Bajo el peso de siglos y capas de tierra, un equipo de arqueólogos ha revelado siete estructuras prehispánicas ocultas en el corazón de la Gran Pirámide de Cholula, un hallazgo que reescribe lo que se sabía sobre la construcción más voluminosa del México antiguo. Los escáneres de resistividad eléctrica y los estudios geofísicos confirmaron la existencia de edificios ceremoniales, plataformas y posibles templos enterrados a entre 5 y 15 metros de profundidad, algunos con más de mil años de antigüedad. El descubrimiento no solo amplía el mapa arquitectónico de la zona, sino que sugiere que la pirámide—ya famosa por su base de 450 metros de lado—fue un centro ritual aún más complejo de lo que las excavaciones previas insinuaban.
La zona arqueológica de Cholula, en Puebla, siempre ha sido un imán para historiadores y turistas, pero este hallazgo la coloca bajo una luz distinta. Las estructuras recién identificadas, que datan de periodos que van del Clásico Temprano (200-600 d.C.) al Posclásico (900-1521 d.C.), revelan cómo las civilizaciones superpuestas—desde los olmecas-xicalancas hasta los toltecas-chichimecas—transformaron el espacio sagrado con cada nueva ola de poder. Para los visitantes, esto significa que la zona arqueológica de Cholula ya no es solo el sitio de la pirámide más grande del mundo en volumen, sino un palimpsesto vivo donde cada capa esconde claves sobre el pasado mesoamericano. Los próximos meses serán decisivos: los expertos preparan excavaciones selectivas para confirmar si entre los vestigios hay ofrendas, tumbas o incluso códices enterrados.
La Grandeza oculta de la pirámide más ancha del mundo
Bajo el manto de tierra y vegetación que cubre la pirámide de Cholula se esconde un coloso que desafía las expectativas: con 400 metros por lado, supera en volumen a la Gran Pirámide de Guiza. Los arqueólogos calculan que su base, cuatro veces más extensa que la del Templo Mayor de Tenochtitlán, requeriría 18 canchas de fútbol para igualar su superficie. Esta estructura no solo es la más ancha del mundo prehispánico, sino un testimonio silencioso de la ingeniería y la organización social que permitió su construcción entre los siglos III a.C. y VIII d.C.
Lo que hoy parece una colina natural es en realidad un complejo estratificado de seis pirámides superpuestas, cada una construida por culturas distintas a lo largo de mil años. Los estudios de georradar revelaron que el núcleo más antiguo, atribuido a grupos olmecas-xicalancas, fue ampliado sucesivamente por teotihuacanos, toltecas y finalmente por los cholultecas. La última fase, visible antes de la conquista española, estaba dedicada a Quetzalcóatl y coronada por un templo que los cronistas describieron como «una montaña hecha a mano».
Un dato revelador: según estimaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), se emplearon más de 3 millones de metros cúbicos de adobe para erguirla. Cada capa refleja técnicas constructivas distintas, desde cimientos de piedra volcánica hasta muros de talud-tablero característicos de Teotihuacán. La orientación astronómica —alineada con el atardecer durante los equinoccios— sugiere que funcionó como calendario agrícola y centro ceremonial.
La grandeza de Cholula no radica solo en sus dimensiones, sino en su capacidad para absorber e integrar tradiciones. Mientras otras ciudades mesoamericanas fueron abandonadas o destruidas, esta pirámide creció como un organismo vivo, adaptándose a cada nueva cultura. Hoy, bajo su peso, yacen siete estructuras recién descubiertas que podrían reescribir la historia de las migraciones en el centro de México.
Tecnología láser revela ciudades enterradas bajo el adobe
Bajo el manto de tierra y vegetación que cubre la zona arqueológica de Cholula, la tecnología LiDAR ha desenterrado un paisaje urbano olvidado. Este sistema de escaneo láser, capaz de penetrar capas de sedimentos con precisión milimétrica, reveló patrones de calles, plazas y estructuras residenciales que datan del periodo Posclásico (900-1521 d.C.). Los datos, procesados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en colaboración con la Universidad Nacional Autónoma de México, muestran que la Gran Pirámide no era un monumento aislado, sino el núcleo de una metrópoli de al menos 4 kilómetros cuadrados, comparable en extensión a la Tenochtitlán de su época.
Lo más sorprendente no son las dimensiones, sino la planificación. Las imágenes generadas por LiDAR exponen una red de calzadas elevadas que conectaban templos menores con la pirámide principal, siguiendo un eje cosmogónico alineado con el movimiento solar. Arqueólogos destacan que esta organización refleja un conocimiento avanzado de ingeniería hidráulica y astronomía, típico de las culturas mesoamericanas. Un informe técnico del INAH señala que el 68% de las estructuras detectadas presentan orientaciones cardinales exactas, con desviaciones menores a 0.5 grados.
