antes del incendio. Ahora, con más de 150 hectáreas reducidas a cenizas, el panorama se agrava. Los guardaparques señalan que animales como el degú (Octodon degus), un pequeño roedor clave para la dispersión de semillas, han desaparecido de las zonas más afectadas. Su ausencia acelera el colapso de la cadena trófica.

Las llamas también han llegado a quebradas donde crece el Adesmia arborea, un arbusto espinoso que sirve de refugio a insectos polinizadores. Sin estas plantas, especies como la abeja nativa Chilicola —esencial para la agricultura local— ven mermadas sus fuentes de néctar. Aunque los bomberos logren contener el avance, el daño a la biodiversidad será irreversible para generaciones.

Medidas urgentes para proteger a los evacuados

Las autoridades de San Martín de las Flores activaron un protocolo de emergencia para garantizar la seguridad de los más de 200 evacuados, según datos de la Dirección de Protección Civil. El refugio temporal en el polideportivo municipal ya cuenta con colchones, mantas y kits de higiene, pero especialistas en gestión de riesgos advierten que el principal desafío será evitar brotes de enfermedades respiratorias en un espacio cerrado con alta concentración de personas.

Equipos de la Cruz Roja implementaron un sistema de triaje para priorizar a adultos mayores y niños, grupos que representan el 40% de los afectados. Mientras tanto, voluntarios locales organizan turnos para distribuir alimentos no perecederos y agua potable, coordinados con el banco de alimentos regional.

La intendencia dispuso un operativo de transporte público gratuito para facilitar el traslado de quienes debieron abandonar sus viviendas sin vehículos. Tres líneas de colectivos urbanos fueron reasignadas para cubrir las rutas hacia el centro de evacuación, donde también se instalaron puntos de carga para dispositivos móviles y conexión a internet, esenciales para que los damnificados puedan comunicarse con familiares o gestionar trámites.

Psicólogos del hospital zonal trabajan en el lugar brindando primera atención emocional. «En situaciones como esta, el estrés postraumático puede manifestarse en las primeras 72 horas», explicó un profesional del equipo, quien recomendó mantener rutinas simples dentro del refugio para reducir la ansiedad. Mientras tanto, las escuelas de la zona suspendieron clases y abrieron sus instalaciones como puntos de acopio de donaciones.

El gobierno provincial anunció que destinará fondos de emergencia para cubrir los gastos médicos y de alojamiento de las familias afectadas, aunque aún no se precisó el monto ni los plazos de ejecución. La prioridad, por ahora, sigue siendo estabilizar las condiciones básicas antes de evaluar daños materiales.

Reconstruir el bosque: un plan a diez años

El fuego dejó tras de sí un paisaje lunar donde antes se alzaban quebrachos blancos y algarrobos centenarios. Pero el plan de restauración ecológica, diseñado por especialistas en ecología forestal junto a la comunidad local, no se limita a replantar árboles: busca reconstruir un ecosistema completo en una década. La primera fase, ya en marcha, prioriza la estabilización del suelo con especies nativas de rápido crecimiento como el chañar y el tala, capaces de frenar la erosión que amenaza las laderas más afectadas.

Los estudios previos al incendio —realizados por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA)— revelaban que esta zona albergaba 43 especies vegetales endémicas, algunas en riesgo antes incluso de las llamas. Ahora, el desafío es recuperar al menos el 70% de esa biodiversidad en los primeros cinco años, combinando siembra directa con la reintroducción de plantas propagadas en viveros comunitarios. El método, probado en incendios similares en Córdoba, acelera la regeneración natural hasta en un 40% cuando se interviene en los primeros 18 meses.

El agua será el otro eje crítico. Los técnicos instalaron ya seis estaciones de monitoreo para evaluar cómo el fuego alteró los acuíferos superficiales que alimentaban arroyos estacionales. Sin ellos, especies como el hornero o el zorro grises —avistados con frecuencia antes del siniestro— podrían desaparecer de la zona. La solución pasa por recrear microcuencas con troncos caídos y piedras, una técnica ancestral que los pobladores de San Martín dominan desde hace generaciones.

Mientras las primeras plántulas echan raíces, el municipio negocia con la provincia la creación de un fondo especial que garantice salarios para brigadas locales durante todo el proceso. No se trata solo de mano de obra: los vecinos, muchos de ellos descendientes de familias que trabajaron esos bosques por décadas, participarán en talleres para identificar especies, controlar plagas y documentar el avance de la flora. Su conocimiento del terreno es, según los biólogos a cargo, tan valioso como cualquier protocolo científico.

El incendio en San Martín de las Flores deja al descubierto una realidad cruda: la fragilidad de los bosques nativos frente a la combinación de sequías prolongadas, actividades humanas descuidadas y sistemas de prevención insuficientes. Que 150 hectáreas de ecosistema irremplazable se reduzcan a cenizas en días no es solo una pérdida ambiental, sino un llamado urgente a repensar cómo protegemos estos pulmones naturales, donde cada árbol talado o quemado acelera la crisis climática que, a su vez, alimenta más incendios.

Ante esto, las comunidades locales y autoridades deben actuar ya: reforzar los cortafuegos, implementar alertas tempranas con tecnología satelital y, sobre todo, educar a la población sobre el riesgo real que implica una colilla mal apagada o una quema agrícola sin control. La reconstrucción del bosque llevará décadas, pero evitar que la tragedia se repita depende de decisiones que no admiten demora.

El futuro de San Martín de las Flores—y de cientos de territorios similares—no se decidirá en los meses de lluvia, sino en cómo se actúe hoy, cuando el humo aún no se ha disipado del todo.