El Lago de Chapala ha perdido el 70% de su volumen en las últimas tres décadas, y 2024 marca su peor registro: apenas 1.5 metros de profundidad en zonas críticas, según datos de la Comisión Nacional del Agua. Las imágenes satelitales revelan un paisaje irreconocible, donde antes había kilómetros de espejo de agua ahora dominan grietas en el lecho seco y vegetación marchita. La sequía extrema, agravada por el cambio climático y la sobreexplotación de acuíferos, ha reducido a México su cuerpo de agua dulce más grande a su nivel más bajo desde 1994.

Lo que ocurre en Chapala no es solo un problema ambiental, sino una crisis que amenaza a más de un millón de personas en Jalisco y Michoacán. El lago, vital para la agricultura, el turismo y el abastecimiento de Guadalajara, ya muestra señales de colapso ecológico: peces muertos en las orillas, aves migratorias que abandonan la zona y comunidades ribereñas que ven desaparecer sus medios de vida. La alerta no es nueva, pero los números actuales obligan a mirarla con urgencia: si no hay acciones contundentes, el declive del Lago de Chapala podría volverse irreversible en menos de una década.

De la abundancia a la crisis: historia de un lago agonizante

De la abundancia a la crisis: historia de un lago agonizante

Hace medio siglo, el Lago de Chapala era un espejo de agua tan vasto que los pescadores tardaban horas en cruzar de una orilla a otra. Las crónicas de los años 70 lo describían como un mar interior, con playas de arena dorada donde las familias jaliscienses veraneaban y las redes se llenaban de charales con solo arrojarlas al agua. La abundancia era tal que el lago abastecía el 60% del consumo de agua potable de Guadalajara sin mostrar señales de agotamiento.

El declive comenzó a notarse en las décadas siguientes. Para 1990, estudios de la UNAM ya alertaban sobre una reducción del 30% en su volumen, atribuida a la sobreexplotación agrícola y al crecimiento urbano descontrolado. Los primeros signos visibles aparecieron en las riberas: embarcaderos varados a cientos de metros de la nueva línea de costa, barcos encallados en lo que antes eran aguas profundas.

La crisis actual no es un fenómeno repentino, sino el último capítulo de una agonía anunciada. Según datos de la Comisión Nacional del Agua, el lago ha perdido más del 70% de su capacidad desde 1980. Lo que antes era un ecosistema vibrante —hogar de especies endémicas como el pescado blanco— ahora se asemeja a un desierto líquido, con zonas donde el agua apenas cubre los tobillos y la salinidad amenaza lo poco que queda.

Los pobladores más viejos aún señalan con el dedo los muelles abandonados y cuentan cómo, de niños, el agua llegaba hasta allí. Hoy esos mismos puntos son terrenos agrietados por el sol, donde solo crecen malezas entre los restos de estructuras que alguna vez florecieron.

Pueblos fantasmas y barcos varados: el rostro visible de la sequía

Pueblos fantasmas y barcos varados: el rostro visible de la sequía

Las ruinas de la iglesia de San Marcos, antes sumergidas bajo metros de agua, ahora emergen como un espectro de piedra entre el polvo. Lo que fuera el pueblo de Atequiza, engullido por el lago en los años 80, vuelve a asomarse con sus calles agrietadas y casas derruidas. No es una excavación arqueológica, sino el testimonio crudo de una sequía que ha retrocedido las aguas hasta niveles no vistos en tres décadas.

A pocos kilómetros, los barcos oxidados yacen varados sobre lo que era lecho lacustre. Embarcaciones que transportaban turistas entre Chapala y la Isla de los Alacranes ahora reposan en tierra firme, rodeadas de maleza. Según datos de la Comisión Nacional del Agua, el lago ha perdido el 70% de su volumen desde 1990, dejando al descubierto más de 10,000 hectáreas de terreno antes cubiertas.

Los pescadores locales señalan con resignación los muelles secos donde antes atracaban sus lanchas. «Aquí el agua llegaba hasta la rodilla», dicen mientras pisan la tierra reseca. Las redes, inútiles sin agua, cuelgan de postes como banderas de rendición.

El fenómeno no solo altera el paisaje, sino la memoria colectiva. Generaciones que crecieron con el lago como espejo ahora ven un desierto de grietas. Las fotos antiguas, donde el agua lamía las puertas de las casas, parecen de otro planeta.

¿Puede recuperarse Chapala o es el fin de un ecosistema?

¿Puede recuperarse Chapala o es el fin de un ecosistema?

El futuro del lago de Chapala pende de un hilo. Investigadores de la Universidad de Guadalajara advierten que, si el nivel sigue descendiendo al ritmo actual, el ecosistema podría colapsar en menos de una década. La pérdida de más del 70% de su volumen desde 1980 no es solo una cifra: significa playas secas donde antes anidaban aves migratorias, comunidades pesqueras con redes vacías y un ciclo hidrológico roto que ya afecta los cultivos de la región.

Recuperarlo exigiría acciones drásticas. Reducir el bombeo para abastecer a Guadalajara, tratar el 100% de las aguas residuales que llegan al lago y revivir los humedales que antes filtraban contaminantes son medidas urgentes. Pero el tiempo apremia: según datos de la Conagua, el vasto espejo de agua que alguna vez cubrió 1,100 km² hoy apenas supera los 800 km² en temporada de lluvias.

El problema va más allá de la sequía. La sobreexplotación agrícola, la deforestación en la cuenca y la falta de infraestructura para capturar lluvia han acelerado la crisis. Mientras autoridades y científicos debaten soluciones, los pobladores ribereños ya enfrentan la realidad: pozos salinizados, turistas que dejan de llegar y una identidad cultural ligada al agua que se desvanece.

Queda una esperanza en proyectos como la reforestación con especies nativas en las laderas de la cuenca o sistemas de riego eficiente para los campos de maíz. Pero sin voluntad política y recursos, incluso estas iniciativas resultan insuficientes.

El retroceso histórico del Lago de Chapala no es solo una cifra alarmante en los registros hidrológicos, sino un llamado urgente a replantear el manejo del agua en la región. La combinación de sequías prolongadas, extracción desmedida y políticas insuficientes ha dejado al ecosistema más grande de México occidental al borde de un colapso con consecuencias sociales y ambientales irreparables. Mientras autoridades y comunidades buscan soluciones, la prioridad inmediata debe ser implementar sistemas de riego eficientes para la agricultura—responsable del 70% del consumo—y reforzar la vigilancia contra la perforación de pozos ilegales que agravan la crisis. Sin acciones concretas y coordinadas entre gobiernos, científicos y pobladores, el futuro del lago dependerá menos de las lluvias y más de decisiones que hoy aún están en manos humanas.