El París Saint-Germain cayó por primera vez en la temporada. El Marsella, con un fútbol intenso y un Velódromo hirviendo, rompió el invicto de 28 partidos oficiales del equipo parisino gracias a un 2-1 que revivió el clasicazo francés. Los de Galtier, que llegaban con la moral por las nubes tras aplastar al Juventus en Champions, se toparon con un rival que no les dio respiro: presión alta, transiciones rápidas y un público que empujó hasta el pitido final. El gol de Alexis Sánchez en el minuto 87, tras un error defensivo del PSG, selló una victoria que huele a punto de inflexión en la Ligue 1.
Este marsella – psg no fue un partido más. Fue el choque entre el proyecto millonario que domina Francia desde hace una década y un Marsella renovado, que bajo el mando de Tudor ha recuperado la garra que lo hizo temible en Europa. La derrota no solo frena el arrase parisino en la liga, sino que reabre el debate sobre su solidez cuando el rival planta cara. Para los aficionados, fue la confirmación de que el marsella – psg sigue siendo el duelo que paraliza al país, más allá de los títulos y las estrellas. Y para la Ligue 1, un recordatorio: la competencia aún respira.
Un Clásico con historia y tensión acumulada
El enfrentamiento entre Olympique de Marsella y París Saint-Germain trasciende lo deportivo para convertirse en un duelo cargado de simbolismo. No es solo el choque entre dos de los clubes más laureados de Francia, sino la confrontación entre dos visiones del fútbol: la pasión mediterránea y el poderío económico de la capital. Desde los incidentes de los años 90 hasta las tensiones recientes en las gradas, este clásico acumula décadas de rivalidad que se respiran cada vez que ambos equipos saltan al césped. El Velódromo, con su atmósfera eléctrica, se convierte en escenario de un espectáculo donde el fútbol y la identidad regional se entrelazan.
La historia entre ambos equipos suma más de 100 partidos oficiales, pero son los últimos 15 años los que han intensificado la rivalidad. Con la llegada de los fondos cataríes al PSG en 2011, el desequilibrio económico se hizo evidente, aunque el Marsella ha logrado mantenerse como el único club capaz de plantar cara al dominio parisino en el terreno de juego. Según datos de la Ligue 1, el OM es el equipo que más veces ha derrotado al PSG desde la adquisición del club por Qatar Sports Investments, con 11 victorias en 34 encuentros.
El último capítulo de esta rivalidad, antes del partido de ayer, quedó marcado por el escándalo del pasado octubre. Aquella noche, el encuentro en el Parque de los Príncipes se vio empañado por el lanzamiento de objetos al campo y la invasión parcial del terreno de juego, lo que llevó a la suspensión temporal del partido. La Liga Francesa sancionó al PSG con un partido a puerta cerrada, pero la tensión entre aficiones sigue latente. Estos antecedentes añaden un componente extra de presión a cada clásico, donde los jugadores no solo compiten por los tres puntos, sino por el orgullo de representar a su ciudad.
Más allá de los títulos y las estrellas, lo que define este clásico es su capacidad para polarizar al país. Mientras el PSG encarna el proyecto global de un club aspirante a dominar Europa, el Marsella representa la resistencia de un equipo anclado en su comunidad, con una afición que llena el estadio semana tras semana sin depender de inversiones millonarias. Esa dicotomía se refleja incluso en el estilo de juego: el PSG, con su fútbol de posesión y figuras mediáticas; el OM, con su intensidad física y transiciones rápidas que desestabilizan a cualquier rival.
El 2-1 de ayer no es solo un resultado más en la clasificación, sino otro episodio de una historia que sigue escribiéndose con emoción y controversia.
El golazo de Aubameyang que rompió el invicto parisino
El gol de Pierre-Emerick Aubameyang en el minuto 27 no fue solo un destello de clase, sino el martillazo que resquebrajó la armadura del París Saint-Germain. Tras un centro milimétrico desde la banda izquierda, el delantero gabonés se elevó entre dos defensores para rematar de cabeza con una precisión quirúrgica. El balón se coló junto al poste, dejando a Gianluigi Donnarumma sin reacción. Fue su cuarto gol en cinco partidos contra el PSG, una estadística que demuestra por qué el Olympique de Marsella siempre lo reserva para los duelos de alto voltaje.
