El estadio Nilton Santos estalló en el minuto 90+5 cuando Tiquinho Soares clavó el balón al fondo de la red y selló la remontada más dramática de Botafogo en la Copa Libertadores. Un 2-1 que no solo le dio el pase a cuartos de final, sino que enterró las esperanzas de un Pachuca que había llegado a Brasil con ventaja en el marcador global. Fue el golpe definitivo en un partido donde el Fogão demostró que, incluso contra el reloj, la fe en Río de Janeiro nunca se apaga.

El duelo entre Botafogo y Pachuca quedó grabado como uno de esos encuentros que definen épocas. No era solo un cruce de octavos: era la reválida de un equipo brasileño que lleva décadas persiguiendo su segundo título continental frente a un rival mexicano curtido en batallas internacionales. La eliminatoria, cargada de idas y vueltas, confirmó por qué la Libertadores sigue siendo el torneo más impredecible del continente. Y ahora, con el fantasma de la derrota exorcizado en los descuentos, el Glorioso avanza con un mensaje claro: en esta edición, nadie está a salvo.

Un Pachuca invicto que se desmoronó en Río

Pachuca llegó al Maracanã con un invicto de 12 partidos en la temporada, una racha que lo posicionaba como el equipo más sólido de la Concacaf y un candidato serio en la Libertadores. Su defensa, la menos goleada del torneo con apenas 3 goles en contra en la fase de grupos, parecía blindada. Pero el fútbol tiene estas ironías: el mismo sistema que los hizo imbatibles en México se resquebrajó en 90 minutos contra un Botafogo que no dio tregua.

El primer tiempo fue un espejismo. Los Tuzos controlaron el balón con su habitual precisión, ahogando al rival en mediocampo. Sin embargo, la falta de contundencia frente al arco —solo un remate al arco en 45 minutos— terminó pasando factura. Los analistas ya lo advertían: Pachuca convertía apenas el 12% de sus remates en gol esta temporada, una cifra baja para un equipo con aspiraciones continentales.

El segundo tiempo fue otro partido. Botafogo ajustó líneas, presionó alto y encontró los espacios que Pachuca no supo cerrar. El gol de Tiquinho Soares al 67’ no fue casualidad, sino el resultado de un desgaste físico y mental. La defensa, antes compacta, empezó a fallar en marcaciones básicas. El 2-0 al 80’ fue el golpe definitivo: un equipo que no perdía desde febrero se vio superado por la intensidad de un rival que jugaba con la desesperación de quien no tiene nada que perder.

El descuento de Erick Sánchez al 88’ ilusionó, pero el gol de Janderson en el 90+5’ fue un baldazo de realidad. Pachuca, que había resistido todo el año, se derrumbó cuando más lo necesitaba.

El gol agónico de Tiquinho Soares y el error clave

El estadio Nilton Santos estalló cuando el balón besó la red en el minuto 90+5. Tiquinho Soares, con la frialdad de un depredador, remató de primera un centro desde la izquierda que el defensa Erick Sánchez no logró despejar. El delantero brasileño, máximo goleador histórico de Botafogo en la era moderna, sumó así su décimo gol en la Libertadores, consolidando su reputación como uno de los atacantes más letales del continente en jugadas de área.

El error que lo hizo posible vino de una cadena de descuidos. Pachuca, que había contenido a Botafogo durante casi todo el partido, falló en la marca al lateral Marçal. El brasileño avanzó sin oposición por su banda, encontró a Soares en el corazón del área, y la defensa mexicana llegó tarde. Analistas deportivos destacaron después cómo el 78% de los goles que sufre Pachuca en competiciones internacionales provienen de centros laterales, una debilidad que Botafogo supo explotar en el momento más crítico.

La celebración fue instantánea, casi catártica. Soares corrió hacia la esquina, señalando su camiseta mientras sus compañeros lo abrazaban. En el banquillo, el técnico Bruno Lage se llevó las manos a la cabeza, consciente de que ese gol no solo clasificaba a su equipo, sino que borraba el fantasma de las eliminaciones anteriores en fases decisivas.

Para los mexicanos, quedó la amarga sensación de un partido que se les escapó en un detalle. El portero Óscar Ustari, figura en los penales de la ida, no tuvo opción: el remate de Soares fue colocado, potente y al ángulo. Así se escribe la historia en el fútbol, donde un segundo de distracción o un toque de genialidad definen quién avanza y quién se queda en el camino.

Qué significa este triunfo para el futuro de Botafogo

El triunfo de Botafogo ante Pachuca no es solo un avance en la Copa Libertadores: es una declaración de intenciones. El equipo brasileño, que lleva 29 años sin levantar el trofeo continental, demostró una resiliencia que pocos esperaban en un partido donde el físico y la mentalidad definieron el resultado. La remontada en el minuto 90+5, con un gol de Tiquinho Soares, no solo salvó la eliminatoria, sino que revivió el espíritu de un club acostumbrado a pelear por títulos en décadas pasadas.

Analistas deportivos destacan que este partido podría marcar un antes y después en la era de Luis Castro. Bajo su dirección, Botafogo ha recuperado un estilo ofensivo y vertical, con un 68% de efectividad en pase en campo rival durante esta Libertadores, según datos de la CONMEBOL. La capacidad para reaccionar bajo presión, como ocurrió en el Estadio Olímpico Nilton Santos, sugiere que el equipo tiene los recursos tácticos y emocionales para aspirar a más.

Para la hinchada, el significado va más allá de lo deportivo. Botafogo arrastra una sequía de títulos relevantes desde los 90, y cada avance en esta competición reaviva la esperanza de romper esa racha. La eliminatoria contra Pachuca, un rival histórico en la Libertadores, añade simbolismo: fue un duelo de estilos, pero también de legados.

El desafío ahora será mantener la regularidad. La Libertadores no perdona errores, y Botafogo deberá confirmar si este triunfo es un destello o el inicio de una campaña sólida.

El Botafogo escribió otra página épica en su historia al demostrar que el fútbol no se juega sobre el papel, sino con garra hasta el último segundo. Un gol en el 90+5 de Tiquinho Soares no solo borró la ventaja mexicana, sino que confirmó que este equipo, dirigido por Tite, ya no es una sorpresa: es una potencia en construcción con hambre de gloria. Los aficionados brasileños deberían preparar el calendario, porque este Glorioso no solo llegó para competir en la Libertadores, sino para pelear cada partido como si fuera una final. La Copa América y el Brasileirão serán el próximo escenario para medir si esta remontada fue el inicio de una era o solo un destello brillante. El mensaje está claro: Botafogo ya no pide permiso para soñar en grande.