Cada 24 de febrero, millones de mexicanos dirigen su mirada hacia el lábaro patrio en un acto de memoria colectiva. No es una fecha cualquiera: desde que el presidente Lázaro Cárdenas decretó en 1937 su celebración oficial, este día rinde homenaje a los símbolos que unen a la nación. Los registros históricos señalan que más de 70 ciudades del país organizan ceremonias simultáneas, desde escuelas primarias hasta plazas públicas, donde el verde, el blanco y el rojo ondean con un significado que trasciende el simple tejido.

Que se celebra el 24 de febrero va más allá de un recordatorio protocolario. Es una pausa obligada para entender cómo un pedazo de tela se convirtió en el emblema de luchas, victorias y una identidad que resiste el paso del tiempo. Que se celebra el 24 de febrero, en esencia, es la reafirmación de que la bandera no es solo un símbolo, sino un contrato social renovado cada año. Desde los discursos oficiales en el Zócalo hasta el izamiento en comunidades rurales, el ritual repite una verdad incómoda: sin memoria, los símbolos pierden su poder.

El origen histórico de una fecha patriótica

El 24 de febrero no fue una fecha elegida al azar para celebrar el Día de la Bandera en México. Su origen se remonta a 1821, cuando Agustín de Iturbide, entonces jefe del Ejército Trigarante, proclamó el Plan de Iguala ese mismo día. El documento no solo sentó las bases para la independencia de México, sino que también estableció los colores que identificarían a la nación: verde, blanco y rojo, inspirados en los de la bandera del Ejército de las Tres Garantías. Esta conexión histórica entre la fecha y los símbolos patrios fue determinante para que, más de un siglo después, el presidente Lázaro Cárdenas institucionalizara la conmemoración en 1937.

La decisión de Cárdenas respondía a un contexto político y social específico. Durante los años treinta, México buscaba consolidar su identidad nacional tras décadas de conflictos internos y externos. Según registros del Archivo General de la Nación, entre 1934 y 1940 se promovieron al menos 15 decretos relacionados con símbolos patrios, incluyendo himnos, escudos y, por supuesto, la bandera. El 24 de febrero se presentó como una oportunidad para unificar al país bajo un emblema compartido, especialmente en un momento en que el gobierno impulsaba políticas de educación cívica masiva.

Curiosamente, la bandera que Iturbide enarboló en 1821 distaba de la actual. Diseñada por el sastre José Magdaleno Ocampo, incluía una águila coronada —símbolo del imperio— y franjas diagonales. Fue hasta 1823, con la caída del Primer Imperio Mexicano, que se adoptó el águila sin corona y las franjas verticales que perduran hoy. Esta evolución refleja cómo los símbolos patrios no son estáticos, sino que se transforman junto con la historia que representan.

Historiadores como los consultados por la Revista de Estudios Históricos de la UNAM en 2020 señalan que, aunque el Plan de Iguala se firmó el 24 de febrero, la primera vez que la bandera tricolor ondeó oficialmente fue el 2 de marzo de ese mismo año, durante el juramento del ejército en Iguala, Guerrero. Sin embargo, la relevancia simbólica de la fecha original —asociada al nacimiento mismo de los colores nacionales— prevaleció sobre el detalle técnico. Así, el 24 de febrero se convirtió en un puente entre el pasado insurgente y el México moderno.

Cómo el general Lázaro Cárdenas instauró la celebración

El 24 de febrero como Día de la Bandera no surgió por decreto espontáneo, sino como parte de una estrategia política cuidadosamente orquestada durante el gobierno de Lázaro Cárdenas. En 1937, el presidente buscaba consolidar los símbolos patrios como elementos unificadores en un México aún convulso por las secuelas de la Revolución. La bandera, con sus colores y significados, se convirtió en el emblema perfecto para fomentar la identidad nacional entre una población diversa y, en muchos casos, dividida por conflictos regionales. Historiadores como los de la UNAM señalan que esta medida respondía también a la necesidad de contrarrestar el crecimiento de movimientos de extrema derecha que, en esos años, intentaban apropiarse de los símbolos nacionales para sus causas.

La instauración oficial llegó mediante un decreto presidencial publicado en el Diario Oficial de la Federación el 24 de febrero de 1937, pero el proceso comenzó meses antes. Cárdenas ordenó que, a partir de esa fecha, todas las escuelas públicas realizaran ceremonias cívicas cada lunes, con la bandera como protagonista. No era un gesto simbólico vacío: para 1940, más del 60% de las instituciones educativas del país ya cumplían con este ritual, según registros de la Secretaría de Educación Pública de la época. El objetivo era claro: inculcar desde la infancia el respeto a los emblemas patrios y, de paso, reforzar la autoridad del Estado posrevolucionario.

