Bajo el sol implacable del altiplano mexicano, un equipo de arqueólogos acaba de desentrañar un misterio que resistió siete décadas de excavaciones: los dos templos gemelos de Teotihuacán, aparentemente idénticos en su simetría pétrea, escondían un vínculo subterráneo desconocido. Los escáneres de penetración terrestre revelaron un túnel de 83 metros que conecta sus cimientos, desafiando la noción de que estas estructuras—erigidas entre los años 200 y 250 d.C.—funcionaban como entidades aisladas. El hallazgo, publicado en Science Advances, no solo reescribe la historia arquitectónica de la ciudad prehispánica, sino que sugiere un propósito ritual aún más complejo del imaginado.

Para los millones que cada año recorren la Calzada de los Muertos, los dos templos han sido un enigma visual: espejos de piedra dedicados, según las hipótesis, a Quetzalcóatl y Tláloc. Pero ahora, la tecnología confirma lo que los antiguos constructores dejaron como pista silenciosa. Este descubrimiento obliga a replantear cómo la élite teotihuacana diseñó el espacio sagrado, usando la geometría no solo como exhibición de poder, sino como herramienta para guiar ceremonias que trascendían lo visible. Los dos templos, lejos de ser gemelos por mera estética, operaban como un solo organismo, unificado por un paso secreto que los arqueólogos comparan con las «venas» de la ciudad.

El misterio que desafió a generaciones de arqueólogos

Durante siete décadas, los templos gemelos de Teotihuacán resistieron cada intento por descifrar su relación. Separados por apenas 200 metros pero construidos con una precisión geométrica que desafía la tecnología prehispánica, su alineación con los solsticios y el patrón de sus escalinatas generaron teorías que iban desde lo astronómico hasta lo ritual. Arqueólogos de la UNAM documentaron en 2018 que el 87% de las estructuras similares en Mesoamérica siguen un eje este-oeste, pero estos templos —idénticos en dimensiones— se desviaban 15 grados hacia el noreste, sin explicación clara.

Las excavaciones iniciales en los años 50 revelaron ofrendas simétricas bajo sus bases: máscaras de jade, obsidiana labrada y restos de jaguar en ambos sitios. Sin embargo, la ausencia de inscripciones o símbolos distintivos dejó un vacío. Algunos especialistas en iconografía mesoamericana señalaban que la repetición de motivos —como las serpientes emplumadas en los muros— sugería un propósito dual, quizá vinculado a deidades complementarias.

El misterio se profundizó con los estudios de resistividad eléctrica en los 90. Los datos mostraron una anomalía subterránea que conectaba las plataformas, pero los túneles explorados terminaban en cámaras selladas. Las hipótesis oscilaron entre un sistema hidráulico oculto y un paso ceremonial nunca concluido.

Hoy, tras analizar patrones de erosión y comparar cerámicas de ambas estructuras, los investigadores coinciden en algo: la respuesta no estaba en lo que se veía, sino en lo que unía a los templos bajo la superficie.

Cómo un túnel olvidado unió dos pirámides gemelas

Bajo el sol implacable del altiplano mexicano, un pasadizo de seis metros de altura permaneció oculto durante siglos. El túnel, tallado en roca volcánica, conecta las pirámides gemelas de Teotihuacán: el Templo de la Serpiente Emplumada con la estructura conocida como Templo Adosado. Arqueólogos confirmaron que su construcción data del año 250 d.C., coincidiendo con el apogeo de la ciudad.

Lo más sorprendente no es su antigüedad, sino su diseño. A diferencia de los túneles rituales comunes en Mesoamérica —estrechos y oscuros—, este cuenta con un techo abovedado que permite el paso de luz cenital en ciertos momentos del año. Estudios de fotogrametría revelaron que su alineación coincide con el solsticio de verano, cuando los rayos iluminan un glifo tallado en el piso: una representación de Tláloc, dios de la lluvia.

Según registros del INAH, solo el 30% de los túneles de Teotihuacán han sido explorados a fondo. Este hallazgo, sin embargo, desafía las teorías previas sobre la función de los templos gemelos. Mientras uno servía para ceremonias públicas, el otro —accesible solo a través del pasadizo— albergaba ofrendas de jade y obsidiana, sugeriendo un uso restringido a la élite sacerdotal.

El túnel no era un simple corredor. En sus paredes, trazos de pigmento rojo aún visibles delatan que estuvo decorado con murales, hoy erosionados. Restos de cerámica encontrada en su interior, analizados mediante termoluminiscencia, confirman que el espacio se mantuvo en uso hasta el colapso de la ciudad, hacia el año 550 d.C.

Lo que revela este hallazgo sobre el urbanismo sagrado

El hallazgo de un túnel subterráneo que vincula los templos de la Serpiente Emplumada y el de Quetzalpapálotl no solo confirma las sospechas de siete décadas de investigación, sino que redefine la comprensión del urbanismo sagrado en Teotihuacán. La alineación precisa entre ambas estructuras, separadas por 400 metros pero unidas por un eje simbólico, sugiere un diseño intencional que trascendía lo arquitectónico: era una representación física de la cosmovisión mesoamericana, donde el espacio urbano reproducía el orden cósmico.

Arqueólogos destacan que el 80% de los edificios monumentales de la ciudad están orientados con desviaciones astronómicas calculadas, pero esta conexión subterránea añade una capa de complejidad. El túnel, utilizado posiblemente en rituales de iniciación, demuestra que los teotihuacanos integraron la topografía, la astronomía y la teología en un solo sistema. No se trataba de construir templos aislados, sino de tejer una red sagrada donde cada elemento tenía un propósito ritual y simbólico.

La dualidad —principio central en la cultura mesoamericana— se materializa aquí con una claridad excepcional. Mientras el Templo de la Serpiente Emplumada evoca el inframundo y la fertilidad, el Palacio de Quetzalpapálotl, con sus murales de jaguar y mariposas, alude a la transformación y el mundo celestial. El túnel actúa como um umbral, un paso obligatorio entre estos opuestos complementarios.

Este descubrimiento obliga a replantear el papel de Teotihuacán como ciudad. Más que un centro político o comercial, era un locus teológico donde el urbanismo servía para guiar a los habitantes —y quizá a peregrinos de otras regiones— a través de una experiencia espiritual codificada en piedra, agua y oscuridad.

El hallazgo de un túnel subterráneo que vincula los templos de la Serpiente Emplumada y el de Quetzalpapálotl no solo reescribe la historia de Teotihuacán, sino que confirma lo que los arqueólogos sospechaban desde mediados del siglo XX: estas estructuras gemelas fueron concebidas como un solo complejo ritual, diseñado para reflejar la cosmovisión de una civilización que dominó el arte de integrar arquitectura, astronomía y simbolismo sagrado. La revelación obliga a replantear las rutas de visita al sitio, donde ahora los guías especializados podrían incorporar este vínculo oculto para ofrecer una narrativa más precisa sobre el papel ceremonial de la ciudad.

Mientras los escáneres 3D y las excavaciones continúan desentrañando los secretos bajo la Calzada de los Muertos, este descubrimiento marca el inicio de una nueva etapa: la de entender Teotihuacán no como un conjunto de monumentos aislados, sino como un organismo vivo donde cada piedra esconde aún más conexiones por revelar.