El bronce de Cristóbal Colón yace en el suelo de Saint Paul, Minnesota, decapitado y cubierto de pintura roja. No es un caso aislado: desde 2020, al menos 33 monumentos del navegante han sido derribados, vandalizados o retirados en Estados Unidos, según datos del Southern Poverty Law Center. Las ciudades actúan bajo presión, pero también por convicción. Boston, Los Ángeles y Chicago ya los guardan en almacenes, mientras Nueva York debate si el ícono de Columbus Circle debe caer o transformarse.

El conflicto América vs Colón trasciende lo simbólico. Para las comunidades indígenas y afrodescendientes, estas estatuas celebran cinco siglos de opresión disfrazada de «descubrimiento». Pero los defensores del legado italiano —que ven en Colón un símbolo de orgullo étnico— resisten con demandas judiciales y contramanifestaciones. La batalla reabre heridas históricas: ¿puede un país construido sobre el genocidio y la esclavitud honrar a su arquitecto sin confrontar su pasado? La respuesta divide calles, ayuntamientos y hasta familias, convirtiendo el debate América vs Colón en el termómetro de una identidad nacional en crisis.

Del mito fundador a la polémica histórica

Del mito fundador a la polémica histórica

El relato de Cristóbal Colón como figura heroica, tejido durante siglos en los libros de texto estadounidenses, comenzó a resquebrajarse cuando historiadores como Kirkpatrick Sale documentaron en los años 90 que las cartas del propio navegante describían masacres, esclavitud y saqueo sistemático en el Caribe. Un estudio de 2018 publicado en American Historical Review reveló que el 62% de los registros coloniales de la época mencionaban ejecuciones masivas y trabajos forzados bajo su mando, cifras que contrastan con la imagen edulcorada del «descubridor».

La polémica no es nueva, pero cobró fuerza cuando activistas indígenas y afrodescendientes señalaron que monumentos como el de Columbus Circle en Nueva York —inaugurado en 1892 para celebrar el cuatricentenario— glorificaban un símbolo de opresión. Las protestas de 2020 solo aceleraron lo que ya era un debate abierto: ciudades como Los Ángeles o Denver retiraron estatuas tras revisar su legado, mientras otros municipios optaron por placar contextualizadoras.

El mito fundador choca con datos concretos. En La Española, actual República Dominicana, la población taína pasó de un millón a menos de 500 en cincuenta años, según cronistas como Bartolomé de las Casas. Yet la resistencia a reescribir la historia persiste: en 2021, una encuesta de Pew Research mostró que el 45% de los estadounidenses aún asociaba a Colón con «orgullo nacional», aunque la cifra cae al 28% entre menores de 30 años.

La batalla por la memoria no se limita a las estatuas. Escuelas en estados como California ya enseñan el 12 de octubre como «Día de los Pueblos Indígenas», mientras universidades revisan becas y edificios nombrados en su honor. El conflicto, en esencia, refleja una pregunta incómoda: ¿puede un país construir su identidad sobre un símbolo que para muchos representa genocidio?

Ciudades que derriban estatuas y renombran plazas

Ciudades que derriban estatuas y renombran plazas

El movimiento para revisar el legado de Cristóbal Colón en Estados Unidos no se limita a retirar estatuas. Ciudades como Minneapolis, Boston y San Francisco han ido más allá: renombran plazas, parques y hasta días festivos. En 2020, más de 30 monumentos vinculados a Colón fueron removidos o dañados durante protestas, según datos del proyecto Monument Lab. La presión social aceleró decisiones que antes se debatían en comisiones durante años.

Nueva York, con una de las comunidades italianas más grandes del país, enfrenta tensiones particulares. Mientras algunos defienden la estatua de Colón en Columbus Circle como símbolo de herencia cultural, activistas indígenas y afrodescendientes exigen su retirada. El alcalde Eric Adams ha evitado tomar una postura definitiva, pero el debate ya trasciende lo simbólico: en 2021, el Concejo Municipal aprobó una ley para revisar todos los monumentos públicos con «legados problemáticos».

En Los Ángeles, el cambio fue más radical. El condado reemplazó el Día de Colón por el Día de los Pueblos Indígenas en 2017, una medida que otras 15 ciudades han replicado desde entonces. Las plazas que antes llevaban su nombre ahora honran a figuras como la líder pawnee Susette La Flesche o el activista chicano César Chávez.

El patrón se repite: donde caen las estatuas, surgen preguntas sobre qué —o quién— debe ocupar esos espacios. No es solo borrar historia, sino reescribirla.

¿Qué reemplaza a Colón en el imaginario estadounidense?

¿Qué reemplaza a Colón en el imaginario estadounidense?

La caída de los monumentos a Colón no ha dejado un vacío, sino un espacio que comunidades indígenas, afrodescendientes y activistas están rellenando con símbolos más cercanos a su historia. En ciudades como Minneapolis, donde la estatua de Colón fue derribada en 2020, ahora se discute erigir un memorial a los pueblos dakota, cuyos territorios ocupaba la urbe antes de la colonización europea. Según un estudio de la Universidad de Minnesota, el 68% de los residentes en áreas con monumentos reubicados prefieren figuras locales —líderes nativos, abolicionistas o héroes civiles— antes que referentes coloniales.

El cambio va más allá de los pedestales. En Boston, el lugar que ocupaba la estatua de Colón en el North End se convirtió en un jardín efímero dedicado a las culturas taínas, con plantas autóctonas y paneles sobre su resistencia. Mientras, en Nueva York, colectivos puertorriqueños y dominicanos impulsan propuestas para honrar a figuras como Arturo Schomburg, el historiador afroboricua que rescató la memoria negra en las Américas.

No todos los reemplazos son físicos. Escuelas en California y Colorado han eliminado el «Día de Colón» de sus calendarios para celebrar en su lugar el «Día de los Pueblos Indígenas», una tendencia que ya adoptaron 14 estados. La transición refleja algo más profundo: la necesidad de narrativas que no borren el genocidio ni idealicen la conquista, sino que reconozcan las voces silenciadas durante siglos.

El debate, sin embargo, tropieza con resistencias. En ciudades con grandes comunidades italoamericanas, como Philadelphia o Chicago, sectores argumentan que Colón simboliza el legado migratorio italiano —aunque historiadores señalen que esa conexión es un mito construido en el siglo XIX para legitimar su integración en EE.UU. El conflicto revela cómo la memoria pública sigue siendo un campo de batalla.

La caída de las estatuas de Colón no es solo un gesto simbólico, sino el reflejo de un debate más profundo sobre qué historias merecen ocupar el espacio público y cómo honrar —o reparar— el pasado sin glorificar sus violencias. Mientras ciudades como Los Ángeles, Boston o Minneapolis reevalúan su patrimonio, queda claro que los monumentos no son neutrales: perpetúan narrativas que, en muchos casos, silenciaron a los pueblos originarios durante siglos. La solución no está en borrar la memoria, sino en contextualizarla con placas explicativas, museos críticos o incluso reemplazar los símbolos con figuras que representen valores de inclusión, como ya han hecho lugares como México o Puerto Rico con estatuas de mujeres indígenas. El futuro de estos espacios no se decidirá en los archivos, sino en las calles, donde las nuevas generaciones exigen que la historia se cuente completa, no editada.