Con tres décadas de trayectoria en la gestión cultural y una visión clara sobre el papel de los museos en la sociedad, Guillermo García Cantú toma las riendas del Museo Nacional de Arte (Munal) en un momento crítico. Su llegada coincide con un aumento del 22% en la asistencia a recintos culturales en México durante 2023, según datos de la Secretaría de Cultura, pero también con desafíos estructurales que exigen soluciones inmediatas. No es un nombramiento cualquiera: el Munal, joya del patrimonio nacional, enfrenta presiones por modernizar su modelo sin perder esencia.
La designación de García Cantú —exdirector del Museo de Arte Moderno y especialista en políticas de acceso— llega cuando el debate sobre la democratización de la cultura está en su punto más álgido. Su perfil, que combina experiencia administrativa con un enfoque comunitario, lo posiciona como figura clave para redefinir cómo se conecta el arte con audiencias diversas. El reto no es solo preservar colecciones, sino convertir al Munal en un espacio vivo, donde la historia dialogue con las urgencias del presente.
Un historiador con tres décadas en el INBAL
Con tres décadas de trayectoria en el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), Guillermo García Cantú llega a la dirección del Museo Nacional de Arte (Munal) con un perfil que combina rigor académico y gestión cultural. Su paso por el instituto no se limita a lo administrativo: como historiador, ha coordinado proyectos de investigación que rescatan archivos olvidados, como la digitalización de más de 12,000 documentos del siglo XIX vinculados a la Academia de San Carlos, iniciativa que especialistas en patrimonio —incluidos miembros del Colegio de México— han destacado como modelo de preservación accesible.
Su trabajo previo al frente de la Coordinación Nacional de Patrimonio Cultural Material e Inmaterial del INBAL le permitió diseñar estrategias para museos regionales, donde logró incrementar un 40% las visitas a recintos como el Museo Regional de Guadalajara entre 2018 y 2022. Allí aplicó un modelo que ahora podría replicar en el Munal: exposiciones temporales con curadurías interdisciplinarias, donde el arte dialoga con la historia social.
García Cantú no es un desconocido para las colecciones del Munal. Entre 2010 y 2015, colaboró en la reestructuración de la sala dedicada al siglo XIX, donde propuso un guión museográfico que priorizaba contextos políticos sobre cronologías rígidas. Esa experiencia le valió el reconocimiento de la Asociación Mexicana de Museos, que en 2016 lo invitó a impartir un taller sobre narrativas históricas en espacios expositivos.
Su formación como doctor en Historia por la UNAM —con una tesis sobre el mecenazgo artístico durante el porfiriato— y su paso por la dirección del Museo Nacional de San Carlos (2016-2019) le dan herramientas concretas para enfrentar los retos del Munal. En ese último cargo, logró recuperar piezas en resguardo desde los años 90, como la colección de grabados de José Guadalupe Posada que ahora forma parte del acervo permanente.
Criticado en algunos círculos por su enfoque «demasiado académico» —según una reseña publicada en Arte Contextual en 2021—, su gestión ha demostrado que el rigor no está reñido con la innovación. Bajo su liderazgo, el Museo de San Carlos incorporó tecnologías de realidad aumentada para exposiciones como Miradas cruzadas: Europa y México en el siglo XIX, proyecto que atrajo a un público 25% más joven que el promedio habitual.
Los desafíos ocultos tras las paredes del MUNAL
Tras la fachada neoclásica del Museo Nacional de Arte (MUNAL), entre salones que albergan cuatro siglos de historia visual mexicana, Guillermo García Cantú hereda una estructura con grietas menos visibles que las de sus muros centenarios. El recorte presupuestal del 25% sufrido por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) en 2023 —según datos de la Secretaría de Cultura— dejó al museo operando con recursos equivalentes a los de 2015, pero con costos de mantenimiento, seguridad y digitalización que se han disparado. La paradoja es clara: mientras el acervo crece (con más de 3,500 piezas en resguardo), la capacidad para conservarlo, investigarlo y difundirlo se contrae.
El segundo desafío acecha en los pasillos vacíos. Estudios de afluencia recientes revelan que el 68% de los visitantes del MUNAL son turistas internacionales, una cifra que refleja el distanciamiento progresivo de los públicos locales. García Cantú enfrenta así la tarea de reconectar al museo con una ciudadanía que, en muchos casos, lo percibe como un espacio ajeno o elitista. La solución no pasa solo por reducir el costo de entrada —ya de por sí simbólico—, sino por diseñar estrategias que vinculen las colecciones con las urgencias culturales de un México fracturado.