Lo que pocos recuerdan es que la elección de la fecha no fue arbitraria. El 24 de febrero de 1821, Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero se abrazaron bajo el Plan de Iguala, sellando la alianza que daría paso a la independencia de México. Cárdenas, astuto, vinculó este antecedente histórico con la bandera actual para darle mayor peso simbólico a la conmemoración. Así, el Día de la Bandera no solo celebraba un objeto, sino un momento fundacional de la nación.

El éxito de la iniciativa quedó en evidencia años después. Para la década de 1950, el 24 de febrero ya era una fecha arraigada en el calendario cívico, con desfiles, honores a la bandera y discursos en plazas públicas. Incluso sectores críticos al cardenismo terminaron adoptando la celebración, prueba de que el presidente había logrado su cometido: convertir un pedazo de tela en un símbolo de unidad.

Rituales y ceremonias que marcan la conmemoración

Cada 24 de febrero, México revive su identidad a través de ceremonias cívicas que transforman plazas, escuelas y edificios públicos en escenarios de memoria colectiva. El ritual más emblemático —y obligatorio en todas las instituciones educativas— es el izamiento solemne de la bandera a las 8:00 horas, acompañado por el himno nacional y el juramento de lealtad. Según datos de la Secretaría de Educación Pública, más de 30 millones de estudiantes participan anualmente en estos actos, convirtiéndolos en el ejercicio masivo de simbolismo patriótico más grande del país. Las banderas ondean a media asta en algunos estados para honrar a los héroes caídos, mientras que en la Ciudad de México, el presidente encabeza una ceremonia en el Zócalo con honores militares y una escolta de cadetes.

Las ceremonias no se limitan al protocolo oficial. En pueblos y comunidades indígenas, el día adquiere matices propios: en Oaxaca, por ejemplo, grupos mixtecos y zapotecas incorporan danzas tradicionales como la Danza de la Pluma alrededor del astro tricolor, fusionando el respeto a los símbolos nacionales con sus cosmovisiones. Mientras tanto, en ciudades como Guadalajara o Monterrey, desfiles con carruajes históricos y recreaciones de la gesta independentista atraen a miles, recordando que la bandera no solo representa soberanía, sino también la diversidad cultural que la teje.

Un elemento menos visible pero igual de significativo son los rituales familiares. Muchas casas exhiben banderas en balcones o fachadas, y es común que las abuelas relaten a los más jóvenes cómo sus bisabuelos cosieron estandartes durante la Revolución o los escondieron en tiempos de invasión. Historiadores, como los adscritos al Instituto Nacional de Antropología e Historia, destacan que estas narrativas orales son clave para mantener viva la conexión emocional con el símbolo: no es casualidad que el 60% de los mexicanos asocie la bandera con recuerdos personales o familiares, según encuestas recientes.

La noche del 23, algunas guarniciones militares realizan el toque de silencio en plazas públicas, un acto que marca el inicio de la conmemoración con salvas de fusil y clarines. Este gesto, heredado de tradiciones castrenses del siglo XIX, contrasta con el bullicio de las verbena populares que cierran el día en varios municipios, donde la música de banda y los antojitos comparten espacio con altares efímeros dedicados a los héroes. La dualidad entre lo solemne y lo festivo refleja cómo México aborda su historia: con respeto, pero sin perder el color.

Escuelas, plazas y símbolos: dónde se honra la bandera

Desde el Zócalo capitalino hasta las plazas más pequeñas de los pueblos, el 24 de febrero la bandera mexicana ondea con mayor solemnidad. Las escuelas públicas del país lideran los homenajes: según datos de la Secretaría de Educación Pública, más del 98% de los planteles realizan ceremonias cívicas ese día, con honores a la bandera que incluyen el himno nacional, la lectura de efemérides y, en muchos casos, la participación de escoltas integradas por alumnos. No es casualidad que las instituciones educativas sean el epicentro de la conmemoración; desde 1940, el protocolo oficial establece que los centros escolares deben izar la bandera a toda asta ese día, acompañada de un acto protocolario que refuerza su simbolismo entre las nuevas generaciones.

Fuera de las aulas, las plazas públicas se visten de fiesta. En la Ciudad de México, el monumento a la Bandera en la Avenida de los Insurgentes —una estructura de 100 metros de altura— se convierte en punto de encuentro para ceremonias masivas. Mientras tanto, en estados como Jalisco o Veracruz, los gobiernos locales organizan desfiles con participación de cuerpos militares, bandas de guerra y grupos de danza folclórica que rinden tributo a los colores nacionales. Historiadores señalan que esta tradición de honrar la bandera en espacios abiertos se remonta a los primeros años del siglo XX, cuando el gobierno posrevolucionario buscó consolidar símbolos de unidad nacional.

