El fuego arrasó 15 hectáreas del Parque San Jacinto en menos de seis horas, obligando a desplegar a 60 bomberos de cuatro municipios cercanos. Las llamas, que comenzaron cerca de la zona de merenderos más frecuentada, avanzaron con rapidez por la vegetación seca y los fuertes vientos del mediodía. Aunque no se reportaron víctimas, las autoridades confirmaron daños significativos en la flora autóctona y en parte de la infraestructura recreativa, incluyendo dos miradores que quedaron inutilizables.

El Parque San Jacinto, pulmón verde de la región y destino habitual para familias los fines de semana, enfrenta ahora un proceso de evaluación de daños que podría extenderse semanas. La zona afectada incluye senderos señalizados y áreas de conservación donde anidan especies protegidas, lo que añade urgencia a los trabajos de restauración. Mientras los equipos de emergencia controlan los últimos focos, vecinos y colectivos ecologistas ya exigen medidas para prevenir nuevos incendios en un espacio que, hasta ayer, era sinónimo de biodiversidad y esparcimiento.

El pulmón verde que arde en el corazón de la ciudad

El Parque San Jacinto no es solo un espacio verde en medio del asfalto: es el pulmón que oxigena a más de 200,000 habitantes en un radio de tres kilómetros. Sus 45 hectáreas de bosque nativo, humedales y senderos albergan 123 especies de aves registradas —incluyendo el chucao y el fío-fío—, según el último censo de biodiversidad urbana realizado en 2022. Cuando el fuego devoró 15 hectáreas esta semana, no solo carbonizó árboles centenarios, sino que amenazó un ecosistema que tardó décadas en recuperarse de la expansión urbana descontrolada de los 90. Los bomberos describieron la escena como un «infierno en cámara lenta»: las llamas avanzaban a 20 metros por minuto, impulsadas por vientos de 18 km/h y la sequía extrema que castiga la región desde hace cinco años.

Lo que pocos saben es que este parque actúa como un filtro natural contra la contaminación. Estudios de la Universidad de Santiago estiman que sus árboles retienen anualmente 12 toneladas de material particulado, equivalente a sacarle de circulación 8,000 autos por un día. Esa capacidad se redujo en un 30% con el incendio, según cálculos preliminares. Los vecinos ya notan la diferencia: el aire huele a ceniza a kilómetro y medio a la redonda, y las consultas por irritación ocular en los centros de salud cercanos se triplicaron en 48 horas.

El fuego no perdonó ni siquiera los proyectos de restauración más recientes. En 2021, un programa municipal logró reintroducir 3,000 plantas nativas en zonas degradadas del parque, con especies como el peumo y el boldo que atraen polinizadores. Ahora, esas áreas son las más afectadas. «Es como ver morir un paciente que acababas de salvar», comentó un biólogo que prefirió no ser identificado mientras inspeccionaba los troncos chamuscados de lo que fuera un bosquecillo de quillayes.

Lo irónico es que el parque nació de una tragedia. En 1987, un incendio arrasó con los últimos remanentes de bosque esclerófilo en la zona, dejando al descubierto la urgencia de proteger lo poco que quedaba. Treinta y cinco años después, la historia se repite con un agravante: el cambio climático ha convertido estos eventos en una amenaza anual. Las brigadas forestales advierten que, sin un plan de prevención con cortafuegos y humedales artificiales, el próximo verano podría ser aún peor.

Mientras las llamas se apagan, queda la pregunta incómoda: ¿cuánto está dispuesto a invertir el municipio en un parque que, paradójicamente, vale más vivo que muerto? Los terrenos aledaños, hoy carbonizados, son codiciados por inmobiliarias. Pero sin San Jacinto, la ciudad perdería su único escudo contra el smog y las islas de calor.

Cómo comenzó el fuego y por qué se propagó tan rápido

El origen del incendio en el Parque San Jacinto se remonta a las 14:30 horas del martes, cuando una chispa generada por el contacto de cables eléctricos averiados con maleza seca encendió las primeras llamas en la zona noreste del parque. Según el informe preliminar de la Brigada de Investigación de Incendios Forestales (BIIF), la combinación de temperaturas superiores a 38°C, vientos de 25 km/h y una humedad relativa inferior al 20% convirtió el área en un polvorín. Los bomberos llegaron al lugar en menos de 20 minutos, pero el fuego ya había avanzado 500 metros hacia un sector de pinos resinosos, conocidos por su alta inflamabilidad.

