Cada 8 de marzo, más de 150 países paralizan calles, redes sociales y agendas políticas para recordar algo que sigue sin resolverse: la brecha de género persiste en salarios, cargos directivos y hasta en la distribución de tareas domésticas. Según datos de la ONU, al ritmo actual, la igualdad real entre hombres y mujeres tardará otros 300 años en alcanzarse. No es una fecha cualquiera en el calendario; es el día en que el mundo mide —con protestas, datos y reflexiones— cuánto falta por recorrer.
Pero qué se celebra el 8 de marzo va más allá de un balance de desigualdades. Es la conmemoración de un siglo y medio de luchas, desde las obreras textiles que en 1908 salieron a las calles de Nueva York hasta las jóvenes que hoy exigen leyes contra la violencia machista en América Latina o paridad en los parlamentos europeos. Que se celebra el 8 de marzo, entonces, no es solo un recordatorio, sino un llamado a actuar: porque los derechos ganados —el voto, la educación, la autonomía sobre el cuerpo— no son definitivos si no se defienden cada día.
De las protestas obreras al Día Internacional de la Mujer
El origen del 8 de marzo se remonta a las luchas obreras del siglo XIX, cuando miles de mujeres alzaron la voz contra condiciones laborales inhumanas. En 1857, trabajadoras textiles de Nueva York protagonizaron una huelga masiva para exigir jornadas de 10 horas —en lugar de las 16 que impusieron las fábricas— y salarios igualitarios. La represión fue brutal: la policía dispersó la protesta a la fuerza, pero aquel gesto marcó un precedente. Décadas después, en 1908, otras 15,000 mujeres marcharon por las mismas calles bajo el lema «Pan y Rosas», simbolizando la demanda de dignidad económica y calidad de vida. Estos eventos sentaron las bases de lo que luego se convertiría en una conmemoración global.
La chispa definitiva llegó en 1910, durante la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague. Allí, la alemana Clara Zetkin —figura clave del movimiento feminista marxista— propuso establecer un día anual para visibilizar las reclamaciones de las mujeres, desde el sufragio hasta la protección laboral. La idea caló hondo: al año siguiente, más de un millón de personas en Austria, Dinamarca, Alemania y Suiza celebraron el primer Día Internacional de la Mujer Trabajadora el 19 de marzo. La fecha varió hasta 1917, cuando las obreras rusas iniciaron una huelga el último domingo de febrero (equivalente al 8 de marzo en el calendario gregoriano) que derivó en la Revolución de Febrero. El impacto fue tan rotundo que, en 1975, la ONU adoptó oficialmente esta fecha.
Datos históricos revelan que la brecha de género en el trabajo —uno de los ejes centrales de las protestas originales— persiste con cifras contundentes. Según la Organización Internacional del Trabajo, en 2023 las mujeres seguían ganando un 20% menos que los hombres por el mismo empleo a nivel mundial, una diferencia que se ensancha en sectores informales o en países sin legislación paritaria. Esta realidad conecta directamente con las demandas de hace más de un siglo: las trabajadoras de 1857 pedían equidad salarial, y hoy, 166 años después, el reclamo sigue vigente en las calles cada 8 de marzo.
Lo que comenzó como una lucha sindical se transformó en un símbolo de resistencia feminista transversal. El incendio en la fábrica Triangle Shirtwaist de 1911 —donde murieron 123 mujeres y 23 hombres por condiciones inseguras— aceleró la conciencia colectiva sobre la explotación femenina en entornos laborales. Con el tiempo, el Día Internacional de la Mujer absorbió causas más amplias: desde el derecho al voto hasta la erradicación de la violencia machista o la representación política. La evolución refleja cómo una fecha nacida de la clase obrera se expandió para abrazar las diversidades del movimiento, sin perder su esencia reivindicativa.
El origen olvidado: 41 mujeres en una fábrica de Nueva York
El 8 de marzo no nació como un día de flores y felicitaciones. Su raíz más cruda hunde los dedos en el humo de una fábrica neoyorquina donde, en 1908, 41 mujeres —la mayoría inmigrantes italianas y judías— perdieron la vida atrapadas entre llamas y puertas cerradas. Trabajaban 16 horas diarias por salarios de miseria en la Cotton Textile Factory, cosiendo camisas que nunca podrían comprar. Ese incendio, lejos de ser un accidente aislado, expuso la vulnerabilidad de miles de obreras que exigían desde años antes jornadas de 10 horas, salarios dignos y el derecho a sindicalizarse. Las protestas que siguieron, con miles de mujeres marchando por las calles de Nueva York bajo el lema «Pan y Rosas» (símbolo de justicia económica y dignidad), marcaron un antes y después en la lucha por los derechos laborales femeninos.
