El gol de Darwin Núñez al minuto 80’ no solo igualó el marcador, sino que reescribió el guion de un partido que parecía condenado. Con el City dominando el mediocampo y el 0-1 en el luminoso, Anfield contuvo la respiración hasta que el uruguayo, de cabeza y con la precisión de un depredador, mandó el balón al fondo de la red. Fue el décimo remate del Liverpool en la noche, pero el único que encontró premio: un punto de inflexión que transformó la presión en éxtasis colectivo.

El Liverpool v Man City no era un duelo más en la Premier League, sino un choque de titanes con aroma a definición anticipada. Cada punto en disputa entre estos equipos pesa como oro en la lucha por el título, y el empate 1-1 dejó claro que la batalla está lejos de terminar. Para los de Klopp, el gol de Núñez no solo salvó un resultado adverso, sino que revivió la fe en un equipo que, pese a las lesiones y las dudas, sigue demostrando que Anfield sigue siendo un fortín. El próximo Liverpool v Man City ya se antoja decisivo, pero esta vez, el guión podría escribirlo el instinto de un delantero que encontró su momento.

El City dominaba hasta el minuto 79

El Manchester City ejerció un control asfixiante sobre el partido durante 79 minutos. Con el 62% de posesión en ese lapso y una circulación de balón que ahogó a los locales, el equipo de Pep Guardiola neutralizó el juego de presión alta del Liverpool y administró el ritmo con una precisión quirúrgica. Cada pase, cada desmarque, parecía parte de un plan calculado para desgastar a un rival que, pese a los esfuerzos, no lograba romper el bloque defensivo.

Rodri y Bernardo Silva dictaron el tempo desde el mediocampo. El español, con un 94% de acierto en sus pases durante el primer tiempo, actuó como el eje sobre el que giró la máquina ciudadana. Mientras, las subidas de Kyle Walker por la banda derecha desequilibraron una y otra vez a Andy Robertson, obligando a los laterales del Liverpool a repliegues constantes que dejaron espacios peligrosos en la espalda.

Anfield, acostumbrado a ser un fortín inquebrantable, se vio reducido a aplaudir esfuerzos aislados. Darwin Núñez, aislado entre centrales, apenas tocó el balón en zona de peligro. Salah, aunque más participativo, chocó una y otra vez contra la muralla formada por Dias y Aké. El City no solo dominaba: humillaba con la pelota, como si el tiempo jugara a su favor.

Hasta el minuto 79, el guión parecía escrito: un City maduro, letal en la gestión del resultado, frente a un Liverpool desesperado por encontrar grietas en un sistema casi perfecto. Pero el fútbol, como siempre, reservaba un giro.

El instante que cambió el rumbo en Anfield

El reloj marcaba 79:47 cuando Darwin Núñez recibió un pase filtrado desde la banda izquierda. Hasta ese momento, el Liverpool había generado solo dos remates entre los tres palos contra un City que dominaba con el 63% de posesión. Pero el delantero uruguayo no necesitó más que un toque sutil para definir con la punta del bota y batir a Ederson por la escuadra. El gol, su décimo en la temporada, no solo igualó el marcador, sino que inyectó una energía eléctrica en Anfield.

Lo que siguió fue un cambio radical en el ritmo del partido. Los jugadores del Liverpool, que minutos antes parecían ahogados por la presión del City, recuperaron la intensidad en las recuperaciones y la verticalidad en el ataque. Klopp, desde el banquillo, gesticulaba con mayor vehemencia, mientras la grada coreaba el nombre de Núñez como si el partido hubiera comenzado en ese instante.

Analistas destacados señalaron después que ese gol fue un ejemplo clásico de cómo un momento de genialidad individual puede alterar por completo la psicología de un equipo. No era solo el 1-1 en el luminoso, sino la sensación de que, de repente, el guión del partido había sido rasgado.

El City, acostumbrado a controlar los tiempos, vio cómo su ventaja táctica se esfumaba en segundos. Y el Liverpool, herido pero no vencido, encontró en ese instante el combustible para la remontada que definiría el partido.

Lo que significa este empate en la lucha por la Premier

El empate 1-1 entre Liverpool y Manchester City en Anfield deja la Premier League más viva que nunca. Con este resultado, el City mantiene su ventaja de un punto sobre el Arsenal, pero pierde la oportunidad de distanciarse definitivamente en la cima. Para el Liverpool, el gol de Darwin Núñez en el minuto 80 no solo evitó una derrota dolorosa, sino que lo mantuvo a solo tres puntos del líder, con un partido menos disputado.

Los números reflejan la intensidad del duelo: el City dominó el 62% de la posesión y generó 15 remates, pero la solidez defensiva del Liverpool —especialmente en los últimos 20 minutos— les impidió consolidar su superioridad. Analistas destacan que este empate expone una verdad incómoda para Guardiola: su equipo sigue tropezando en campos difíciles, donde la presión rival neutraliza su juego de toque.

La lucha por el título ahora depende de detalles. El Arsenal, que enfrenta un calendario más accesible, podría aprovechar cualquier nuevo tropiezo. Mientras, el Liverpool, con dos partidos pendientes, tiene margen para escalar posiciones.

Queda claro que la Premier no tendrá un campeón decidido por méritos técnicos, sino por quien resista mejor el desgaste físico y mental de una recta final implacable.

El gol de Darwin Núñez en el minuto 80 no fue solo un destello de genialidad individual, sino el reflejo de un Liverpool que, contra todo pronóstico, sigue vivo en la pelea por la Premier League cuando muchos ya lo daban por enterrado. La capacidad de Klopp para rearmar a su equipo en tiempo récord—con cambios tácticos precisos y un bloque que recuperó su intensidad—demuestra que este escuadra aún tiene recursos para complicarle la vida al City, incluso en sus peores momentos.

Quien espere ver al Liverpool de las últimas temporadas deberá acostumbrarse a esta versión más irregular pero igual de peligrosa: un equipo que ya no domina con posesión, pero que mata con transiciones letales y fe ciega en los suyos. El mensaje es claro para los rivales: subestimar a este equipo, aunque cojee, sigue siendo un error fatal.

Ahora toca medir si esta chispa en Anfield enciende una remontada real o si solo alargará la agonía de una era que se resiste a apagarse.