El Girona no solo ganó. Arrasó. Un 4-1 contundente contra el Real Madrid en Montilivi que quedará grabado en la historia de LaLiga, donde los de Míchel sentenciaron al gigante blanco con un fútbol de toque, velocidad y una eficacia letal. Tres goles en la primera parte—dos de Artem Dovbyk y uno de Savio—dejaron al Madrid contra las cuerdas, sin respuestas para un equipo que juega sin complejos. Ni siquiera el tanto de Vinícius al inicio de la segunda mitad sirvió para reactivar a un conjunto que vio cómo Portu cerraba la goleada con un remate cruzado en el 76. Los números no mienten: primera victoria del Girona sobre el Madrid en la élite desde 2018, y con un marcador que huele a declaración de intenciones.

Este no es un resultado cualquiera. Es el símbolo de una temporada donde lo inesperado se vuelve rutina, donde el Girona – Real Madrid deja de ser un partido más para convertirse en el espejo de dos realidades: un Girona que aspira a Europa y un Madrid que, pese a su solidez en Champions, tropieza en Liga con una irregularidad preocupante. Para los aficionados, es la confirmación de que el fútbol ya no se escribe solo desde las capitales. Para los analistas, una advertencia: el equipo de Míchel no es un rival incómodo, es un candidato a romper todos los pronósticos. Y el Santiago Bernabéu tendrá que prepararse, porque el 2 de marzo llega la revancha.

Un Girona sin complejos frente al gigante blanco

El Girona no solo ganó. Dominó. Con una solidez táctica que desarmó al Madrid desde el minuto uno, el equipo catalán demostró que los complejos quedan fuera del campo cuando el plan se ejecuta con esta precisión. Montilivi vibró con un fútbol vertical, sin pausas, donde cada pérdida de balón se convertía en una nueva oportunidad para asfixiar a un rival acostumbrado a dictar los tiempos. Los datos lo confirman: según las métricas de presión alta, Girona recuperó el balón en campo contrario 23 veces, el doble que el promedio del Madrid en esta temporada.

La clave no estuvo en el volumen de juego, sino en la inteligencia para explotar los espacios. Arturo Vidal, con su experiencia en partidos de alto voltaje, se convirtió en el cerebro de un mediocampo que cortocircuitó a Kroos y Modrić. Mientras el Madrid buscaba líneas de pase predecibles, el Girona respondía con transiciones fulgurantes y llegadas por bandas, especialmente por la izquierda, donde Aleix García desbordó una y otra vez a Carvajal.

El 4-1 no fue casualidad. Fue la culminación de un proyecto que lleva meses gestándose bajo la batuta de Míchel. Un equipo que, lejos de encogerse ante el aura del Madrid, usó su propia identidad como arma: presión alta, cambios de ritmo y un bloque compacto que ahogó a Vinícius y Rodrygo. Cuando Benzema marcó el descuento, ya era tarde. El partido era un espejo: el gigante blanco, reflejado en su propia sombra, mientras el Girona brillaba con luz propia.

El desastre defensivo que hundió al Madrid

El Real Madrid llegó a Montilivi con la etiqueta de favorito, pero su defensa brilló por su ausencia. Girona no tuvo que esforzarse para desarmar a un bloque merengue desorganizado, lento en las transiciones y perdido en las marcaciones. Los errores se acumularon desde el minuto uno: Militào, desbordado en velocidad; Rüdiger, torpe en los despejes; y Carvajal, superado una y otra vez por el desborde de Savio. La estadística lo confirma: el Madrid permitió 12 remates entre los tres palos, su peor registro en lo que va de temporada.

El segundo gol del Girona, obra de Dovbyk tras un contraataque fulminante, expuso la falta de comunicación en la zaga. Ni Courtois —cuya salida fue dubitativa— ni los centrales lograron cortar un balón que recorrió 60 metros sin oposición. Los analistas ya señalan que este no es un problema puntual: es la tercera vez en cinco partidos que el equipo encaja dos goles antes del descanso.

La entrada de Camavinga como lateral izquierdo en el segundo tiempo no solucionó el caos. El francés, más acostumbrado al mediocampo, se vio superado por la presión alta del Girona, que encontró huecos constantes por su banda. Mientras, Vinícius y Rodrygo, relegados a tareas defensivas, perdieron fuelle en ataque.

Ancelotti movió piezas, pero el daño ya estaba hecho. La defensa, pillar fundamental de su sistema, se desmoronó bajo un ritmo que el Girona impuso sin piedad. Queda la duda: ¿fue un mal día o el síntoma de un problema más profundo?

¿Puede este resultado cambiar la temporada de ambos?

El 4-1 del Girona no es solo un resultado: es un terremoto en la Liga. Para el Madrid, la derrota expone debilidades que rivalizan con las del Clásico. Los blancos, que acumulan tres partidos sin ganar en el campeonato, ven cómo el Barcelona se les escapa a cinco puntos. La pregunta ya no es si habrá crisis, sino cuánto durará.

El conjunto catalán, en cambio, demuestra que su ascenso no fue casualidad. Con este triunfo, el Girona iguala su mejor racha histórica en Primera (4 victorias consecutivas) y se consolida como el equipo revelación. Analistas destacan su presión alta y verticalidad: contra el Madrid, recuperaron el balón 12 veces en campo rival durante el primer tiempo.

La Liga se estira. Mientras el Madrid busca respuestas, el Girona sueña con Europa.

El calendario no perdona: los de Ancelotti enfrentan al Leipzig en Champions, y los de Míchel reciben al Osasuna. Dos pruebas que podrían definir si este partido fue un tropiezo o el inicio de un declive.

El Girona no solo ganó: desmontó al Real Madrid con un fútbol audaz, rápido y sin complejos, demostrando que el equilibrio en LaLiga ya no es un espejismo, sino una realidad incómoda para los gigantes. El 4-1 en Montilivi quedará como ese parteaguas donde un equipo con ideas claras y ejecución implacable dejó al descubierto las grietas de un Madrid que, sin modales ni soluciones, pagó caro su falta de intensidad.

Quien pretenda entender el fútbol moderno debería estudiar este partido: no hubo magia, sino presión alta, transiciones letales y un bloque que trabajó como un engranaje perfecto—algo que cualquier equipo, con recursos o sin ellos, puede replicar si apuesta por la coherencia. Los merengues, mientras, tendrán que mirarse al espejo antes del clásico: si el Barça los encuentra así de frágiles, la distancia en la tabla podría convertirse en un abismo.

Montilivi ya no es solo un estadio, sino el escenario donde se reescribió—al menos por 90 minutos—el guión de una Liga que promete más sorpresas que nunca.