Los símbolos patrios también trascienden lo físico. Empresas, medios de comunicación y hasta perfiles en redes sociales adoptan filtros o diseños alusivos a la bandera durante la semana del 24 de febrero. Bancos, edificios gubernamentales y estaciones del metro exhiben el lábaro patrio en sus fachadas, cumpliendo con lo establecido en la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales. Incluso en el ámbito deportivo, clubes de fútbol como Chivas o Pumas lucen uniformes especiales con los colores verde, blanco y rojo en partidos cercanos a la fecha.

Para los especialistas en simbolismo político, esta omnipresencia no es trivial. Un estudio de la UNAM sobre identidad nacional revela que el 73% de los mexicanos asocia la bandera con valores como la libertad y la soberanía, por encima de otros símbolos como el águila devorando una serpiente. La recurrencia de su imagen en febrero —ya sea en actos formales o en manifestaciones cotidianas— refuerza ese vínculo emocional, especialmente en un país donde, según el mismo análisis, el 60% de la población considera que los rituales cívicos fortalecen el sentido de pertenencia.

El significado actual para los mexicanos de hoy

Para los mexicanos del siglo XXI, el Día de la Bandera trasciende el simple recordatorio histórico: se ha convertido en un símbolo activo de identidad en medio de desafíos sociales. Según datos del INEGI de 2023, el 78% de la población considera que los símbolos patrios fortalecen el sentido de pertenencia, especialmente entre jóvenes de 18 a 29 años. La bandera ya no es solo un paño tricolor en ceremonias oficiales, sino un elemento presente en protestas, redes sociales y expresiones artísticas urbanas, donde se reinterpreta constantemente.

El 24 de febrero adquiere matices distintos según la región. En ciudades fronterizas como Tijuana o Ciudad Juárez, la conmemoración suele cargarse de significados políticos, vinculados a la soberanía y la relación con Estados Unidos. Mientras tanto, en comunidades indígenas de Oaxaca o Chiapas, algunos colectivos han incorporado elementos de sus culturas locales a los actos cívicos, creando versiones de la bandera con bordados tradicionales o en lenguas originarias.

Historiadores señalan que, tras la pandemia, hubo un repunte en la participación ciudadana durante esta fecha. El uso de la bandera en balcones durante 2020 —similar a lo ocurrido en otros países— marcó un punto de inflexión. Ahora, escuelas primarias reportan mayor asistencia a ceremonias comparado con décadas anteriores, aunque con adaptaciones: desde versiones en lenguaje de señas hasta interpretaciones en rap de la historia del lábaro patrio.

El comercio también refleja esta evolución. Mientras antes dominaban los productos importados de plástico, hoy crece la demanda de banderas hechas por artesanos mexicanos con materiales sostenibles, incluso entre migrantes que las adquieren como vínculo con su tierra. Plataformas digitales registran picos de búsquedas sobre el protocolo de uso de la bandera durante la primera semana de febrero, algo impensable hace 20 años.

Quizá el cambio más notable sea su presencia en el debate público. Cuando en 2021 se propuso modificar el escudo nacional, la discusión en redes superó los 120 mil comentarios en 48 horas, demostrando que la bandera ya no es un símbolo estático, sino un espacio de negociación constante sobre qué significa ser mexicano en el siglo XXI.

El Día de la Bandera no es solo una fecha en el calendario, sino un recordatorio vivo de la identidad, la lucha y la unidad que definen a México desde su independencia hasta hoy. Cada 24 de febrero, al ondear el lábaro patrio en escuelas, plazas públicas o balcones, se renueva el compromiso con los valores de libertad, justicia y soberanía que sus colores simbolizan, tejiendo un vínculo entre generaciones que trasciende lo simbólico para anclarse en lo cotidiano.

Para honrar esta celebración más allá del protocolo, basta con acciones concretas: izar la bandera con respeto en hogares o espacios comunitarios, compartir su historia con niños y jóvenes, o incluso participar en ceremonias locales que refuercen su significado colectivo. El verdadero homenaje no está en el gesto puntual, sino en mantener viva su esencia durante todo el año, integrando sus principios en la vida diaria.

México seguirá escribiendo su historia, y en cada pliegue de esa bandera estarán las huellas de quienes elijan llevarla no solo en el pecho, sino en sus decisiones y sueños.