El fútbol a veces escribe guiones que ni el cine se atrevería a imaginar. Hungría lo demostró anoche al lograr una de las remontadas más eléctricas en la historia de la Eurocopa: tres goles en solo 13 minutos para dejar a Portugal sin palabras y sin pasaporte a cuartos. El 3-1 final en el tiempo añadido no solo borró el dominio luso durante 80 minutos, sino que convirtió el Hungría vs Portugal en un partido para el recuerdo, donde la épica superó al favoritismo.

Lo que comenzó como un trámite para Cristiano Ronaldo y los suyos —con Portugal controlando el balón y el marcador— terminó siendo una lección de resistencia y precisión. El duelo Hungría vs Portugal se transformó en un espejo de lo impredecible que puede ser el deporte: un equipo que llegó como outsider desmontó a una selección llena de estrellas con contragolpes letales, un portero inspirado y una afición que empujó hasta el último segundo. Para los húngaros, es la primera vez en 48 años que alcanzan cuartos de final en un gran torneo. Para los portugueses, una eliminación que dolerá más por cómo llegó que por el rival que la firmó.

Un Portugal favorito que partía invicto

Un Portugal favorito que partía invicto

Portugal llegó al partido con la etiqueta de favorito indiscutible. No solo por su plantel repleto de estrellas, sino por una racha impecable: siete victorias consecutivas en la Eurocopa, incluyendo una fase de grupos donde no conoció la derrota. La solidez defensiva y el juego ofensivo, liderado por figuras como Bruno Fernandes, habían convertido a la selección lusa en un muro difícil de escalar. Los analistas coincidían en que su combinación de experiencia y talento juvenil la posicionaba como una de las candidatas más serias al título.

El dominio portugués en el torneo era respaldado por números contundentes. Antes del cruce con Hungría, habían anotado en cada uno de sus últimos 15 partidos oficiales, una marca que reflejaba su capacidad goleadora. La confianza en el equipo era tal que, incluso sin Cristiano Ronaldo en el once inicial, el técnico Roberto Martínez mantuvo un discurso de tranquilidad, apostando por la profundidad de su banco.

Hungría, en cambio, llegaba como el clásico underdog. Pero el fútbol, cuando se juega con intensidad y precisión, tiene la virtud de borrar pronósticos.

El partido comenzó según lo esperado: Portugal controlando el balón, Hungría replegada y esperando su momento. Nadie imaginaba que, en menos de un cuarto de hora, el guion daría un giro radical. La historia, al final, no premiaría al invicto, sino al que supo aprovechar su oportunidad con frialdad.

Trece minutos de locura y tres goles húngaros

Trece minutos de locura y tres goles húngaros

El partido basculó en un instante. Cuando el marcador reflejaba un cómodo 2-0 para Portugal al minuto 66, pocos imaginaban el vendaval que se avecinaba. Hungría, con la espalda contra la pared, activó un fútbol vertical y desbordante que dejó al descubierto las grietas de una defensa lusa hasta entonces sólida. Tres goles en trece minutos —entre el 70 y el 83— transformaron la eliminatoria en un ejercicio de resistencia psicológica para los de Roberto Martínez.

El primero llegó como un mazazo: un centro desde la banda izquierda que la zaga portuguesa no logró despejar, y el balón terminó en los pies de Barnabás Varga. Su remate cruzado, imparable, recortó distancias y encendió la chispa. Los analistas destacarían después cómo el 68% de posesión portuguesa en el primer tiempo se esfumó ante la intensidad húngara en esos minutos clave.

Lo que siguió fue caótico. Un error en la salida de bola de Diogo Costa propició el empate: un pase atrás mal calculado permitió a Kevin Czerwinski adelantarse al portero y definir con frialdad. El estadio rugió. Pero el golpe definitivo llegó tres minutos después, cuando un contraataque fulgurante culminó con un disparo rasante de Ádám Lang que se coló por el segundo palo. Portugal, aturdido, ya no reaccionaría.

Quedará para el recuerdo la imagen de Cristiano Ronaldo, inmóvil en el centro del campo, mientras sus compañeros intentaban sin éxito reorganizarse. Hungría, en cambio, celebró como si el tiempo no hubiera pasado desde los gloriosos años 50.

La Eurocopa dice adiós a Cristiano Ronaldo

La Eurocopa dice adiós a Cristiano Ronaldo

El pitido final en el Stadion Leipzig selló más que un partido: cerró un ciclo. Cristiano Ronaldo, con 39 años y cinco Europas a sus espaldas, abandonó el terreno de juego con la mirada perdida mientras Hungría celebraba la hazaña. No hubo gestos de despedida, ni discursos improvisados. Solo el silencio de quien sabe que, esta vez, el regreso no está garantizado.

Los números no mienten. Ronaldo suma 25 partidos en Eurocopas, récord absoluto, pero su influencia en este torneo fue apenas un destello: un gol de penalti ante República Checa y cero asistencias. Analistas señalan que Portugal, pese a su plantel repleto de talento joven, dependió demasiado de un sistema diseñado para alimentar al delantero, algo que Hungría supo aprovechar con marcaje asfixiante y contraataques letales.

La eliminación no borra su legado, pero lo empaña. En un torneo donde Mbappé brilló con luz propia y jóvenes como Yamal o Musiala robaron protagonismo, el astro portugués quedó relegado a un segundo plano. La Eurocopa, que lo vio nacer como figura en 2004, ahora lo despide sin ceremonias.

Queda la selección, claro. Roberto Martínez insistió en que «Cristiano sigue siendo clave», pero las dudas acechan. Con el Mundial 2026 en el horizonte —y un Ronaldo que cumplirá 41 años—, Portugal enfrenta una encrucijada: aferrarse al pasado o acelerar la transición.

El fútbol volvió a demostrar que los partidos no se deciden hasta el pitido final: Hungría escribió una de las remontadas más electrizantes de la Eurocopa con tres goles en trece minutos que borraron del mapa a una Portugal favorita pero errática. La lección queda clara—ni el talento individual ni el dominio estadístico garantizan el triunfo cuando falta solidez defensiva y sangre fría en los momentos clave. Equipos con menos estrellas pero más cohesión táctica, como los de Marco Rossi, pueden desarmar a gigantes si aprovechan los errores y mantienen la intensidad hasta el último segundo. Europa ya tiene un nuevo candidato inesperado, y el torneo gana un capítulo épico que recordará por qué este deporte se alimenta de lo impredecible.