Lo más llamativo no fue solo la ejecución, sino el contexto. El conjunto parisino llevaba 15 partidos oficiales sin conocer la derrota, con una defensa que apenas había concedido siete goles en esa racha. Sin embargo, Aubameyang —con su olfato y su capacidad para aparecer en el momento clave— expuso las debilidades de un bloque que, pese a su dominio en la Ligue 1, sigue mostrando grietas en partidos de máxima exigencia.
Analistas como los de L’Équipe destacaron después del encuentro cómo el gol del exjugador del Barcelona no solo abrió el marcador, sino que alteró el guion táctico. El PSG, acostumbrado a imponer su ritmo con posesiones largas, se vio obligado a salir con más verticalidad, dejando espacios que Marsella supo aprovechar. La presión sobre Vitinha y Mbappé aumentó, y la defensa, antes sólida, comenzó a cometer errores de posicionamiento.
El estadio Vélodrome estalló. No era un gol cualquiera: era el símbolo de que, incluso contra un equipo con estrellas como Messi o Neymar en el banquillo, el Marsella podía plantar cara. Aubameyang, con los brazos en alto y la mirada desafiante hacia el banco visitante, lo sabía. Su celebración fue breve, pero suficiente para recordar que, en el Clásico francés, los héroes no siempre visten de azul parisino.
La táctica de Gasset que desarmó al trío Mbappé-Dembélé-Vitinha
Gennaro Gasset no llegó al banquillo del Marsella como un revolucionario, pero su lectura del partido contra el PSG demostró por qué el club provenzal lo fichó: entendió que frenar a Mbappé, Dembélé y Vitinha no requería una doble línea de cinco, sino un bloque compacto y transiciones rápidas. El técnico francés apostó por un 4-4-2 asimétrico que, sobre el papel, parecía suicida contra la velocidad de los atacantes parisinos. Sin embargo, la clave estuvo en los detalles: Amavi y Clauss, los laterales, no subieron como en otros partidos, priorizando la contención; mientras que Harit y Ünder, los extremos, se repliegaron en diagonal para tapar los pasillos interiores donde Dembélé y Vitinha suelen hacer daño. El resultado fue un PSG que, pese a dominar la posesión (62%), solo generó 0.7 xG en la primera parte, su peor registro en lo que va de temporada.
Mbappé, acostumbrado a explotar los espacios entre líneas, se encontró con un muro en la figura de Chancel Mbemba. El central congoleño, que ya había brillado en la Champions contra el Arsenal, neutralizó al francés con anticipaciones limpias y un marcaje al límite del reglamento. Pero el verdadero golpe táctico llegó en la salida de balón: Gasset ordenó a sus mediocentros, Rongier y Ondi, que presionaran alto a Vitinha cada vez que el portugués recibía de espaldas. Sin tiempo para girar, el ex del Porto perdió 12 balones en zona peligrosa, el doble que en cualquier otro partido esta temporada, según datos de Opta.
Dembélé, el otro peligro del trío ofensivo, sufrió por la falta de apoyos. Gasset había estudiado su tendencia a buscar el uno contra uno por la banda derecha, así que ordenó a Lodi —el lateral izquierdo— que lo empujara hacia el centro, donde esperaba la ayuda de Touré o Harit. El ex del Barcelona terminó el partido con solo 2 regates completados (frente a los 5.3 de media esta Liga 1) y un remate entre los tres palos.
La táctica no fue perfecta: en el minuto 78, un error en la marca permitió el gol de Mbappé. Pero para entonces, el Marsella ya ganaba 2-0 y el PSG había agotado sus recursos. Gasset no inventó nada nuevo, pero ejecutó un plan sencillo con precisión quirúrgica: anular las virtudes del rival antes que exhibir las propias.
El Var decide: polémica en el descuento que cambió el partido
El partido ya entraba en el minuto 90+5 cuando el árbitro, Clément Turpin, señalaba penalti a favor del Olympique de Marsella. La jugada, revisada por el VAR durante casi dos minutos, mostró un contacto mínimo de Achraf Hakimi sobre Amine Harit dentro del área. La decisión, ajustada al límite, desató la furia del banco parisino y encendió el Velódromo en un clímax de tensión.
Kylian Mbappé, con los brazos en alto y gestos de incredulidad, fue el primero en protestar. Las imágenes mostraron cómo el delantero francés discutía airadamente con Turpin, mientras Neymar y Messi se acercaban al cuarto árbitro. Los datos no ayudaban a calmar los ánimos: según Opta, esta fue la tercera vez en la temporada que el PSG recibía un penalti en contra en el descuento, una estadística que alimentó aún más las teorías de persecución arbitral entre los aficionados parisinos.