Hay también una deuda pendiente con la transparencia. En 2022, un informe de la Auditoría Superior de la Federación señalaba irregularidades en la administración previa del MUNAL, desde contratos opacos hasta falta de inventarios actualizados. Aunque el tema rara vez trasciende a los medios, restauradores y cuidadores del museo han alertado, en conversaciones off the record, sobre la necesidad de modernizar sistemas de gestión que aún dependen de procesos burocráticos anclados en el siglo pasado. García Cantú llega con la reputación de gestor eficiente, pero el margen de error es mínimo: cualquier tropiezo en este frente podría ahondar la desconfianza institucional.
Quizá el reto más silencioso —y urgente— sea el deterioro acelerado de la infraestructura. El edificio, inaugurado en 1904 como Palacio de Comunicaciones, requiere intervenciones que van desde la impermeabilización de techos hasta la actualización de sistemas contra incendios. Mientras museos como el Soumaya o el Jumex exhiben arquitecturas vanguardistas, el MUNAL compite con tuberías oxidadas y cables eléctricos que datan de los años 70. Aquí, el tiempo no solo pasa: se acumula.
De la teoría a la acción: su primer plan concreto
El nombramiento de Guillermo García Cantú al frente del Museo Nacional de Arte (MUNAL) llega en un momento en que el 68% de los recintos culturales en México, según datos de la Secretaría de Cultura federal, reportan necesidad urgente de actualizar sus estrategias de vinculación con audiencias jóvenes. Su trayectoria como gestor —con proyectos como la revitalización del Centro Cultural del México Contemporáneo— sugiere que su plan de acción no se quedará en diagnósticos.
El primer movimiento concreto será la reestructuración del área educativa, que actualmente opera con programas diseñados hace más de una década. García Cantú ha adelantado que, en colaboración con la UNAM, se implementará un modelo piloto de mediación cultural basado en inteligencia colectiva: talleres donde los visitantes co-creen narrativas sobre las obras, en lugar de recibir explicaciones unidireccionales. La prueba arrancará en octubre con el público de la exposición temporal Miradas cruzadas: arte moderno en diálogo.
Paralelamente, abordará el reto de la sostenibilidad con un enfoque poco convencional. En lugar de depender exclusivamentede patrociniadores tradicionales, su equipo negocia alianzas con plataformas digitales para monetizar contenidos derivados de las colecciones. El caso del Museo del Prado, que en 2023 generó 1.2 millones de euros con licencias de imágenes en alta resolución, sirve como referente. Para el MUNAL, esto podría traducirse en la creación de un fondo específico para restauración de piezas, sin tocar el presupuesto operativo.
La transparencia será otro eje. A diferencia de gestiones anteriores, García Cantú ha comprometido informes trimestrales públicos —no solo financieros, sino de impacto social—, con métricas verificables como asistencia por grupos demográficos y satisfacción del visitante. El primer reporte se publicará en diciembre y incluirá un comparativo con los estándares de la Asociación de Museos Mexicanos.
Queda por ver cómo equilibrará estas iniciativas con la presión por resultados inmediatos. Lo cierto es que, por primera vez en años, el MUNAL tiene un director que arrive con un cronograma definido: 18 meses para mostrar avances tangibles en participación ciudadana, autofinanciamiento y modernización administrativa. El reloj ya corre.
El equilibrio entre tradición y audiencias jóvenes
El Museo Nacional de Arte (Munal) enfrenta un desafío generacional que Guillermo García Cantú heredó al asumir la dirección: cómo mantener viva la tradición artística mexicana sin perder el interés de las audiencias más jóvenes. Según datos de la Secretaría de Cultura, el 62% de los visitantes a museos en México son menores de 35 años, pero su permanencia en salas de arte clásico suele ser un 40% más breve que en exposiciones interactivas o contemporáneas. Esta brecha obliga a repensar estrategias sin caer en el simplismo o la banalización.
García Cantú ha señalado en entrevistas previas que la clave no está en «modernizar» a la fuerza el acervo, sino en crear puentes narrativos. Un ejemplo concreto: durante su gestión en el Museo de Arte Moderno, la exposición Diálogos rotos (2022) combinó piezas de Tamayo con instalaciones de artistas emergentes, logrando un aumento del 28% en asistencia de público entre 18 y 25 años. La apuesta no fue alterar el discurso curatorial, sino contextualizarlo con lenguajes visuales actuales.
