El Parque Masayoshi Ohira cumple 35 años como el jardín japonés más grande de Sudamérica, un oasis de 8 hectáreas donde la precisión nipona y la exuberancia peruana se entrelazan desde 1989. Diseñado por el paisajista Takeshi Nagasawa y construido con materiales traídos directamente de Japón—desde las linternas de piedra tōrō hasta los puentes arqueados de madera de ciprés—este espacio en el corazón de Jesús María no es solo un parque: es un legado diplomático que sobrevivió a terremotos, crisis políticas y el paso del tiempo. Cada año, sus estanques con carpas koi de colores vibrantes, sus cerezos en flor y el pabellón de té tradicional atraen a más de medio millón de visitantes, convirtiéndolo en un símbolo vivo de la migración japonesa al Perú.

Lo que comenzó como un regalo del gobierno japonés para conmemorar un siglo de relaciones bilaterales se transformó en un punto de encuentro cultural irrepetible. El Parque Masayoshi Ohira no solo alberga la colección más diversa de plantas japonesas fuera de Asia—incluyendo azaleas, arces y bambúes raros—, sino que su agenda anual mezcla festivales de hanami con muestras de danza peruana, talleres de ikebana junto a ferias de gastronomía nikkei. En una ciudad donde el concreto avanza sin pausa, este jardín ofrece algo más que paisajismo: una lección de cómo dos culturas pueden crear belleza sin perder su esencia.

Un legado de amistad entre Perú y Japón

El Parque Masayoshi Ohira no es solo un espacio verde en el corazón de Lima, sino un símbolo vivo de los lazos que unen a Perú y Japón desde hace más de un siglo. Su creación en 1989, como parte de las celebraciones por los 100 años de la migración japonesa al Perú, reflejó el compromiso de ambos países por preservar una relación construida sobre el respeto y la colaboración. Según datos del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú, más de 100,000 nikkei —descendientes de japoneses— residen actualmente en el país, consolidando una de las comunidades más grandes de América Latina.

La elección del nombre del parque honra al primer ministro japonés Masayoshi Ohira, quien en 1980 visitó Perú y prometió fortalecer los vínculos culturales. Su legado se materializó en este jardín, diseñado con elementos tradicionales como el puente taiko-bashi y el estanque de carpas koi, pero integrado con especies vegetales peruanas. Un detalle que pasa desapercibido: las piedras del camino principal fueron traídas desde Cusco, fusionando simbólamente la herencia inca y la estética japonesa.

Más allá de su belleza, el parque se convirtió en escenario de intercambios que trascienden lo ornamental. Aquí se celebran festivales como el Hanami, donde peruanos y japoneses comparten la tradición de observar los cerezos en flor, pero también talleres de ikebana impartidos por maestros locales. La Embajada de Japón en Lima destaca que, cada año, más de 50 actividades culturales se realizan en sus instalaciones, atrayendo a miles de visitantes.

Lo que comenzó como un regalo diplomático hoy es un espacio de identidad compartida. Generaciones de limeños han crecido paseando entre sus senderos, mientras los nikkei encuentran en sus diseños un pedazo de la tierra de sus ancestros. El parque, en silencio, cuenta una historia de amistad que sigue escribiendo capítulos.

Puentes, koi y cerezos: joyas del parque

El corazón del Parque Masayoshi Ohira late en sus puentes de madera curva, inspirados en los diseños tradicionales de Kioto. El más fotografiado —el Taiko-bashi, de 12 metros de longitud— cruza el estanque principal con una elegancia que desafía sus tres décadas de existencia. Construidos sin clavos, estos puentes emplean técnicas de ensamble japonés que distribuyen el peso de manera uniforme, un detalle que fascinó a los ingenieros peruanos durante su restauración en 2018.

Bajo la sombra de los puentes, los koi nadan en aguas cristalinas, algunos superando los 60 centímetros de longitud. Según registros de la Asociación Peruano-Japonesa, el estanque alberga más de 150 ejemplares, incluyendo variedades Kohaku (blancos con manchas rojas) y Showa Sanshoku (negros con patrones tricolores). Su alimentación, controlada por cuidadores especializados, evita la sobrepoblación y mantiene el equilibrio del ecosistema.

Los cerezos donados por la prefectura de Fukushima en 1999 florecen entre marzo y abril, tiñendo de rosa pálido los senderos. A diferencia de los cerezos japoneses, estas variedades se adaptaron al clima limeño con podas estratégicas que simulan el invierno. Su floración atrae a miles de visitantes anuales, conviertiendo el parque en un escenario efímero de hanami —la tradición de contemplar las flores— sin necesidad de viajar a Japón.

El contraste entre la piedra volcánica de los caminos y la suavidad de los sauces llorones crea una armonía visual que define al parque. Cada elemento, desde los faroles de papel chōchin hasta las linternas de piedra tōrō, fue seleccionado para evocar un jardín kaiyū-shiki —estilo de paseo— donde la naturaleza y el diseño se funden.

Visitas guiadas y talleres para el aniversario

El 35.º aniversario del Parque Masayoshi Ohira se celebrará con un programa especial de visitas guiadas que exploran su legado cultural. Los recorridos, diseñados por especialistas en jardinería japonesa y historia peruano-japonesa, revelarán detalles poco conocidos: desde la selección de las 300 especies vegetales que componen el jardín hasta el simbolismo detrás de cada elemento arquitectónico. Según datos de la Asociación Peruano Japonesa, más del 60% de los visitantes desconocen que el estanque central reproduce la forma del carácter kanji «corazón» (kokoro), un guiño a la fusión entre ambas culturas.

Los talleres prácticos complementan la experiencia. Habrá sesiones de ikebana dirigidas por maestros con décadas de trayectoria, donde los participantes aprenderán a crear arreglos florales con especies autóctonas y exóticas del parque. También se ofrecerán demostraciones de caligrafía shodō y ceremonias del té adaptadas para público familiar, usando utensilios originales donados por la comunidad nikkei en Lima.

Para los interesados en la conexión histórica, se ha programado un ciclo de charlas sobre la influencia japonesa en la agricultura peruana, con énfasis en técnicas introducidas por los primeros inmigrantes a principios del siglo XX. Estas actividades, gratuitas con inscripción previa, buscan resaltar cómo el parque se convirtió en un puente vivo entre dos tradiciones.

Treinta y cinco años después de su inauguración, el Parque Masayoshi Ohira sigue siendo un puente vivo entre la serenidad de los jardines japoneses y el dinamismo de la cultura peruana, demostrando cómo un espacio verde puede trascender lo ornamental para convertirse en patrimonio emocional de una ciudad. Su combinación de koi dorados, puentes de madera curva y eventos culturales lo convierte en un destino único donde la historia y la naturaleza dialogan sin prisa, lejos del bullicio limeño.

Quienes aún no lo hayan visitado encontrarán en sus 2.5 hectáreas —ubicadas en Jesús María— el lugar ideal para un paseo matutino entre cerezos y bambúes, o para asistir a las celebraciones del Hanami cuando llega la primavera. El parque no solo invita a la contemplación, sino a participar: talleres de origami, ceremonias del té y exposiciones temporales mantienen viva su esencia comunitaria.

Con proyectos de restauración en marcha y una creciente programación cultural, este oasis urbano se prepara para escribir nuevos capítulos, reafirmando su papel como símbolo de la amistad Perú-Japón y recordatorio de que la belleza a menudo florece en los cruces inesperados.