El estadio Al Janoub quedó en silencio cuando Ivan Perišić, a los 55 minutos, marcó el 1-1 que revivió a Croacia. Lo que seguía era una exhibición de fútbol sin respiro: en solo 30 minutos, los balcánicos voltearon un 1-0 adverso, liquidaron la prórroga con un 3-1 contundente y sellaron su pase a cuartos. Japón, que había resistido con orden y hasta soñado con repetir la hazaña contra España, vio cómo la experiencia croata —y un inspirado Dominik Livaković— le arrebataron el billete a los octavos en el último suspiro.

El Japón vs. Croacia no fue solo un partido; fue un manual de cómo la frialdad en los momentos clave decide destinos. Los samuráis azules, héroes inesperados del grupo por dejar fuera a Alemania y España, chocaron contra una máquina croata que sabe navegar el sufrimiento como nadie. Con este triunfo, el subcampeón de Rusia 2018 reafirma su condición de equipo de torneo: lento para arrancar, pero letal cuando el reloj apremia. El Japón vs. Croacia quedará como otro capítulo de esa épica croata que, una vez más, convierte lo imposible en rutina.

Un Japón que dominó sin premio

Japón dejó el Mundial con la cabeza en alto, pero el corazón roto. Dominó el partido contra Croacia como pocos: 57% de posesión, 12 remates (el doble que su rival) y un juego de toque que desarmó a la defensa europea en los primeros 45 minutos. Los datos no mienten: según el análisis táctico de Opta, los nipones completaron 420 pases en la primera parte, su mejor registro en un tiempo en toda la competición. Sin embargo, el fútbol no siempre premia a quien más merece.

El gol de Maeda al minuto 43 parecía el inicio de una noche histórica. Japón, compacto y vertical, ahogó a Croacia con transiciones rápidas y desbordes por las bandas. Pero el destino tenía otros planes.

La segunda parte fue un espejismo cruel. Lo que comenzó como control absoluto se convirtió en un naufragio defensivo. Tres goles en 30 minutos —dos de ellos en la prórroga— borraron de un plumazo el trabajo de 80. La selección asiática, que había eliminado a España y Alemania en la fase de grupos, demostró que su fútbol ya no es sorpresa: es realidad. Aunque esta vez la realidad dolió.

Quedan las imágenes de un equipo que jugó sin miedo, con identidad, y una pregunta sin respuesta: ¿cómo se explica que un dominio tan claro no bastara?

Tres golpes croatas en media hora de locura

El banquillo croata se convirtió en un herrero de milagros cuando el reloj marcaba el minuto 55. Con Japón ganando 1-0 y controlando el ritmo, la entrada de tres sustitutos —Perišić, Pašalić y Petković— cambió el guion por completo. En menos de media hora, Croacia desató una tormenta ofensiva que dejó al equipo asiático sin respuestas.

El primero en golpear fue Ivan Perišić, con un remate cruzado al minuto 55 que emparejó el marcador. Su experiencia en 118 partidos con la selección se notó: no dudó al definir frente a Shuichi Gonda. Cinco minutos después, Mario Pašalić remató de cabeza un centro desde la derecha, poniendo el 2-1. El estadio Al Janoub enmudeció.

El colofón llegó al 77’, cuando Petković, recién ingresado, aprovechó un error defensivo para asistir a Pašalić en su segundo gol. Tres disparos certeros en 22 minutos, una eficiencia letal que solo equipos con mentalidad ganadora logran en instancias decisivas.

Japón, que había dominado el primer tiempo con su juego de posesión, no encontró forma de reaccionar. Las estadísticas lo confirman: Croacia disparó 12 veces en el segundo tiempo, el doble que su rival.

El adiós samurái y el sueño europeo intacto

El silbato final encontró a Japón con la mirada perdida, los hombros caídos y el sueño de una hazaña histórica desvanecido en 30 minutos de vértigo. Habían resistido 57 minutos con ventaja, con un gol de Maeda que ilusionó a medio planeta, pero el fútbol, cruel en su esencia, les arrebató el pasaje a cuartos con una exhibición croata de eficacia quirúrgica. Tres goles en media hora—Perišić, el eterno guerrero balcánico, firmó el primero y el último—bastaron para convertir la épica samurái en un adiós con sabor a injusticia.

La selección nipona dejó Al Janoub con la sensación de que el destino les jugó una mala pasada. Dominaron el balón (58% de posesión), crearon más ocasiones claras y hasta el VAR les anuló un gol legal a Mitoma en el primer tiempo. Pero Croacia, forjada en el arte de sufrir y remontar, encontró en su banquillo y en la experiencia de jugadores como Modrić—auténtico director de orquesta a sus 37 años—los recursos para voltear el marcador cuando todo parecía perdido.

Queda el consuelo de una generación que ya escribió su nombre en la historia: primeros asiáticos en ganar a España y Alemania en un mismo Mundial, primeros en llegar a octavos como líderes de grupo. El sueño europeo se esfuma, pero el legado no.

Mientras los croatas celebran con la templanza de quien sabe que cada paso cuesta sangre, Japón regresa a casa con la cabeza alta. El fútbol, a veces, premia a los audaces; otras, castiga sin piedad. Hoy fue su día de aprenderlo.

La Croacia de Luka Modrić demostró una vez más por qué su generación sigue siendo sinónimo de resiliencia, transformando un 1-0 adverso en una exhibición de jerarquía con tres goles en media hora que dejaron a Japón sin aliento ni argumentos. El partido no solo confirmó que los Vatreni saben navegar la presión como pocos, sino que su mezcla de experiencia y sangre fría en los momentos clave sigue siendo letal, incluso cuando el físico parece flaquear. Quien busque entender cómo se gana un partido cuando todo parece perdido debería estudiar estos 30 minutos: control del ritmo, cambios tácticos precisos y una mentalidad que rechaza el derrumbe. Ahora, con Brasil en el horizonte, Croacia llega a los cuartos no como invitada afortunada, sino como ese equipo incómodo que nadie quiere enfrentar cuando el torneo se pone serio.