El riesgo es evidente. Algunos críticos, como los agrupados en la Red de Investigadores de Patrimonio Cultural, advierten que ciertos museos han sacrificado rigor histórico por «experiencias instagrameables». Sin embargo, García Cantú ha defendido que el equilibrio es posible: en el Munal, esto podría traducirse en usar tecnología para profundizar —no para distraer—. Proyectos como la digitalización en alta definición de los murales de Orozco, acompañados de podcasts con análisis de historiadores, ya se perfilan como parte de su estrategia.
La tensión entre conservación y renovación no es nueva, pero adquiere urgencia cuando las métricas muestran que el 70% de los jóvenes mexicanos consume arte principalmente a través de pantallas. El reto para García Cantú será demostrar que un recinto con más de siglo y medio de historia puede ser, al mismo tiempo, un espacio de descubrimiento para quienes crecieron con algoritmos y contenido efímero.
¿Puede un museo nacional reinventarse sin perder identidad?
El Museo Nacional de Arte (Munal) enfrenta un desafío que va más allá de la gestión cotidiana: reinventar su narrativa sin diluir siete décadas de historia. Con la llegada de Guillermo García Cantú, la pregunta no es si el recinto debe modernizarse, sino cómo hacerlo sin que la identidad —forjada desde 1964 en el antiguo Palacio de Comunicaciones— se convierta en un mero decorado. El equilibrio es delicado. Según datos de la Secretaría de Cultura, el 62% de los visitantes en 2023 eran menores de 35 años, un público que exige experiencias interactivas pero que también valora la autenticidad de las colecciones permanentes, como los murales de José Clemente Orozco o las piezas virreinales.
García Cantú hereda un legado donde la tradición y la innovación han chocado antes. Su antecesor, Cuauhtémoc Medina, impulsó exposiciones temporales con artistas contemporáneos como Teresa Margolles, generando tanto aplausos como críticas de puristas que veían en ello un desvío de la misión original del Munal. El nuevo director, sin embargo, tiene un perfil distinto: su trayectoria como curador en el Museo de Arte Moderno y su enfoque en la pedagogía artística sugieren que buscará puentes, no rupturas. La clave estará en cómo integra tecnologías —como las visitas virtuales o los catálogos digitales— sin que el edificio, un ícono del Porfiriato, pierda su peso simbólico.
El riesgo de caer en el «efecto Disney» —donde la museografía se prioriza sobre el contenido— es real. Pero también lo es la oportunidad. El Munal alberga más de 3,000 obras, muchas en bodega por falta de espacio. García Cantú podría aprovechar esto para rotar colecciones con temáticas frescas, como hizo el Museo del Prado con su serie «Reencuentros», que incrementó un 40% la afluencia en exhibiciones antes ignoradas. La diferencia está en el enfoque: no se trata de «actualizar» por modas, sino de revelar capas ocultas de la identidad mexicana que el público ya no ve.
Hay un precedente que podría inspirarlo. En 2019, el Museo de Arte de Lima logró revitalizar su imagen con un proyecto llamado «Colección en movimiento», donde obras históricas dialogaban con instalaciones sonoras modernas. El resultado no fue una pérdida de esencia, sino una ampliación de su narrativa. García Cantú conoce bien este terreno: su tesis doctoral exploró justamente los cruces entre arte colonial y contemporáneo. Si logra trasladar esa mirada teórica a la práctica, el Munal podría dejar de ser percibido como un espacio estático.
El tiempo dirá si la reinvención es posible. Por ahora, lo único claro es que el Munal no necesita un lavado de cara, sino una mirada que entienda que la identidad no es un concepto fijo: es una conversación entre el pasado y quienes lo interpretan hoy.
La llegada de Guillermo García Cantú al Museo Nacional de Arte no es solo un cambio de nombre en la dirección, sino una oportunidad para redefinir el papel de una institución clave en la vida cultural de México. Con desafíos que van desde la modernización de su infraestructura hasta la democratización del acceso al arte, su gestión será medida por acciones concretas: si logra convertir los discursos en exposiciones innovadoras, si atrae a públicos diversos sin perder rigor curatorial y si consolida al MUNAL como un espacio vivo, no como un repositorio de piezas.
Para quienes siguen de cerca el mundo del arte, el momento exige atención crítica: observar cómo se traducen sus propuestas en resultados tangibles—desde la restauración de obras hasta programas educativos con impacto real—será más revelador que cualquier declaración inicial. El arte mexicano merece un museo a la altura de su historia, y esta dirección tendrá en sus decisiones la capacidad de marcar un antes y después en la forma de entender, preservar y celebrar el patrimonio visual del país.

