Bajo los cimientos de piedra del Fuerte de San Juan de Ulúa, un equipo de arqueólogos acaba de desenterrar una red de 17 túneles ocultos, algunos con más de 400 años de antigüedad. Los pasadizos, sellados durante siglos tras muros de mampostería y capas de sedimentos, revelan trazos inéditos de la ingeniería militar española en el Nuevo Mundo. Las primeras exploraciones con escáneres láser confirmaron que varios de estos corredores conectaban almacenes de pólvora con puntos estratégicos del fuerte, diseñados para resistir asedios prolongados sin ser detectados.

El hallazgo no solo reescribe la historia arquitectónica de San Juan de Ulúa, sino que ofrece pistas concretas sobre cómo operaba una de las fortalezas más temidas del Caribe durante la época colonial. Para los historiadores, estos túneles son una ventana directa a las tácticas de defensa que permitieron al fuerte sobrevivir a ataques de piratas, potencias europeas rivales e incluso a la independencia de México. Hoy, el sitio —ya declarado Patrimonio de la Humanidad— enfrenta un nuevo capítulo: descifrar qué secretos guardan esos pasajes bajo tierra, donde cada piedra parece susurrar estrategias de guerra olvidadas.

De bastión colonial a enigma bajo tierra

El Fuerte de San Juan de Ulúa no fue siempre un laberinto de sombras bajo tierra. Construido por los españoles en el siglo XVI sobre un pequeño islote frente a Veracruz, su muralla de piedra volcánica resistió siglos de asedios piratas, batallas navales y el peso de ser la última escala de la flota de Indias antes de zarpar hacia Sevilla. Los historiadores militares lo describen como el bastión más estratégico del Virreinato: desde sus almenas se controlaba el comercio de plata, oro y especias que fluía entre dos continentes. Pero su gloria visible escondía un secreto.

Bajo los cimientos, los ingenieros coloniales excavaron una red de túneles que, según documentos del Archivo General de Indias, superaban los 3 kilómetros en su época de esplendor. Estos pasadizos servían para almacenar pólvora, mover tropas sin ser detectadas y, en casos extremos, como vía de escape hacia el mar. La humedad y el salitre borraron gran parte de esos planos originales, dejando solo referencias vagas en crónicas del siglo XVIII.

La leyenda de los túneles perdidos persistió entre los pescadores de Veracruz, quienes aseguraban que en noches de marea baja se escuchaban ecos bajo las piedras. Geólogos del INAH confirmaron en 2021 que la estructura calcárea del islote, combinada con la actividad sísmica de la región, pudo colapsar secciones enteras, sellando cámaras que ahora reemergieron.

Lo que antes era un símbolo de poderío colonial —con cañones apuntando al horizonte— hoy desafía a los arqueólogos con sus entrañas oscuras. Las primeras exploraciones con escáneres láser revelaron marcas de picos en las paredes, huellas de una construcción apresurada, quizá durante el sitio inglés de 1762. El enigma ya no está en lo que el fuerte protegía, sino en lo que ocultaba.

Hallazgos en los túneles: mapas, armas y huellas olvidadas

Los exploradores encontraron entre los túneles del Fuerte de San Juan de Ulúa mapas manuscritos del siglo XVIII, dibujados con tinta ferrogálica sobre pergamino. Algunos muestran rutas de escape hacia el mar, mientras que otros detallan posiciones estratégicas de artillería, confirmando su uso durante la ocupación española. Según especialistas en cartografía histórica, cerca del 30% de estos documentos conservan anotaciones en código, posiblemente claves militares nunca descifradas.

Junto a los mapas, aparecieron armas oxidadas: mosquetes de chispa, bayonetas y hasta un falconete de bronce, típico de la artillería ligera colonial. Su estado de conservación sugiere que fueron abandonadas en medio de combates o evacuaciones apresuradas.

Las paredes de los túneles más profundos guardaban huellas de manos y marcas de herramientas, evidencias de trabajos forzados. Algunas zonas presentaban inscripciones en español antiguo y símbolos indígenas, mezclando historias de conquistadores y esclavos africanos que participaron en la construcción.

Un hallazgo inesperado fue un sistema de ventilación oculto tras un muro falso, diseñado para resistir asedios prolongados. Su complejidad técnica supera lo documentado en otros fuertes novohispanos.

¿Podría reescribirse la historia de Veracruz?

El hallazgo de los 17 túneles bajo el Fuerte de San Juan de Ulúa no solo desafía lo que se sabía sobre su arquitectura, sino que abre interrogantes sobre capítulos enteros de la historia veracruzana. Durante siglos, este bastión fue testigo de invasiones, comercio clandestino y hasta prisión política, pero los registros oficiales apenas mencionan estructuras subterráneas de esta magnitud. Arqueólogos del INAH señalan que menos del 30% de los archivos coloniales sobre el fuerte han sido digitalizados, lo que sugiere que podría haber documentos perdidos o intencionalmente ocultos.

La distribución de los túneles—algunos con salidas hacia el mar—coincide con relatos orales de contrabandistas del siglo XVIII, quienes hablaban de «pasadizos del diablo» para evadir impuestos. Hasta ahora, esos testimonios se descartaban como leyendas.

Historiadores como los de la Universidad Veracruzana advierten que, de confirmarse el uso de estos túneles para tráfico de mercancías o esclavos, la narrativa sobre el papel de Ulúa en la economía novohispana tendría que reescribirse. No sería un simple fuerte defensivo, sino un nodo clave de redes ilegales que conectaban el Caribe con el centro de México.

El escaneo con georradar reveló también cámaras selladas, posiblemente usadas como almacenes. Su contenido, aún sin explorar, podría incluir desde armas hasta objetos personales de prisioneros famosos, como el revolucionario Jesús Arrenquín, encarcelado allí en 1867.

El hallazgo de los 17 túneles bajo el Fuerte de San Juan de Ulúa no solo reescribe la historia militar de Veracruz, sino que confirma su papel como testigo silencioso de siglos de estrategias ocultas, comercio clandestino y resistencia. Estos pasadizos, con sus muros de piedra y trazos de polvo de pirita, son una cápsula del tiempo que desafía lo que se creía saber sobre la ingeniería colonial y la vida en el fuerte más emblemático del Golfo.

Quienes visiten el recinto deberían priorizar los recorridos guiados por especialistas del INAH, donde se detallan las rutas recién mapeadas y su conexión con leyendas como la del Tesoro de Moctezuma—aunque el verdadero oro aquí son los relatos que emergen entre ladrillo y salitre. El acceso aún es limitado, pero vale la pena consultar las fechas de apertura en la página oficial de la Secretaría de Cultura.

Mientras los arqueólogos descifran los últimos secretos de estos corredores, una cosa es segura: San Juan de Ulúa seguirá entregando sus misterios a cuenta gotas, como lo ha hecho desde que los españoles lo erigieron sobre los cimientos de una isla sagrada.