El fuego devoró 150 hectáreas de bosque en menos de 48 horas. Las llamas, que se extendieron con rapidez por la Sierra Gorda de Querétaro, dejaron a su paso un paisaje carbonizado en Pinal de Amoles, municipio donde los brigadistas aún luchan por contener los últimos focos activos. Autoridades estatales confirmaron que el siniestro, detectado el martes por la tarde, avanzó impulsado por vientos de hasta 30 km/h y la sequía extrema que azota la región desde principios de año. La Comisión Nacional Forestal (Conafor) desplegó tres helicópteros y 80 combatientes, pero el terreno escarpado y la vegetación seca complicaron las labores.
La tragedia en Pinal de Amoles no es un caso aislado: Querétaro registra ya cinco incendios forestales mayores en lo que va de 2024, todos concentrados en zonas de alta biodiversidad. Para las comunidades locales, la pérdida va más allá de los árboles quemados. Aquí, los bosques de pino, encino y madroño son el sustento de familias que dependen del turismo ecológico y la recolección de hongos silvestres. Con la temporada de estiaje apenas comenzando, el riesgo persiste. Los expertos advierten que, sin lluvias significativas en las próximas semanas, la región podría enfrentar una de las peores temporadas de incendios en una década.
El corazón forestal de Querétaro bajo amenaza

Pinal de Amoles no es un municipio cualquiera en Querétaro. Ubicado en la Sierra Gorda, alberga uno de los últimos pulmones verdes del estado, donde pinos, encinos y junglas bajas se entrelazan en un ecosistema que sustenta a más de 300 especies de flora y fauna. Según datos de la Comisión Nacional Forestal, esta región concentra el 40% de la biodiversidad de Querétaro en apenas el 12% de su territorio.
El fuego devora ahora lo que tardó siglos en formarse. Los bosques de Pinal de Amoles no son solo paisaje: son el escudo natural que regula el clima local, filtra el agua que abastece a comunidades enteras y frena la erosión en una zona de topografía accidentada. Perder hectáreas aquí no se mide solo en árboles caídos, sino en servicios ambientales que tardarán décadas en recuperarse.
Los incendios en esta zona suelen ser más voraces. La combinación de vegetación seca, vientos fuertes y pendientes pronunciadas acelera las llamas. Biólogos advierten que, a diferencia de otros ecosistemas, la regeneración en la Sierra Gorda es lenta debido a la fragilidad de sus suelos y la escasez de lluvias en los últimos años.
Lo que arde hoy es también memoria. Estos bosques han sido hogar de comunidades indígenas por generaciones, custodiando no solo recursos naturales, sino tradiciones vinculadas a la tierra. Cada hectárea consumida borra un pedazo de ese legado.
Cómo avanzó el fuego en la Sierra Gorda

El fuego en la Sierra Gorda comenzó como un foco pequeño cerca de la comunidad de El Rincón, pero las condiciones climáticas lo convirtieron en una amenaza imparable. Vientos de hasta 30 km/h y temperaturas superiores a 35°C avivaron las llamas, que avanzaron hacia zonas de difícil acceso para los brigadistas. La topografía accidentada, con pendientes pronunciadas y vegetación seca, aceleró la propagación hacia el norte, consumiendo pastizales y bosques de pino-encino en cuestión de horas.
Para el segundo día, el incendio ya había cruzado el límite municipal hacia Pinal de Amoles, donde la falta de humedad en el suelo —inferior al 10% según registros de la Comisión Nacional Forestal— transformó la zona en un polvorín. Los equipos de combate, apoyados por helicópteros con descargas de agua, lograron contener el avance en el flanco este, pero el frente oeste siguió activo, amenazando áreas protegidas de la Reserva de la Biósfera.
Testigos locales reportaron columnas de humo visibles desde kilómetros de distancia, mientras cenizas caían sobre comunidades como Bucareli y Puerto de Guadalupe. El fuego, que en sus primeras 48 horas arrasó más de 120 hectáreas, encontró resistencia natural en un cañón rocoso, lo que permitió a los brigadistas establecer líneas de control con maquinaria pesada.
La estrategia de ataque se centró en cortafuegos perimetrales y quemas controladas para reducir el combustible vegetal. Aunque las llamas perdieron intensidad al tercer día, los focos residuales en zonas boscosas mantuvieron en alerta a las autoridades, que advirtieron sobre el riesgo de reignición por brasas ocultas bajo la capa de hojas secas.
Medidas urgentes para proteger la biodiversidad local

El incendio en Pinal de Amoles no solo devora hectáreas de pino y encino, sino un ecosistema que alberga al menos 120 especies endémicas de la Sierra Gorda, según datos de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio). La zona actúa como corredor biológico para el jaguar, el oso negro y aves migratorias que ahora ven reducidos sus hábitats críticos.
Autoridades ambientales deben implementar cortafuegos estratégicos en las laderas más vulnerables, donde la pendiente acelera la propagación del fuego. La experiencia en reservas como la de la Biosfera Sierra Gorda demuestra que estos barreras, combinadas con quemas controladas en temporada de lluvias, reducen hasta un 60% el riesgo de incendios de gran magnitud.
La participación comunitaria resulta clave. Grupos locales, capacitados en manejo de fuego, han logrado contener siniestros similares en menos de 24 horas cuando operan con equipos básicos y protocolos claros. Su conocimiento del terreno supera cualquier tecnología.
Urge también restringir el acceso a zonas de alta prioridad ecológica durante la temporada seca. El 80% de los incendios forestales en Querétaro se originan por actividades humanas, desde fogatas mal apagadas hasta colillas de cigarro, según registros de la Procuraduría Ambiental estatal.
Recuperar el suelo dañado exigirá reforestación con especies nativas como el pino piñonero, resistente a sequías, y monitoreo constante para evitar la erosión que arrastra semillas y nutrientes. Sin acción inmediata, la regeneración natural podría tardar décadas.
El incendio en Pinal de Amoles deja en evidencia la vulnerabilidad de los ecosistemas queretanos ante el calor extremo y la sequía prolongada, un recordatorio urgente de que la prevención debe ser tan prioritaria como la reacción. Las 150 hectáreas arrasadas no solo representan pérdida de biodiversidad, sino también un llamado a revisar protocolos de manejo forestal y coordinación entre comunidades, autoridades y brigadistas. Evitar quemas agrícolas en temporada seca y reportar columnas de humo al 911 de inmediato pueden marcar la diferencia entre un siniestro controlado y una tragedia ambiental. Mientras las investigaciones determinan el origen exacto, queda claro que la protección de la Sierra Gorda exige acciones concretas hoy, no solo planes para el próximo verano.