El adobe y la piedra volcánica, materiales predominantes en la construcción cholulteca, habían ocultado durante siglos estos vestigios. La tecnología láser, sin embargo, distinguió variaciones en la densidad del suelo que delatan muros derruidos y cimientos de viviendas. En zonas como el barrio de San Miguel Tianguizolco, los escaneos identificaron plataformas ceremoniales de hasta 12 metros de altura, enterradas bajo 3 metros de tierra acumulada por erosión y actividad agrícola. Estos hallazgos confirman lo que crónicas del siglo XVI solo insinuaban: Cholula fue un centro político y religioso de primer orden, rival de Teotihuacán en su momento de apogeo.
El proyecto, que combinó sobrevuelos con drones equipados con LiDAR y prospecciones geofísicas en tierra, también detectó sistemas de drenaje subterráneo y chinampas artificiales en las afueras del área urbana. Estos elementos sugieren una sociedad altamente organizada, capaz de modificar su entorno para sostener a una población estimada en 30,000 habitantes. La próxima fase, según fuentes del INAH, incluirá excavaciones selectivas para validar los datos y preservar las estructuras más vulnerables antes de que la urbanización moderna las borre para siempre.
Cómo explorar Cholula sin dañar su legado milenario
El hallazgo de siete estructuras prehispánicas bajo la Gran Pirámide de Cholula no solo reafirma su título como el basamento piramidal más grande del mundo, sino que obliga a replantear cómo se explora este sitio sagrado. Con más de 2,500 años de historia estratificada en sus 400 hectáreas, cada visita deja una huella. Arqueólogos del INAH señalan que el 60% del daño a zonas como esta proviene del turismo no regulado: pisar áreas no habilitadas, tocar superficies erosionadas o incluso el simple acto de sentarse sobre estructuras milenarias acelera su deterioro. La solución no es limitar el acceso, sino transformar la manera de recorrerlo.
El primer paso es respetar los senderos marcados. Cholula cuenta con rutas delimitadas que evitan las zonas de excavación activa y las áreas con pintura mural o estuco original, como los templos dedicados a Quetzalcóatl descubiertos en 2023. Estas veredas, aunque parecen restrictivas, permiten observar detalles que pasan desapercibidos: los juegos de luz en los patios hundidos al amanecer o las diferencias entre los estilos arquitectónicos olmeca-xicalanca y tolteca-chichimeca, visibles en los muros superpuestos. Llevar un mapa oficial del INAH —disponible en línea— ayuda a identificar qué estructuras están abiertas al público y cuáles requieren permiso especial para ser fotografiadas.
La fotografía, de hecho, exige precaución extrema. El uso de flashes en los túneles subterráneos altera la humedad relativa necesaria para conservar los murales, mientras que los drones están prohibidos por el riesgo de dañar techos de adobe en templos aún sin restaurar. En su lugar, los visitantes pueden aprovechar los miradores elevados cerca del santuario de la Virgen de los Remedios, que ofrecen vistas panorámicas sin invadir espacios frágiles. Para quienes buscan registrar su experiencia, el INAH sugiere enfocarse en los elementos ya documentados, como la escalinata principal o las réplicas de códices exhibidas en el museo de sitio, donde la iluminación está controlada.
Fuera de los límites arqueológicos, Cholula extiende su legado en talleres comunitarios que preservan técnicas prehispánicas. Participar en demostraciones de alfarería con barro de Atlixco o en talleres de textilería con tintes naturales —organizados por cooperativas locales— conecta a los visitantes con la cultura viva sin alterar el patrimonio inmueble. Estas actividades, además, redirigen recursos económicos a las familias que han custodiado el conocimiento ancestral por generaciones. Según datos de la Secretaría de Cultura, el 30% de los ingresos por turismo en Cholula ya proviene de iniciativas comunitarias, reduciendo la presión sobre la zona arqueológica.
Quizá el gesto más simple, pero menos practicado, sea escuchar. Los guías certificados por el INAH no solo narran la historia de Cholula, sino que explican por qué ciertas áreas están vedadas o cómo interpretan los arqueólogos los nuevos hallazgos, como las siete estructuras recién descubiertas. Sus relatos revelan que el respeto no es una imposición, sino la única forma de asegurar que los secretos aún enterrados —desde tumbas de dignatarios hasta sistemas hidráulicos olmecas— puedan ser estudiados por las próximas décadas. En un sitio donde cada piedra cuenta una historia, la mejor exploración es aquella que deja las piedras en su lugar.
El papel de los pobladores en la protección del sitio
Desde generaciones, los habitantes de San Andrés Cholula han actuado como guardianes silenciosos de su patrimonio. Mucho antes de que arqueólogos confirmaran la existencia de las siete estructuras recién descubiertas bajo la Gran Pirámide, los pobladores locales ya referían leyendas sobre túneles y cámaras ocultas en el cerro. Esta transmisión oral de conocimiento permitió que, en 2013, un equipo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) iniciara prospecciones geofísicas basadas en relatos comunitarios. Los resultados validaron lo que la memoria colectiva había preservado: vestigios de una ciudad prehispánica más extensa de lo que se creía.
