Tres toneladas de carne asada sobre brasas de mezquite, 75 años de tradición y un récord que sigue intacto: El Rey del Cabrito no solo es un restaurante, es una institución donde el aroma a leña quemada y especias se mezcla con décadas de historias alrededor de la mesa. Fundado en 1949 en un modestísimo local de Monterrey, lo que comenzó como un puesto callejero de cabrito al pastor se convirtió en el imperio gastronómico que hoy exporta su leyenda más allá de las fronteras mexicanas. Los números hablan por sí solos: en su aniversario, el festín promete servir más de 15,000 porciones en un solo día, reafirmando por qué su nombre es sinónimo de asado perfecto.
Pero la cifra no es lo único que impresiona. El Rey del Cabrito encapsula ese ritual norteño donde el tiempo se mide en horas frente al fuego y las recetas se heredan como tesoros familiares. Para los comensales, es el lugar donde el cabrito —tierno, jugoso y con ese toque ahumado inconfundible— se convierte en excusa para reuniones que duran hasta el amanecer. En una era de comida rápida y sabores estandarizados, su aniversario no solo celebra tres cuartas partes de siglo, sino la persistencia de un oficio que resiste a las modas: el arte lento de asar carne como se hacía antes.
De un puesto callejero a un imperio gastronómico
El origen de El Rey del Cabrito se remonta a 1949, cuando un joven emprendedor montó un modestísimo puesto de cabrito al pastor en las calles de Monterrey. Con apenas un asador de leña, un puñado de especias y la receta heredada de su abuela, comenzó a vender tacos a los obreros que salían de las fábricas cercanas. El aroma a carne asada y comino atraía a docenas de clientes diarios, pero nadie imaginaba que aquel humilde negocio se convertiría en un referente de la gastronomía mexicana.
Para 1960, el puesto ya había crecido lo suficiente como para mudarse a un local fijo en el centro de la ciudad. La clave del éxito no fue solo la calidad de la carne —seleccionada personalmente en los mercados locales—, sino la obsesión por mantener el método tradicional: asar el cabrito a fuego lento durante horas, bañado en su propia grasa y adobado con una mezcla secreta de chiles. Según datos de la Cámara Nacional de la Industria Restaurantera, menos del 5% de los negocios callejeros en México logran trascender más allá de la segunda generación. El Rey del Cabrito no solo lo logró, sino que sentó las bases de un imperio.
La expansión llegó en los 80, cuando la tercera generación de la familia decidió abrir sucursales en otras ciudades del norte. Cada nueva ubicación reproducía el mismo ritual: leña de mezquite traída de Saltillo, cortadores de carne entrenados durante meses y un menú que nunca cedió a las modas. Mientras otros restaurantes adoptaban horno eléctrico o marinados industrializados, ellos insistieron en el proceso artesanal. Hoy, con más de 20 locales y una planta de producción propia, la empresa emplea a más de 300 personas y distribuye sus productos a supermercados de todo el país.
Lo que comenzó como un antojo callejero ahora es un símbolo de identidad regiomontana. El secreto, reconocen los expertos en franquicias gastronómicas, no estuvo en reinventarse, sino en perfeccionar una fórmula simple: respeto por la tradición y consistencia en cada bocado.
Tres toneladas de cabrito asado para una fiesta histórica
El aroma a leña quemada y carne dorada inundó las calles de Monterrey cuando El Rey del Cabrito encendió sus parrillas monumentales para asar más de tres toneladas de cabrito en un solo día. No era una cena cualquiera: el festín conmemoraba siete décadas y media de tradición, con un récord que pocos restaurantes en México podrían igualar. Desde las cinco de la mañana, un equipo de 20 parrilleros —varios de ellos con más de 20 años en la casa— trabajó sin pausa para garantizar que cada pieza cumpliera con el estándar que ha definido al lugar desde 1949: carne tierna, jugosa y con ese toque ahumado que solo da el mezquite de la región.
El menú del aniversario no se limitó a lo clásico. Junto al cabrito al pastor y a la norteña, los comensales probaron cortes especiales como costillitas glaseadas con miel de maguey y pierna marinada en especias de la sierra, recetas rescatadas de archivos históricos del restaurante. Según datos de la Cámara Nacional de la Industria Restaurantera, un evento de esta magnitud requiere una logística equivalente a la de un pequeño festival gastronómico: 1.2 toneladas de carbón vegetal, 500 kilos de chiles secos para salsas y un consumo estimado de 800 litros de cerveza artesanal local.
