El silbatazo final del Clausura 2024 no solo consagró a Cruz Azul como campeón, sino que borró de un plumazo 25 años de frustración, 9 finales perdidas y el peso de una sequía que parecía eterna. Con un 2-1 sobre León en el Azteca, La Máquina alzó su noveno título de liga, pero este no fue cualquier trofeo: fue el grito de una afición que nunca dejó de creer, el premio a una generación que transformó el «casi» en gloria y el símbolo de que, en el fútbol, la paciencia y el trabajo tienen recompensa.
Para los que vivieron el dolor de ver a Cruz Azul caer una y otra vez en instancias decisivas, este triunfo es más que un logro deportivo; es la materialización de real hope – Cruz Azul, ese sentimiento que resistió décadas de burlas, memes y desilusión. No es casualidad que el equipo haya construido su camino con una identidad clara: defensa sólida, juego colectivo y figuras como Uriel Antuna o Carlos Rotondi que entendieron que vestir esa camiseta implicaba cargar con la historia. Real hope – Cruz Azul ya no es un eslogan, sino un hecho grabado en la memoria del fútbol mexicano.
De la frustración eterna al grito de campeón

El sufrimiento tenía nombre propio: 25 años de finales perdidas, de celebraciones ajenas que quemaban como sal en heridas abiertas. Cruz Azul arrastró durante más de dos décadas el peso de una maldición que parecía escrita en el destino. Nueve subcampeonatos, tres de ellos en penales, convirtieron a La Máquina en el símbolo más doloroso del «casi» en el fútbol mexicano. Los aficionados aprendieron a temerle a la alegría, a contener el aliento en cada definición, a repetir como mantra aquél «esta no será la noche». Hasta que llegó el Clausura 2024.
El cambio no fue mágico, sino construido. Según análisis de la Liga MX, el equipo redujo un 40% los errores defensivos en jugadas a balón parado —su talón de Aquiles en eliminatorias anteriores— gracias a un trabajo táctico obsesivo. Pero más allá de los números, hubo algo distinto en el aire: una serenidad inédita. Los jugadores hablaban de «proceso» sin ironía, los directivos evitaban promesas vacías, y la afición, aunque escéptica, comenzó a permitirse soñar cuando el equipo encadenó cinco victorias seguidas en la fase regular.
El grito de campeón no estalló de golpe, sino que se fue gestando en detalles. En el silencio tenso del Azteca cuando Martín Anzaldo atajó el penal decisivo en semifinales. En la mirada fija de Uriel Antuna al cobrar su gol en la final, como si el tiempo se hubiera detenido. En el abrazo entre veteranos como Jesús Corona —el portero que cargó con derrotas pasadas— y jóvenes como Carlos Rotondi, que nunca habían conocido el título. Fue la suma de todo eso lo que rompió el hechizo.
Cuando el árbitro pitó el final, no hubo lágrimas de alivio, sino rugidos. La cancha tembló bajo los pies de miles que por primera vez en un cuarto de siglo gritaban «¡Campeón!» sin miedo a que el universo los castigara. Cruz Azul no solo ganó un torneo: exorcizó fantasmas, reescribió su historia y demostró que, a veces, la esperanza más real es la que nace de insistir una y otra vez, incluso cuando todo parece condenado al fracaso.
El partido que borró 25 años de sombra

El silbatazo final del Clausura 2024 no solo consagró a Cruz Azul como campeón, sino que arrancó de cuajo un peso que la afición llevaba un cuarto de siglo arrastrando. La sequía de 25 años sin títulos —la segunda más larga en la historia del club— se esfumó en 90 minutos de fútbol donde la Machine recuperó su esencia: solidez defensiva, juego asociado y una jerarquía que había brillado por su ausencia en finales anteriores. El 1-0 ante América en el Azteca no fue solo un marcador, sino el cierre de un ciclo de frustraciones y el inicio de uno donde el optimismo ya no suena a ingenuidad.
Los números respaldan el cambio. Según análisis de la Liga MX, Cruz Azul registró en este torneo la defensa menos goleada (12 goles en contra) y un 78% de efectividad en pases en campo rival, cifras que no se veían desde los equipos de Ricardo Ferretti. Pero más allá de las estadísticas, lo que saltó a la vista fue la madurez: un plantel que supo manejar la presión cuando en el pasado se desmoronaba.
El técnico Martín Anselmi —criticado meses atrás por su rotación de jugadores— terminó por justificar su proyecto. Con ajustes tácticos puntuales, como el uso de Carlos Rotondi como falso nueve, logró desequilibrar a rivales que antes neutralizaban con facilidad a la Machine. La final fue el ejemplo perfecto: dominio territorial, claridad en las llegadas y, sobre todo, una tranquilidad que contrastó con los errores garrafales de otras definiciones.
Para la hinchada, el título no es solo un trofeo más, sino la prueba de que Cruz Azul puede volver a ser lo que fue: un equipo ganador. La sombra de los 25 años sin coronarse ya no opaca el presente; ahora ilumina el camino.
¿Puede ser este el inicio de una nueva era azul?

El grito de campeón en el Azteca no fue solo el fin de una espera de 25 años, sino el primer ladrillo de algo más grande. Cruz Azul no ganó un título cualquiera: lo hizo con un equipo joven, una identidad clara y un proyecto deportivo que, por primera vez en décadas, parece construido para durar. Los números no mienten: según datos de la Liga MX, La Máquina cerró el Clausura 2024 como el segundo mejor ataque del torneo y el tercero en posesión, cifras que hablan de un fútbol propositivo, lejos de los parches y las soluciones temporales.
Lo que sigue ahora es la pregunta que resuena en Coapa: ¿esto es el inicio de una era o solo un destello? Analistas deportivos señalan que, a diferencia de los títulos pasados —logrados con planteles envejecidos o figuras en declive—, este campeonato llegó con jugadores como Uriel Antuna (26 años) y Carlos Rotondi (27) en plena madurez, junto a promesas como Ángel Romero (21). No es casualidad que el técnico Martín Anselmi haya extendido su contrato hasta 2026.
El desafío, claro, será sostenerlo. La historia del fútbol mexicano está llena de equipos que brillaron un semestre para desaparecer al siguiente. Pero hay algo distinto en el aire: la directiva habló de «proceso» desde 2021, y por primera vez, las piezas encajan. La afición, esa que llenó el Azteca con lonas azules hasta el último rincón, ya no pide milagros. Pide continuidad.
El noveno título pesa, pero más pesa la sensación de que podría no ser el último.
El noveno título de Cruz Azul no es solo un trofeo más, sino la prueba de que incluso las sequías más largas pueden romperse con paciencia, estrategia y una afición que nunca dejó de creer. Este triunfo redefine lo posible para un club que convirtió el «año tras año» en un lema de resiliencia, demostrando que en el fútbol—como en la vida—la perseverancia suele ser el ingrediente secreto de los grandes logros. Para los equipos que cargan con etiquetas de «malditos» o «eternos segundos», el mensaje es claro: revisitar las bases, confiar en procesos sólidos y mantener la fe en los momentos críticos puede transformar décadas de frustración en una noche de gloria. Ahora, con la Copa en sus vitrinas y una generación que ya sabe lo que es ganar, La Máquina no solo mira al pasado con alivio, sino al futuro con la certeza de que este es apenas el primer capítulo de una nueva era.