La participación activa de la comunidad ha sido decisiva para frenar el saqueo y la urbanización descontrolada. En 2019, un grupo de vecinos alertó a las autoridades sobre movimientos sospechosos en las faldas del cerro, lo que llevó al decomiso de piezas arqueológicas que intentaban sacarse de manera ilegal. Según datos del INAH, el 60% de las denuncias por alteración de zonas protegidas en Cholula provienen de reportes ciudadanos, un porcentaje superior al promedio nacional.
Más allá de la vigilancia, los cholultecas han desarrollado prácticas cotidianas que protegen indirectamente el sitio. El cultivo tradicional de maíz en terrazas alrededor de la pirámide, por ejemplo, evita la erosión del suelo y mantiene estable el substrato donde yacen las estructuras enterradas. Esta técnica agrícola —que data de la época prehispánica— fue reconocida en 2021 por la UNESCO como ejemplo de patrimonio vivo vinculado a la conservación del paisaje arqueológico.
El desafío ahora es equilibrar el turismo con la preservación. Mientras las autoridades diseñan rutas de visita que no dañen las áreas sensibles, son los guías locales —formados en talleres del INAH— quienes explican a los visitantes cómo moverse sin alterar el terreno. Su labor no se limita a compartir datos históricos; enseñan, sobre todo, el respeto que el lugar merece.
Nuevas excavaciones: ¿qué podría esconder aún la pirámide?
Bajo los 65 metros de altura de la Gran Pirámide de Cholula, el escaneo con tecnología de radar de penetración terrestre (GPR) ha revelado solo una fracción de lo que podría yacer oculto. Los arqueólogos del INAH estiman que, considerando el patrón de construcción superpuesta típico de los sitios mesoamericanos, al menos tres fases arquitectónicas previas —correspondientes a periodos entre el 200 a.C. y el 700 d.C.— podrían permanecer enterradas bajo los túneles ya explorados. La complejidad del subsuelo, donde se entrelazan estructuras ceremoniales, ofrendas y posiblemente tumbas de alto estatus, sugiere que cada capa excavada podría reescribir capítulos enteros de la ocupación cholulteca.
El hallazgo de las siete estructuras recientes no es casual: responde a un patrón documentado en otras pirámides mesoamericanas, como la de El Castillo en Chichén Itzá, donde cámaras internas y escalinatas ocultas emergieron décadas después de considerarse «agotadas» las investigaciones. En Cholula, la presencia de un sistema de drenaje prehispánico bajo la plaza principal —identificado en 2019— refuerza la hipótesis de que los constructores originales diseñaron accesos secretos o espacios rituales aún no localizados. La pregunta ya no es si hay más, sino cuánto.
Datos de escaneos 3D realizados en 2022 por un equipo multinacional indican que el 40% del volumen interno de la pirámide contiene anomalías no atribuibles a rellenos naturales. Estas zonas, con densidades atípicas, podrían corresponder a muros de contención, altares o incluso depósitos de objetos orgánicos (como textiles o madera) preservados por las condiciones microclimáticas del sitio. La humedad constante y la falta de oxígeno en ciertas cámaras, según estudios de la UNAM, han permitido la conservación excepcional de materiales que en otros contextos se desintegrarían.
La próxima fase de excavaciones, programada para 2025, se centrará en el flanco noroeste —donde los sensores detectaron una cavidad de 12 metros de largo a 8 metros de profundidad—. Aquí, la tradición oral cholulteca menciona la existencia de un chultún (cisterna sagrada) vinculado al culto de Quetzalcóatl, aunque hasta ahora no hay evidencia física. Si se confirma, sería el primer hallazgo de este tipo en la región en más de 50 años.
El hallazgo de siete estructuras prehispánicas bajo la Gran Pirámide de Cholula no solo reescribe la historia de este sitio arqueológico, sino que confirma su importancia como uno de los centros ceremoniales más complejos de Mesoamérica, donde civilizaciones como los olmecas-xicalancas y los toltecas superpusieron su legado sobre capas de tiempo. Más que un simple monumento, Cholula emerge como un palimpsesto de culturas, donde cada descubrimiento—desde los muros de adobe hasta los restos de templos más antiguos—invita a replantear cómo entendemos la ocupación humana en la región.
Para quienes planeen visitar la zona arqueológica, vale la pena recorrerla con guías especializados que contextualicen estos hallazgos recientes, especialmente ahora que el INAH evalúa cómo integrarlos a las rutas de exploración sin comprometer su conservación. Mientras los arqueólogos continúan desentrañando los secretos bajo la pirámide, Cholula se consolida como un laboratorio vivo de la memoria prehispánica, donde el pasado sigue emergiendo con cada excavación.

