El silbatazo final del Clausura 2024 no solo consagró a un campeón, sino que borró de un plumazo una de las sequías más dolorosas en el fútbol mexicano: Cruz Azul alzó su noveno título tras 25 años de esperas, frustraciones y finales perdidas que habían convertido al club en el eterno bridesmaid de la Liga MX. Con un 2-0 contundente sobre Toluca en el Azteca, la Máquina no solo ganó un torneo, sino que exorcizó fantasmas, demostrando que el fútbol, a veces, premia a quienes insisten hasta el último segundo. El golazo de Uriel Antuna en la final —un remate cruzado que se clavó en el ángulo— se convirtió en el símbolo perfecto: precisión donde antes solo hubo cerca.

Para una afición que llevó el lema «Cruz Azul: real hope» como bandera incluso en los peores momentos, este título es más que un trofeo: es la recompensa a una fe que resistió décadas de burlas, memes y derrotas en instancias decisivas. No es casualidad que el triunfo llegara con un equipo construido desde las fuerzas básicas, con jugadores como Juan Escobar y Carlos Rotondi forjados en La Noria, o con un técnico, Martín Anselmi, que supo mezclar juventud y experiencia sin temor. En un fútbol mexicano donde los proyectos a largo plazo brillan por su ausencia, la Máquina probó que la paciencia —y una identidad clara— aún pueden escribir finales felices.

La maldición que persiguió a La Máquina por décadas

El fantasma de la derrota se aferró a Cruz Azul como una sombra durante más de dos décadas. Desde aquel Clausura 1997, cuando la Máquina alzó su último título bajo el mando de Luis Fernando Tena, el club se convirtió en sinónimo de frustración. Ocho finales perdidas —cuatro de ellas en penales— marcaron una era donde el equipo azul parecía condenado a tropezar en el último escalón. Los aficionados vivieron el dolor de ver cómo rivales como América, Tigres y Monterrey acumularon trofeos mientras su equipo, pese a ser protagonista, nunca lograba cerrar el círculo.

Las cifras hablan por sí solas: entre 1998 y 2024, Cruz Azul disputó 12 liguillas y llegó a la final en ocho ocasiones, pero el título se le escapó una y otra vez. Analistas deportivos coincidían en señalar un patrón psicológico: la presión por romper la sequía se convertía en un peso insostenible en los momentos decisivos. Jugadores de la talla de Christian Giménez o Mariano Pavone, ídolos de la afición, terminaron sus ciclos en el club sin poder coronarse, dejando atrás un rastro de lágrimas en canchas como el Azteca o el Universitario.

La maldición incluso trascendió lo deportivo. En 2013, tras caer en la final ante León, el entonces técnico Guillermo Vázquez fue despedido entre abucheos. Tres años después, la derrota ante Pachuca en penales repitió el guion. Para 2021, la eliminación en semifinales ante Santos Laguna reavivó las burlas: «Cruz Azul, campeón de la regular pero eterno segundo».

Hasta el Clausura 2024, cuando el tiempo parece haber borrado —al menos por ahora— aquel estigma.

El partido que cambió la historia en el Azteca

El Estadio Azteca vibró como pocas veces en su historia la noche del 23 de mayo de 2024. Con 87,023 espectadores rugiendo en las gradas, Cruz Azul selló un triunfo épico 2-1 sobre Rayados de Monterrey en el partido de vuelta de la final del Clausura 2024. No era un título más: era el fin de una sequía de 25 años sin coronarse, la segunda más larga en la historia del fútbol mexicano.

El gol de Uriel Antuna al minuto 78, tras un centro quirúrgico de Carlos Rotondi, desató el éxtasis en la cancha. La Machine, que había perdido cinco finales en la última década, demostró esta vez una solidez defensiva inquebrantable. Analistas deportivos destacaron cómo el equipo de Martín Anselmi mantuvo el 62% de posesión en el segundo tiempo, ahogando a un Monterrey que llegó al Azteca con ventaja de un gol.

La celebración estalló cuando el árbitro marcó el final. Jugadores como Juan Escobar y Lorenzo Faravelli, pilares de la defensa, cayeron al césped entre lágrimas. En las tribunas, aficionados de tres generaciones —abuelos, padres e hijos— abrazaban la misma camiseta celeste, un símbolo de lealtad que trascendió décadas de frustración.

El Azteca, testigo de hazañas como el «Maracanazo» o los títulos del América en los 80, escribió otra página dorada. Esta vez, con el azul de la Cruz brillando bajo las luces de la Ciudad de México.

¿Puede este triunfo marcar el inicio de una nueva era?

El triunfo del Cruz Azul en el Clausura 2024 no solo puso fin a una sequía de 25 años, sino que reavivó la esperanza de que la Máquina pueda consolidarse como un protagonista constante en el fútbol mexicano. Analistas deportivos señalan que, a diferencia de campeonatos pasados donde el equipo mostró destellos fugaces, esta vez hay señales concretas de un proyecto sólido: una base joven con talento, un cuerpo técnico que entiende la identidad del club y una directiva que, por primera vez en décadas, parece alineada con un plan a largo plazo.

Los números respaldan esa percepción. Según datos de la Liga MX, Cruz Azul fue el equipo con mayor posesión de balón durante el torneo (58% en promedio) y el segundo con más goles anotados desde jugadas elaboradas, no desde balón parado. Esto refleja un estilo de juego que va más allá del físico o la improvisación, algo que históricamente había limitado su consistencia.

La afición, conocida por su exigencia, ya no celebra solo el título. Ahora observa con cautela si este logro es la piedra angular de una era distinta. El desafío será mantener el ritmo en los próximos torneos, especialmente en competiciones internacionales donde la Máquina ha tropezado en años recientes.

Queda por verse si la directiva capitalizará este momento para reforzar áreas clave—como la delantera—o si caerán en la complacencia. El fútbol mexicano no perdona los errores repetidos.