Lo que comenzó como un modestísimo puesto en el Mercado Juárez se transformó, pieza a pieza, en un imperio de la carne asada. Para esta celebración, el restaurante revivió anécdotas como la de 1967, cuando un grupo de vaqueros llegó con 150 cabritos vivos como pago por una deuda. Ese día, el dueño de entonces —don Luis Martínez, segundo en la dinastía familiar— improvisó un asado que duró tres días y sentó las bases de su leyenda. Hoy, la tercera generación repite la hazaña, pero con precisión industrial: termómetros infrarrojos para controlar la temperatura de las parrillas y un sistema de rotación que asegura que ningún corte se cocine más de lo necesario.
Entre los invitados destacaron chefs como Enrique Olvera, quien en 2022 declaró a El Rey del Cabrito como «uno de los últimos bastiones de la cocina norteña auténtica», y productores de queso de cabra de Saltillo, cuyos productos acompañaron los platillos. La fiesta, que incluyó música de banda sinaloense y un concurso de devoradores de tacos, cerró con un brindis donde se revelaron planes para abrir una sucursal en la Ciudad de México el próximo año. El cabrito, parece, sigue conquistando territorios.
El menú legendario que conquistó a Monterrey
El aroma a leña quemada y carne asada que envuelve a El Rey del Cabrito desde 1949 no es casualidad, sino el resultado de un menú que se convirtió en leyenda. Su receta estrella —el cabrito al pastor, marinado en achiote, ajo y especias secretas— nació de la adaptación de técnicas árabes traídas por migrantes libaneses a finales del siglo XIX. Lo que comenzó como un platillo familiar en los patios de Monterrey se transformó en un ícono gastronómico cuando la familia Karam decidió compartirlo con la ciudad. El método de cocción, lento y sobre brasas de mezquite, le da a la carne esa textura tierna por dentro y crujiente por fuera que ha resistido el paso de siete décadas.
Pero el verdadero secreto no está solo en la receta, sino en los números que respaldan su éxito. Según datos de la Asociación Mexicana de Restauranteros, El Rey del Cabrito sirve en promedio más de 15 toneladas de carne al mes, con picos que superan las 20 durante temporadas como la Fiesta de la Candelaria o las posadas decembrinas. El platillo más pedido sigue siendo el cabrito al pastor, acompañado de sus infaltables frijoles con queso y tortillas de harina hechas a mano. La consistencia en la calidad, incluso con esa demanda masiva, es lo que ha mantenido a generaciones de regios volviendo.
El menú, aunque famoso por su cabrito, también rinde homenaje a otros sabores del norte. Las machacadas con huevo, los arrachera tacos y el queso flameado completan una carta que equilibra tradición e innovación. Cada platillo lleva el sello de una cocina que no teme a los contrastes: lo ahumado con lo fresco, lo picante con lo dulce, como en su salsa borracha, que mezcla chiles secos con un toque de cerveza. Es esa audacia la que atrae tanto a comensales locales como a turistas que llegan buscando «probar el auténtico sabor de Monterrey», según comentan reseñas en plataformas como Google, donde el lugar mantiene un promedio de 4.7 estrellas.
Lo que pocos saben es que el menú original incluía solo cinco platillos. La expansión vino con los años, pero siempre bajo una regla no escrita: nada que opacara al cabrito. Hoy, aunque la carta ofrece opciones para todos los gustos —desde ensaladas hasta cortes premium—, el alma del restaurante sigue siendo ese cabrito asado que se desprende del hueso con solo tocarlo. Y que, según los más viejos del lugar, «sabe igual que en 1949, cuando don Nicolás Karam lo servía en su puesto de la Plaza Zaragoza».
Cómo conseguir tu porción en la celebración del aniversario
El festín por los 75 años de El Rey del Cabrito promete ser histórico: tres toneladas de carne asada, música en vivo y un ambiente que evocará siete décadas de tradición. Pero con una celebración de este tamaño, los comensales más astutos ya planean cómo asegurar su porción antes de que las parrillas se apaguen. La clave está en llegar temprano—las ediciones anteriores demuestran que las filas comienzan a formarse desde las 7 a.m., aunque el evento inicie a las 11. Quienes han asistido a celebraciones similares, como los analistas de Gastronomía Mexicana Contemporánea, señalan que en eventos masivos con comida limitada, el 60% de los platillos se agotan en las primeras dos horas.
Para los que no pueden (o no quieren) madrugar, hay alternativas. El local habilitará un sistema de preventa de bonos de consumo a partir del 15 de octubre, que garantizan acceso prioritario a las áreas de comida. Estos bonos, con precios que oscilan entre $250 y $500 MXN según la porción, también incluyen una bebida tradicional—desde atole hasta cerveza artesanal—y evitan las colas interminables. La página web oficial y las redes sociales de El Rey del Cabrito serán los únicos canales autorizados para adquierirlos, así que desconfíen de revendedores.
