El puente de fierro de Lima, testigo mudo de casi siglo y medio de historia, cumple 128 años convertido en un símbolo de descuido institucional. Inaugurado en 1892 como obra maestra de la ingeniería peruana del siglo XIX, este ícono de hierro forjado —diseñado por el ingeniero polaco Alejandro Babinski y fabricado en Bélgica— resistió terremotos, crecidas del Rímac y el paso de generaciones, pero hoy lucha contra su peor enemigo: la indiferencia. Las vigas oxidadas, las tablas podridas y los cables sueltos cuentan una historia de promesas incumplidas, mientras su estructura, declarada Monumento Histórico en 1972, se desmorona a pasos agigantados.
Para los limeños, el puente de fierro es más que una conexión entre el Centro Histórico y el Cercado: es un pedazo de memoria colectiva. Por sus 120 metros de largo circularon tranvías, marcharon soldados durante la Guerra del Pacífico y hoy transitan, con riesgo, miles de peatones y comerciantes informales. Su deterioro no solo amenaza el patrimonio arquitectónico, sino la identidad de una ciudad que presume de su pasado virreinal pero olvida sus joyas republicanas. Mientras las autoridades anuncian —una y otra vez— planes de restauración con presupuestos millonarios, el óxido sigue avanzando.
Un símbolo de progreso en el Perú del siglo XIX
El Puente de Fierro no fue solo una obra de ingeniería, sino un parteaguas en la modernización del Perú. Inaugurado en 1893, su estructura metálica prefabricada en Bélgica y ensamblada en Lima simbolizó la adopción de tecnologías europeas durante el gobierno de Nicolás de Piérola. Para una ciudad que aún dependía de puentes de madera y balsas para cruzar el Rímac, su construcción marcó un salto hacia la infraestructura permanente.
Historiadores de la arquitectura destacan que, en su época, el puente redujo a minutos un trayecto que antes tomaba horas. Según registros del Ministerio de Cultura, su diseño —con vigas de hierro fundido y un sistema de armazón modular— fue pionero en Sudamérica. La obra respondía a una necesidad urgente: conectar el centro de Lima con los distritos en expansión, como el Callao, en plena bonanza económica por el guano y el salitre.
Su impacto trasciende lo práctico. El puente se convirtió en escenario de crónicas periodísticas y litografías que retrataban el «progreso» de la capital. Incluso inspiró debates sobre urbanismo: ¿era mejor preservar la tradición colonial o abrazar el hierro y el vapor como símbolos de una nueva era?
La ironía llegó después. Lo que nació como emblema de innovación terminó relegado por el crecimiento desordenado de la ciudad, el mismo que hoy amenaza su supervivencia.
Óxido, grafitis y cables sueltos: el deterioro visible
El Puente de Fierro exhibe las cicatrices de décadas de descuido. Las vigas de acero, diseñadas para resistir el paso del tiempo, ahora muestran capas de óxido que avanzan como una enfermedad silenciosa. Según informes de ingenieros estructurales, más del 30% de la superficie metálica presenta corrosión avanzada, un porcentaje que supera los umbrales de seguridad en puentes históricos.
Los grafitis cubren pilares y barandas. No son simples trazos: algunos han penetrado hasta las capas de pintura original, acelerando la degradación del metal. Las autoridades reconocen que, sin un plan de mantenimiento, estas intervenciones informales se convierten en focos de humedad y oxidación.
Los cables sueltos cuelgan como venas rotas. En la base del puente, donde el tráfico pesado sacude la estructura a diario, se aprecian conexiones flojas y remaches desprendidos. Un reporte técnico de 2022 advirtió que, de no reforzarse estos puntos críticos, el riesgo de fallas localizadas aumentaría en los próximos cinco años.
El deterioro no es uniforme. Mientras algunas secciones conservan su solidez, otras —como los accesos laterales— lucen abandonadas, con losas agrietadas y barandas torcidas. La falta de limpieza acumulada ha convertido estos espacios en depósitos de basura, empeorando la imagen de un símbolo que alguna vez fue orgullo de la ingeniería peruana.
Entre planes fallidos y la última esperanza de recuperación
El Puente de Fierro ha visto pasar más de un siglo de planes de restauración que nunca terminaron de concretarse. En 2015, el Ministerio de Cultura declaró la estructura como Monumento Integrante del Patrimonio Cultural de la Nación, un reconocimiento que, sobre el papel, debía acelerar su recuperación. Sin embargo, los fondos asignados en ese entonces —apenas el 30% de lo estimado por ingenieros especializados— se diluyeron en trámites burocráticos y cambios de gestión.
La última intervención seria data de 2019, cuando un equipo de la Universidad Nacional de Ingeniería presentó un informe técnico advirtiendo que la corrosión avanzaba a un ritmo crítico en las vigas principales. El documento, respaldado por mediciones con ultrasonido, revelaba que el 42% de las placas metálicas originales ya había perdido más de la mitad de su espesor.
Hubo promesas. En 2021, la Municipalidad de Lima anunció un convenio con una empresa privada para financiar la restauración, pero el proyecto se estancó cuando la empresa retiró su apoyo alegando «falta de garantías legales». Los vecino del Rímac, cansados de ver cómo el óxido carcomía el símbolo de su distrito, organizaron incluso protestas con pancartas que rezaban: «El puente no aguanta otro invierno».
Ahora, la esperanza está puesta en el presupuesto 2024, donde por primera vez se incluyó una partida específica para la primera fase de restauración: 8 millones de soles destinados a detener el deterioro estructural. El plazo es ajustado —seis meses para estabilizar las bases— y los ingenieros advierten que, si esta vez falla, el puente podría quedar inservible en menos de una década.
El Puente de Fierro no es solo una estructura de metal oxidado, sino un testimonio silencioso de la Lima que fue y un símbolo de la indiferencia que aún persiste hacia su patrimonio. A sus 128 años, su estado refleja décadas de descuido, pero también la posibilidad de renacer si las autoridades cumplen—por fin—con los planes anunciados y asignan recursos concretos para su restauración integral. Urge que la Municipalidad de Lima y el Ministerio de Cultura actúen con transparencia: publicar cronogramas reales, involucrar a especialistas en conservación y abrir canales para que la ciudadanía fiscalice los avances. Mientras tanto, el puente sigue en pie, desafiando el olvido y recordando que, en una ciudad que mira hacia el futuro, el pasado también exige su lugar.