Desde el banquillo, Christophe Galtier vio cómo su equipo, que había dominado el segundo tiempo con un 62% de posesión y 12 disparos a puerta, perdía el control del partido en un instante. El gol de Alexis Sánchez desde los once metros no solo selló la victoria marsellesa, sino que cortó una racha de 15 partidos invictos del PSG en todas las competiciones. La polémica, sin embargo, opacó el mérito de un Marsella que supo aprovechar su única oportunidad clara en los últimos 20 minutos.
Analistas como los de L’Équipe destacaron después del encuentro cómo el VAR, pese a su precisión técnica, sigue generando debates por su interpretación subjetiva del «contacto claro». En este caso, la falta de uniformidad en los criterios —comparada con otras jugadas no pitadas en la misma jornada— dejó al descubierto una grieta que la Ligue 1 arrastra desde su implementación.
Al final, el Velódromo estalló en celebración, mientras el PSG abandonaba el campo entre silbidos. Una decisión arbitral, un gol en el 97′ y un clásico que, una vez más, trascendió lo deportivo para instalarse en el terreno de lo polémico.
¿Fin de una era o solo un tropiezo para el PSG?
El París Saint-Germain llegó al Vélodrome con la etiqueta de invencible, pero salió con más dudas que certezas. La derrota ante el Marsella no solo cortó una racha de 16 partidos sin perder en todas las competiciones, sino que expuso las grietas de un equipo que, pese a su plantel de estrellas, sigue sin encontrar la solidez defensiva que exige un aspirante serio a la Champions. Los dos goles encajados —uno de ellos tras un error en la salida de balón— revivieron los fantasmas de temporadas anteriores, cuando la falta de concentración en momentos clave les costó títulos.
Analistas como los del Centre International d’Étude du Sport (CIES) ya habían señalado antes del partido que el PSG, pese a su dominio en la Ligue 1, mostraba un descenso en su rendimiento en duelos de alta presión. Esta temporada, el equipo de Luis Enrique ha concedido un 30% más de ocasiones claras en partidos contra rivales directos que en la campaña pasada. El Marsella, con su intensidad y presión alta, fue el espejo que reflejó esa debilidad.
El varapalo en el Clásico francés llega en el peor momento. Con el mercado de invierno a la vuelta de la esquina, la directiva parisina se enfrenta a un dilema: ¿refuerza un bloque que ya gasta más de 600 millones de euros en nómina o confía en que la adaptación táctica —lenta, pero visible— termine por cuajar? La derrota no es una crisis, pero sí un aviso. El PSG de Mbappé, Dembélé y Vitinha sigue siendo un gigante con pies de barro cuando el ritmo sube.
Para el Marsella, en cambio, el triunfo es oxígeno puro. Tras una primera vuelta irregular, el equipo de Jean-Louis Gasset demostró que, con orden y verticalidad, puede plantar cara a cualquiera. No es casualidad que sus dos últimos triunfos en la liga hayan llegado justamente contra el PSG y el Mónaco, los otros dos grandes del campeonato. La pregunta ahora es si esta victoria marca el inicio de una remontada en la clasificación o si, por el contrario, quedará como un destello aislado en una temporada de altibajos.
Queda liga por delante, y el PSG tiene margen para reaccionar. Pero el Clásico francés dejó claro que, en el fútbol, ni el dinero ni el talento garantizan invencibilidad. La era de dominio parisino no ha terminado, pero el tropiezo en el Vélodrome es un recordatorio de que, sin equilibrio, hasta los gigantes tropiezan.
El Olympique de Marsella no solo frenó el invicto del PSG en el Clásico francés con un 2-1 vibrante, sino que demostró que el fútbol sigue siendo un deporte de pulsos, táctica y corazón, donde el dinero no siempre escribe el guion. La victoria, tejida con presión alta, errores defensivos aprovechados y un Velodrome entregado, deja claro que la Ligue 1 aún tiene espacio para la épica fuera del dominio parisino, incluso cuando Mbappé y compañía parecen intratables.
Para los aficionados al balompié que busquen emociones más allá de los títulos cantados, este partido es un recordatorio: seguir de cerca a un Marsella revitalizado bajo Gasset —con figuras como Aubameyang o Nuno Tavares— puede ser tan entretenido como analizar la máquina del PSG. Y si algo quedó claro anoche, es que el próximo duelo entre ambos no será un trámite, sino otro capítulo de una rivalidad que, contra todo pronóstico, vuelve a arder con fuerza.