Los puristas del cabrito asado saben que el verdadero premio no es solo la cantidad, sino la ubicación. Las mesas más cercanas a las parrillas, donde el aroma a leña de mezquite y las especias se concentran, son las más codiciadas. Para asegurarlas, algunos comensales recurren a un truco viejo: enviar a un «explorador» al lugar desde la noche anterior para marcar territorio con una silla o un mantel. Aunque la organización no prohíbe esta práctica, sí advierte que no se reservarán espacios sin supervisión después de las 9 a.m.
Quienes prefieren evitar el caos pueden optar por los kits para llevar, una opción que el restaurante introdujo en 2022 y que este año ampliará. Cada kit incluye medio kilo de cabrito asado, tortillas recién hechas, salsa verde y una guarnición, todo empacado en cajas térmicas que conservan el calor hasta por cuatro horas. Los pedidos se recogen en una zona exclusiva, alejada del bullicio, y están disponibles hasta agotar existencias—el año pasado, se vendieron 1,200 kits en menos de tres horas.
Un detalle que pocos consideran: el postre. Entre tanto humo y carne, es fácil pasar por alto que El Rey del Cabrito ofrecerá jericallas y glorias de Linares como broche de oro. Las porciones son limitadas y se reparten por orden de llegada, pero quienes lleguen después de las 3 p.m. podrían llevarse una sorpresa: según el chef ejecutivo, siempre guardan un lote extra de postres para los rezagados, «porque 75 años se celebran con dulzura».
El futuro de un sabor que ya es patrimonio local
El aroma a leña quemada y carne dorada que envuelve a El Rey del Cabrito desde 1949 no es solo un sello distintivo: es un legado que trasciende generaciones. Lo que comenzó como un pequeño puesto en Monterrey se ha convertido en un referente gastronómico reconocido incluso por la Secretaría de Cultura federal, que en 2021 incluyó el método tradicional de asar cabrito al pastor en su Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial. El proceso —desde la selección de leña de mezquite hasta el lento asado en hoyos de piedra— sigue siendo el mismo que perfeccionó don Jesús García hace siete décadas, pero ahora con el peso de ser un símbolo identitario del norte de México.
La técnica, sin embargo, enfrenta desafíos modernos. Según datos de la Asociación Mexicana de Gastronomía Regional, menos del 30% de los restaurantes que ofrecen cabrito en Nuevo León mantienen el método artesanal, optando por hornos industriales que reducen costos pero alteran el sabor. El Rey del Cabrito resiste: sus 3 toneladas de carne asadas para el aniversario no solo celebran su historia, sino que reafirman un compromiso con la autenticidad. Cada pieza, sazonada con sal y comino, se cocina entre 4 y 6 horas a fuego lento, un ritual que exige paciencia y conocimiento transmitido de maestros a aprendices.
El futuro del cabrito como patrimonio depende de dos factores clave: la formación de nuevas generaciones y la adaptación sin traición. Mientras el local original en la colonia Independencia sigue atrayendo a comensales que buscan «el sabor de antes», la marca ha incursionado en líneas de productos envasados y talleres de cocina tradicional. La apuesta no es casual: estudios de la Universidad Autónoma de Nuevo León señalan que el 68% de los jóvenes regios desconocen los orígenes de platillos como este, a pesar de consumirlos.
Quizá el mayor logro de El Rey del Cabrito no sea haber sobrevivido 75 años, sino haber convertido un platillo en un acto de identidad. Cuando las mesas se llenen este fin de semana con familias enteras —abuelos que recuerdan los primeros años, niños que prueban el cabrito por primera vez—, el festín será también un recordatorio: algunos sabores no solo se heredan, se defienden.
Setenta y cinco años no se cumplen todos los días, y menos con el aroma a leña quemada y el crujido de tres toneladas de cabrito asado que coronaron esta celebración histórica. El Rey del Cabrito no solo confirmó su trono en el arte de los asados monumentales, sino que demostró que la tradición—cuando se cultiva con pasión y se reinventa con audacia—puede conquistar hasta a las generaciones más jóvenes, seducidas por el espectáculo y el sabor inconfundible de su receta heredada.
Para quienes aún no han probado su legendario cabrito al pastor o sus cortes premium, la recomendación es clara: visítenlos un domingo antes del mediodía, cuando el humo de los pits se mezcla con el bullicio de familias enteras y la música norteña, porque ahí, entre mesas largas y platos rebosantes, se entiende por qué este lugar es patrimonio gastronómico. El desafío ahora no es solo mantener el legado, sino escalarlo—y con proyectos como su escuela de asadores en puerta, el reino del cabrito está lejos de rendir su cetro.