Historiadores laborales, como los que documentan los archivos del Tamiment Library de la NYU, señalan que este episodio —aunque no fue el único— aceleró la organización internacional de las trabajadoras. Para 1910, en la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Copenhague, Clara Zetkin propuso instaurar un día global para visibilizar sus demandas. La elección del 8 de marzo, sin embargo, no se consolidaría hasta 1917, cuando las obreras rusas iniciaron una huelga masiva por «pan y paz» que derivó en la Revolución de Febrero. Ese día, según registros soviéticos, más de 90.000 mujeres paralizaron Petrogrado.
El dato es revelador: en 1908, las mujeres representaban el 40% de la fuerza laboral en fábricas estadounidenses, pero sus salarios no superaban el 50% del de los hombres por el mismo trabajo. La tragedia de la Cotton Textile Factory no fue, pues, un hecho fortuito, sino el resultado de un sistema que las consideraba mano de obra desechable.
Con el tiempo, el origen obrero del 8 de marzo se diluyó bajo capas de comercialización y discursos genéricos sobre «celebrar a la mujer». Pero las consignas de aquellas 41 víctimas —y de las que las sucedieron— siguen vigentes: en 2023, la OIT calculaba que las mujeres aún ganan un 20% menos que los hombres a nivel global por trabajos de igual valor. La fábrica ardió hace más de un siglo, pero la brecha persiste.
¿Por qué se eligió el 8 de marzo y no otra fecha?
La elección del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer no fue casual. Remonta a 1908, cuando 15,000 mujeres marcharon por las calles de Nueva York exigiendo mejores salarios, jornadas laborales más cortas y el derecho al voto. Un año después, el Partido Socialista de América declaró el primer Día Nacional de la Mujer en febrero, pero la fecha se consolidó en marzo tras los trágicos sucesos de 1911, cuando un incendio en la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York cobró la vida de 123 trabajadoras, en su mayoría inmigrantes, debido a las pésimas condiciones laborales. Este evento marcó un antes y después en la lucha por los derechos laborales femeninos.
El salto a nivel internacional llegó en 1910, durante la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague, donde la alemana Clara Zetkin propuso instaurar un día global para visibilizar las demandas de las mujeres. Aunque no se fijó una fecha concreta en ese momento, el 8 de marzo de 1917 las mujeres rusas iniciaron una huelga masiva por «pan y paz» que derivó en la Revolución de Febrero (según el calendario juliano). Este gesto de rebeldía, que obligó al zar Nicolás II a abdicar días después, terminó de cimentar la simbología de la fecha.
Fue en 1975 cuando la Organización de las Naciones Unidas (ONU) adoptó oficialmente el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, reconociendo su alcance histórico. Según datos de la ONU, actualmente el 94% de los países del mundo conmemoran esta fecha, aunque con enfoques distintos: desde celebraciones de logros hasta protestas por brechas pendientes. La elección de marzo —y no febrero, como en los primeros años— respondió a un consenso político que buscaba distanciarse de connotaciones partidistas y abrazar un carácter universal.
Lejos de ser una fecha arbitraria, el 8 de marzo encapsula un siglo de luchas interconectadas: desde las obreras textiles hasta las sufragistas, pasando por las revolucionarias rusas. Su persistencia en el calendario global refleja algo más que tradición; es un recordatorio de que los derechos conquistados —como el voto femenino en Arabia Saudita en 2015 o la ley de paridad en México en 2014— fueron frutos de movilizaciones, no de concesiones.
Cómo se celebra hoy en América Latina, Europa y Asia
En América Latina, el 8 de marzo se vive con una mezcla de protesta y celebración. Países como Argentina y México lideran movilizaciones masivas bajo consignas como #NiUnaMenos, donde miles salen a las calles para exigir el fin de la violencia de género. Según datos de la CEPAL, al menos 12 mujeres son asesinadas diariamente en la región por razones de género, una cifra que impulsa la participación en marchas y actividades culturales. Universidades, sindicatos y colectivos feministas organizan foros y talleres, mientras que en ciudades como Buenos Aires o Ciudad de México, monumentos icónicos se iluminan de morado, el color símbolo de la lucha.