La propagación acelerada respondía a un patrón clásico en incendios forestales urbanos: vegetación no gestionada desde hacía al menos dos años y materiales combustibles acumulados, como ramas caídas y basura abandonada. Un estudio de la Universidad Nacional sobre incendios en áreas protegidas señala que el 78% de los siniestros en parques metropolitanoss se deben a negligencia en el mantenimiento preventivo. En San Jacinto, las llamas saltaron rápidamente de la maleza a los árboles gracias a la continuidad del combustible, un fenómeno que los bomberos denominan «escalada vertical».

El viento jugó un papel decisivo. Ráfagas del suroeste empujaron el fuego hacia el centro del parque, donde la topografía irregular —con pendientes de hasta 15 grados— dificultó el acceso de los equipos terrestres. Mientras las motobombas intentaban crear cortafuegos en la zona baja, las llamas coronaban las laderas, generando focos secundarios que obligaron a desplegar dos helicópteros con bambi bucket. La falta de franjas cortafuegos bien definidas, un problema recurrente en parques con presupuesto limitado, agravó la situación.

Para las 17:00 horas, el incendio había formado un frente activo de más de 800 metros, con avances en tres direcciones distintas. La rapidez con que consumió 15 hectáreas en menos de cinco horas sorprendió incluso a los veteranos del cuerpo de bomberos, acostumbrados a intervenciones en la zona. Lo que comenzó como un conato controlable se convirtió en un incendio de cuarta generación —término técnico para fuegos con comportamiento impredecible— debido a la confluencia de factores meteorológicos, topográficos y humanos.

Los bomberos que lucharon 12 horas contra las llamas

El cuerpo de bomberos de la región desplegó a 60 efectivos en un operativo que se extendió por más de 12 horas consecutivas. Las llamas, avivadas por vientos de hasta 30 km/h y la sequía prolongada en la zona, obligaron a dividir las tareas en tres frentes simultáneos: contención del fuego en la ladera norte, protección de viviendas colindantes y creación de cortafuegos con maquinaria pesada. Según protocolos de emergencia para incendios forestales de alta complejidad, cada brigada trabajó en turnos rotativos de 90 minutos para evitar el agotamiento, pero las condiciones extremas exigieron prolongar las jornadas más allá de lo previsto.

Los equipos especializados en incendios forestales (EIF) utilizaron técnicas de ataque indirecto, priorizando la seguridad ante el riesgo de cambios bruscos en la dirección del viento. Mientras las motobombas extraían agua de los embalses cercanos, los helicópteros de la Brigada de Refuerzo contra Incendios Forestales (BRIF) realizaban descargas precisas en los puntos más críticos, aunque la baja humedad —inferior al 20%— reducía su eficacia. Un informe preliminar de la Agencia Estatal de Meteorología advirtió que estas condiciones, típicas de la temporada seca, habían convertido el parque en un «polvorín natural».

El momento más crítico llegó alrededor de las 17:00 horas, cuando el fuego saltó una línea de contención cerca del mirador de Los Robles. Los bomberos, apoyados por voluntarios de Protección Civil, tuvieron que evacuar preventivamente a una docena de senderistas que se encontraban en la zona. Las imágenes difundidas por los servicios de emergencia mostraban llamas de más de cinco metros de altura avanzando hacia áreas de vegetación densa, donde el acceso con vehículos era casi imposible.

Pasadas las 22:30 horas, el incendio quedó finalmente estabilizado, aunque los equipos permanecieron en el lugar durante toda la noche para sofocar los focos residuales. El desgaste físico era evidente: varios bomberos fueron atendidos por deshidratación y fatiga extrema, mientras otros revisaban metro a metro el terreno calcinado en busca de brasas ocultas. La experiencia de operaciones similares, como el incendio de Sierra Bermellón en 2022, había demostrado que las réplicas pueden reactivar el fuego hasta 72 horas después.

Daños reales: flora, fauna y zonas de esparcimiento perdidas

El fuego arrasó con más de 3.000 árboles nativos, entre ellos pinos piñoneros centenarios y encinas que formaban parte del ecosistema único del Parque San Jacinto. Estas especies, adaptadas a condiciones semiáridas, tardan décadas en recuperarse, según datos de la Sociedad Española de Ciencias Forestales. La pérdida no es solo vegetal: los nidos de aves rapaces como el cernícalo vulgar, protegidas en la zona, quedaron destruidos, eliminando refugios que habían tardado años en consolidarse.

