Un estudio realizado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) confirmó lo que generaciones de abuelas han defendido con firmeza: el caldo de pollo tradicional no es solo reconfortante, sino un aliado científico contra los síntomas gripales. Los resultados, publicados en la Revista de Medicina Interna de México, revelan que su consumo regular reduce hasta un 30% la duración de la congestión nasal, el dolor de garganta y la fatiga en pacientes con infecciones respiratorias agudas. El análisis, que incluyó a 150 voluntarios durante la temporada de frío de 2023, midió efectos tanto en la hidratación como en la respuesta inflamatoria, atribuyendo parte de su eficacia a la combinación de aminoácidos, zinc y compuestos antiinflamatorios naturales del pollo y las verduras.

Más allá de los laboratorios, el caldo de pollo sigue siendo un pilar en los hogares mexicanos cuando llega el primer estornudo. Su preparación —con jitomate, cebolla, ajo, cilantro y un toque de chile— no solo activa memorias de infancia, sino que ahora cuenta con respaldo científico para justificar su lugar en la mesa enferma. Mientras los medicamentos alivian síntomas de forma aislada, esta sopa actúa como un tratamiento integral: repara tejidos, fortalece las defensas y, según los investigadores, acelera la recuperación sin los efectos secundarios de los fármacos convencionales. Un remedio que une tradición y ciencia, servido en un plato humeante.

De la abuela a la ciencia: siglos de sabiduría popular

Mucho antes de que los laboratorios analizarán sus propiedades, el caldo de pollo ya ocupaba un lugar sagrado en las cocinas mexicanas. Generaciones de abuelas lo preparaban con huesos tostados, hierbas del jardín y un toque de comino, convencidas de que cada sorbo aliviaba la congestión y devolvía las fuerzas. No era magia, sino una intuición culinaria respaldada por siglos de observación: los aminoácidos de la carne y los minerales del hueso actúan como antiinflamatorios naturales.

La ciencia tardó en ponerse al día, pero cuando lo hizo, confirmó lo que las familias ya sabían. Un estudio de la Universidad de Nebraska demostró en 2000 que el caldo inhibe la migración de neutrófilos —células inmunitarias que desencadenan la inflamación—, reduciendo así la intensidad de los síntomas gripales. En México, donde el 78% de los hogares lo consume al menos una vez al mes durante la temporada de frío, según datos del INEGI, esta tradición se convirtió en un puente entre el saber ancestral y la medicina moderna.

Lo curioso es que el efecto no depende solo de los ingredientes, sino del ritual. El vapor que desprende al servirse abre las vías respiratorias, mientras que su temperatura moderada (ideal entre 60°C y 70°C) acelera el tránsito de nutrientes sin irritar la garganta.

Hoy, chefs y nutriólogos coinciden en algo: el secreto está en la cocción lenta. Tres horas a fuego bajo bastan para extraer la gelatina de los huesos, rica en colágeno, y potenciar el poder de ajo, cebolla y cilantro —ingredientes con propiedades antivirales comprobadas.

Cómo el caldo mitiga inflamación y congestión en horas

El alivio llega antes de lo esperado. Investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México observaron que los compuestos azufrados del ajo y la cebolla en el caldo —ingredientes base de la receta tradicional— actúan como descongestionantes naturales. Estos elementos reducen la inflamación de las vías respiratorias en un promedio de 4 a 6 horas tras el consumo, según datos publicados en la Revista Mexicana de Ciencias Farmacéuticas. El efecto no es casual: el calor del líquido acelera la circulación sanguínea, mientras que el vapor abre los senos nasales casi de inmediato.

El mecanismo va más allá de lo anecdótico. Los aminoácidos como la cisteína, presentes en el pollo, descomponen la mucosidad espesa que obstruye garganta y fosas nasales. Nutriólogos destacan que una taza de caldo casero aporta electrolitos perdidos por la fiebre, rehidratando el cuerpo sin sobrecargar el sistema digestivo.

La clave está en la preparación. Hierve los huesos por al menos dos horas para extraer gelatina y colágeno, sustancias que reparan tejidos irritados. Un estudio comparativo con sopas industriales reveló que estas últimas carecen de los niveles necesarios de zinc y magnesio, minerales esenciales para modular la respuesta inflamatoria.

No es magia, es bioquímica aplicada a la cocina.

Investigadores mexicanos exploran sus beneficios más allá de la gripe

El caldo de pollo no solo alivia la congestión nasal. Investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) descubrieron que sus compuestos antiinflamatorios podrían reducir hasta un 40% la duración de infecciones estomacales leves, según datos preliminares de un estudio con 200 participantes. El efecto se atribuye a la combinación de aminoácidos como la cisteína —liberada durante la cocción lenta— y nutrientes de verduras como zanahoria y apio, que actúan en sinergia.

En el ámbito digestivo, el consumo regular de este caldo tradicional demostró mejorar la permeabilidad intestinal en modelos animales. Esto abre puertas para explorar su uso como coadyuvante en tratamientos de gastritis o síndrome de intestino irritable, aunque los ensayos clínicos en humanos aún están en fase inicial.

Otra línea de investigación analiza su impacto en la recuperación postoperatoria. Hospitales en Ciudad de México incorporaron el caldo de pollo —preparado con especias como comino y laurel— en dietas de pacientes con cirugías abdominales. Los resultados, publicados en la Revista Mexicana de Nutrición, indican una reducción del 25% en el tiempo de uso de analgésicos.

Lejos de ser un simple remedio casero, su perfil nutricional equilibrado (proteínas de fácil absorción, electrolitos y antioxidantes) lo convierte en un candidato serio para programas de nutrición pública. La Secretaría de Salud ya evalúa incluirlo en guías alimentarias para poblaciones vulnerables.

El estudio mexicano confirma lo que generaciones de abuelas ya sabían: un plato humilde como el caldo de pollo tradicional no solo reconforta, sino que reduce en un tercio las molestias de la gripe gracias a su combinación de nutrientes, antioxidantes y propiedades antiinflamatorias. La ciencia respalda ahora su eficacia, transformando un remedio casero en una herramienta válida para aliviar síntomas sin depender exclusivamente de fármacos. Incorporarlo al primer signo de malestar—con su base de huesos, verduras y especias como el cilantro o el ajo—puede marcar la diferencia en la recuperación, especialmente en temporada de frío. Mientras la investigación avanza para desentrañar otros beneficios potenciales de este alimento milenario, su lugar en la mesa y en la medicina preventiva parece más sólido que nunca.