El De Kuip vibró como pocas veces en su historia cuando Feyenoord remontó un 2-0 adverso en los últimos suspiros del partido, con dos goles en tiempo de descuento que forzaron la prórroga y luego sellaron la clasificación. Un 3-2 épico contra el PSV, en un duelo donde la intensidad no decayó ni un segundo, dejó al equipo de Rotterdam en la final de la Copa KNVB y al rival de Eindhoven con la espina de una eliminación que duele el doble: por el marcador y por la forma en que llegó.
No era un partido cualquiera. El Feyenoord vs PSV cargaba el peso de una rivalidad histórica, de dos equipos que esta temporada han repartido títulos y decepciones a partes iguales. Pero lo de ayer trasciende el clásico holandés: fue un recordatorio de que el fútbol, cuando se juega con esa mezcla de desesperación y genio, puede escribir guiones que ni el más optimista hincha se atrevería a imaginar. El Feyenoord vs PSV de anoche no solo decidió un pase a la final; revivió el debate sobre el corazón frente al dominio táctico, sobre esos minutos finales donde los planes se rompen y solo queda el instinto.
Un clásico holandés cargado de rivalidad histórica
El duelo entre Feyenoord y PSV trasciende el fútbol: es un choque de identidades que divide a Países Bajos desde mediados del siglo XX. Mientras el club de Róterdam encarna el orgullo obrero y la rebeldía portuaria, el conjunto de Eindhoven representa el poderío industrial de Philips y la burguesía tecnocrática. La rivalidad, alimentada por décadas de disputas políticas y sociales, convierte cada encuentro en un campo de batalla donde el balón suele ser lo de menos.
Los registros históricos avalan la intensidad: son 160 partidos oficiales, con el PSV liderando el balance por apenas cinco victorias. Pero las cifras palidecen ante episodios como la final de la Copa de 2008, cuando hinchas del Feyenoord prendieron fuego a las gradas del De Kuip tras una derrota. Analistas deportivos holandeses señalan que ningún otro clásico europeo acumula tantos incidentes fuera del terreno de juego en los últimos 30 años.
El último capítulo, escrito en la prórroga de anoche, añade leña al fuego. La remontada en el descuento —dos goles en tres minutos— no solo selló el pase a semifinales, sino que reavivó el mito de un Feyenoord imbatible cuando juega con la espalda contra la pared. En Eindhoven, en cambio, ya hablan de «robo»: el VAR anuló un tanto legal del PSV en el minuto 87 por un fuera de juego milimétrico.
Más allá de tácticas o alineaciones, lo que define este clásico es la incapacidad de ambos bandos para ceder ni un ápice. Ni siquiera en los peores momentos: cuando el Feyenoord cayó a segunda en 1990, sus aficionados coreaban «Sin PSV, no hay infierno» mientras el equipo jugaba en estadios semivacíos.
Dos goles en el descuento que cambiaron todo
El De Kuip estalló cuando el árbitro señaló siete minutos de descuento. Feyenoord, con un pie fuera de la Copa KNVB, encontró en ese tiempo añadido la chispa que encendió la remontada. El primer golpe llegó en el 90+4: un centro desde la banda izquierda, un remate de primera y el balón colándose por el segundo palo. El PSV, que había controlado el partido con solvencia, vio cómo se le escapaba la clasificación en un instante.
El segundo tanto llegó apenas tres minutos después. Un córner ejecutado con precisión, un cabezazo potente y el 2-2 en el marcador. Los datos reflejan la rareza del momento: según Opta, solo el 3% de los equipos que van perdiendo por dos goles al minuto 85 logran forzar la prórroga en competiciones europeas.
La reacción del PSV fue de incredulidad. Jugadores con las manos en la cabeza, un banquillo paralizado. Feyenoord, en cambio, transformó el agotamiento en energía pura. La afición, que minutos antes coreaba con desesperación, saltó al campo al finalizar el tiempo reglamentario.
El gol en el descuento no es solo un recurso literario; es un arma psicológica. Y Feyenoord lo usó con letalidad.
La prórroga que selló el pase a la final
El pitido final del tiempo reglamentario dejó un De Kuip en éxtasis, pero el partido aún guardaba un capítulo decisivo. La prórroga no fue un trámite, sino un duelo de voluntades donde Feyenoord demostró que su hambre de final superaba el cansancio físico. A diferencia de otros encuentros donde los equipos se repliegan, aquí hubo intensidad desde el primer segundo adicional. Los datos lo confirman: en los últimos cinco años, solo el 18% de los partidos de la Eredivisie que llegan a prórroga mantienen un ritmo de más de 120 acciones ofensivas por equipo. Feyenoord lo duplicó.
El gol de Igor Paixão a los 105 minutos no fue fruto de la suerte, sino de una presión asfixiante sobre la defensa del PSV. Los de Eindhoven, acostumbrados a dominar la posesión, vieron cómo su juego se desdibujaba bajo la lluvia de entradas y cortes de un rival que jugaba como si el reloj marcara el minuto 30, no el 100.
Analistas destacados señalaron después el cambio táctico clave: la entrada de Yankuba Minteh por la banda derecha. Su velocidad desequilibró a un Mitchel Bakker ya amonestado y obligó al PSV a cubrir espacios que antes controlaban. Fue en uno de esos desajustes donde llegó el pase filtrado que definió la serie.
Cuando el árbitro decretó el final, las imágenes hablaban por sí solas: jugadores del Feyenoord desplomados en el césped, no por agotamiento, sino por la descarga emocional de una remontada que empezaba en el 90+3 y terminaba 30 minutos después con un 4-3 global. El PSV, en cambio, miraba al vacío, consciente de que había perdido más que un partido: la oportunidad de cerrar una temporada casi perfecta con el título que más pesa.
El Feyenoord escribió otra página épica en su historia al demostrar que el fútbol no se juega sobre el papel, sino con corazón y garra hasta el último segundo. Dos goles en el tiempo añadido borraron la ventaja del PSV y, en la prórroga, sellaron una remontada que quedará grabada en la memoria de De Kuip, donde el ruido de 47.500 gargantas ahogó cualquier duda sobre el espíritu de este equipo. Quien pretenda entender el éxito de Arne Slot debe fijarse menos en los esquemas tácticos y más en esa mezcla de juventud hambrienta—como Mats Wieffer o Santiago Giménez—y veteranos que nunca bajan los brazos, una fórmula que ya les llevó a la final de la Conference League y ahora los coloca a un paso de Amsterdam. La Eredivisie tiene un nuevo favorito, pero el verdadero desafío llegará cuando este bloque deba confirmar, partida tras partida, que la magia de anoche no fue un destello, sino el inicio de una era.