Las llamas también alcanzaron una de las áreas de mayor biodiversidad del parque, donde crecían especies endémicas como la Santolina rosmarinifolia, una planta aromática en peligro de extinción. Los bomberos confirmaron que el suelo quedó carbonizado en al menos cinco hectáreas, lo que impedirá la germinación natural en los próximos dos o tres años.

Entre las zonas más afectadas está el Mirador de las Águilas, un punto de esparcimiento frecuentado por familias y senderistas. Las mesas de picnic, los carteles informativos y parte del sendero señalizado quedaron reducidos a cenizas. El ayuntamiento ya evalúa si será posible rehabilitar el área antes de la próxima temporada de turismo.

Los daños colaterales incluyen la contaminación de un arroyo cercano por las cenizas y los residuos de los extintores químicos. Ecologistas advierten que esto podría alterar el hábitat de anfibios como la rana común, cuya población en la zona había aumentado en los últimos años gracias a los programas de conservación. La recuperación, de ser posible, exigirá intervenciones específicas para restaurar la calidad del agua.

El incendio no solo quemó tierra, sino también años de trabajo en proyectos de reforestación. En 2021, voluntarios plantaron 800 ejemplares de sabina albar en la ladera oeste, una zona que ahora presenta solo troncos calcinados. Las autoridades aún no han estimado el costo económico de la pérdida, pero los expertos coinciden en que el impacto ecológico será irreversible en algunas áreas.

¿Qué sigue para la recuperación del parque tras el incendio?

La recuperación del Parque San Jacinto tras el incendio que arrasó 15 hectáreas no será inmediata, pero las autoridades ya trabajan en un plan de acción dividido en fases. La primera prioridad es evaluar el daño real: equipos de biólogos y guardabosques recorrerán la zona esta semana para identificar especies afectadas, calidad del suelo y riesgos de erosión. Según datos de la Secretaría de Medio Ambiente, en incendios de esta magnitud, la regeneración natural puede tardar entre 5 y 10 años, aunque intervenciones humanas como la reforestación con especies nativas acortan ese plazo a la mitad.

El gobierno local anunció que destinará 2.5 millones de pesos a la restauración inicial, fondos que se usarán para limpiar escombros, instalar barreras contra la erosión y sembrar los primeros 3,000 árboles en zonas críticas. La estrategia incluye también la participación de brigadas comunitarias, formadas por vecinos y voluntarios capacitados en técnicas de reforestación. Estas brigadas ya operan en otros parques de la región y han logrado aumentar un 30% la supervivencia de plantas en áreas recuperadas, según informes de la Comisión Nacional Forestal.

Mientras avanza la restauración ecológica, el parque permanecerá cerrado al público por al menos tres meses. Las autoridades instalarán cercas temporales y señalamientos para evitar el acceso no autorizado, medida que busca proteger tanto a los visitantes como a los ecosistemas frágiles. Durante este periodo, se revisarán y repararán los senderos dañados, los miradores y la infraestructura de servicios, como baños y áreas de descanso.

El incendio, aunque devastador, ha servido para poner sobre la mesa un debate pendiente: la necesidad de modernizar los protocolos de prevención. Especialistas en manejo de áreas protegidas señalan que parques como San Jacinto requieren sistemas de monitoreo con cámaras térmicas y sensores de humedad, tecnología que ya se usa en reservas de Chiapas y Oaxaca con resultados prometedores. La pregunta ahora es si este evento acelerará la adopción de esas herramientas en la región.

El incendio en el Parque San Jacinto deja en evidencia tanto la vulnerabilidad de los espacios verdes urbanos ante el calor extremo como la capacidad de respuesta coordinada entre bomberos, autoridades y vecinos, cuya acción conjunta evitó daños mayores en un área clave para la biodiversidad local. Quince hectáreas carbonizadas son un recordatorio urgente: la prevención—desde evitar fogatas hasta reportar humo sospechoso—sigue siendo la herramienta más efectiva para proteger estos pulmones de la ciudad, especialmente en temporada seca.

Mientras las brigadas evalúan las causas exactas y el alcance ecológico, el episodio subraya la necesidad de reforzar protocolos de vigilancia y educación ambiental, porque el riesgo no desaparece con las llamas.