Europa marca la jornada con un enfoque más institucional, aunque no exento de reclamos. En España, los paros laborales y las huelgas feministas han ganado fuerza en los últimos años, con adhesiones que superan el 60% en sectores como la educación y la sanidad. Francia y Alemania destacan por actos simbólicos: en París, el Ayuntamiento coloca placas con nombres de mujeres históricas en calles antes dedicadas solo a hombres; en Berlín, el Reichstag se tiñe de violeta. La Unión Europea, por su parte, aprovecha la fecha para anunciar políticas de igualdad salarial, recordando que las mujeres europeas ganan, en promedio, un 12.7% menos que los hombres por el mismo trabajo.
Asia presenta contrastes marcados. Mientras en Filipinas o Corea del Sur las manifestaciones piden leyes contra el acoso callejero y la brecha digital de género, en países como Afganistán —bajo el régimen talibán— la fecha pasa desapercibida o incluso está prohibida. Japón y China, en cambio, combinan el activismo con tradiciones locales: en Tokio, empresas tecnológicas lanzan campañas por la inclusión de mujeres en puestos directivos; en Pekín, se rinde homenaje a figuras como Qiu Jin, revolucionaria del siglo XX. Organizaciones como ONU Mujeres señalan que, en la región, solo el 19% de los escaños parlamentarios son ocupados por mujeres, una de las tasas más bajas del mundo.
El arte y la cultura también toman protagonismo. Desde murales colectivos en Santiago de Chile hasta festivales de cine feminista en Estambul, la creatividad se convierte en herramienta de denuncia. Plataformas como Netflix o Spotify lanzan contenidos exclusivos, mientras que museos como el Reina Sofía en Madrid o el MAMbo en Bogotá programan exposiciones sobre artistas mujeres olvidadas por la historia. La diversidad de acciones refleja una realidad: el 8 de marzo ya no es solo una conmemoración, sino un termómetro global de los avances —y retrocesos— en la lucha por la igualdad.
Los desafíos pendientes tras más de un siglo de lucha
El camino hacia la igualdad real sigue siendo un terreno escarpado, incluso después de 114 años de conmemoraciones oficiales. Aunque el 8 de marzo ha logrado visibilizar avances como el derecho al voto femenino o leyes contra la discriminación laboral, las brechas persisten en ámbitos estructurales. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de 2023, las mujeres aún ganan un 20% menos que los hombres a nivel global por el mismo trabajo, una cifra que se dispara al 40% en sectores informales. La lucha, lejos de ser simbólica, exige transformaciones concretas en políticas públicas y culturas organizacionales.
La violencia de género sigue siendo una de las asignaturas pendientes más urgentes. A pesar de los marcos legales en 157 países, la aplicación efectiva tropieza con obstáculos como la impunidad o la falta de recursos. En América Latina, por ejemplo, al menos 4.000 mujeres fueron víctimas de feminicidio en 2022, según la CEPAL. Pero el problema trasciende las estadísticas: abarca desde el acoso callejero normalizado hasta la revictimización en procesos judiciales.
Otro frente crítico es la distribución desigual del trabajo no remunerado. Las mujeres dedican, en promedio, tres veces más horas que los hombres a labores domésticas y de cuidado, limitando sus oportunidades de desarrollo profesional. Este «techo de cristal invisible» no solo perpetúa roles de género, sino que también frena el crecimiento económico: el Banco Mundial estima que cerrar esta brecha podría incrementar el PIB global en un 26%. Sin embargo, las soluciones requieren más que discursos; demandan sistemas de cuidados públicos, licencias parentales equitativas y una corresponsabilidad real.
El movimiento feminista ha logrado poner estos temas en la agenda, pero el desafío ahora es traducir la conciencia social en acciones sostenidas. La resistencia a los cambios —desde sectores conservadores hasta intereses económicos— demuestra que la igualdad no es un proceso lineal. Cada 8 de marzo no solo celebra lo avanzado, sino que interroga sobre lo que falta: ¿cómo garantizar que los derechos conquistados no retrocedan? ¿Cómo asegurar que las nuevas generaciones no hereden las mismas batallas?
El 8 de marzo no es solo una fecha en el calendario, sino un recordatorio anual de que la igualdad de género sigue siendo una lucha activa, un logro colectivo que trasciende fronteras y une a millones en 157 países con demandas aún vigentes: desde brechas salariales hasta violencia estructural. La conmemoración exige más que gestos simbólicos; requiere acciones concretas, como apoyar iniciativas locales que promuevan la educación en equidad, cuestionar estereotipos en el día a día o exigir políticas públicas con perspectiva de género en espacios laborales, políticos y domésticos.
El futuro de esta lucha no se escribe con discursos, sino con hechos que transformen la indignación en avances tangibles, porque cada derecho ganado ha sido fruto de la presión incansable, no de la concesión espontánea.

