El Camp Nou estalló en el 90+3 cuando Robert Lewandowski, con la fría precisión que lo caracteriza, clavó el balón al fondo de la red y selló una remontada que parecía imposible. El polaco, una vez más, demostró por qué Barcelona lo fichó como su arma letal: este gol no solo le dio los tres puntos a su equipo, sino que lo consolidó como el máximo goleador histórico del club en partidos de liga con 35 tantos en apenas 43 encuentros. Valencia, por su parte, se derrumbó bajo la presión culé, incapaces de sostener el 1-0 inicial que habían defendido con uñas y dientes durante más de ochenta minutos.
El duelo entre Barcelona y Valencia no fue un partido cualquiera. Llegaba cargado de tensión tras la irregular campaña blaugrana en LaLiga y la necesidad urgente de sumar de cara a la pelea por el título. Cada error, cada contraataque fallido, se pagaba con monedas de oro en un encuentro donde el físico y la mentalidad marcaron la diferencia. Para los aficionados, este triunfo es más que tres puntos: es un respiro en medio de la tormenta, una señal de que el equipo aún conserva ese gen ganador que lo ha definido durante décadas. Valencia, en cambio, sale herido, con una defensa expuesta y preguntas sin respuesta sobre su capacidad para aguantar ritmos altos contra rivales de élite.
El Valencia que llegó herido al Camp Nou
El Valencia llegó al Camp Nou con las bajas justificando su irregularidad. Tres derrotas en los últimos cinco partidos, incluyendo el 0-3 ante el Real Madrid en Mestalla, dejaban al equipo de Baraja en una posición delicada. La ausencia de Hugo Duro, máximo goleador con 13 tantos esta temporada, y las lesiones en defensa mermaron un once que ya arrastraba dudas desde semanas atrás.
La presión del calendario no perdonó. Con solo 48 horas de descanso tras el empate en Getafe, el cansancio se notó. Analistas destacaron cómo el equipo ché acumulaba más de 500 minutos en campo en apenas dos semanas, un ritmo insostenible para un plantel con rotaciones limitadas.
Baraja apostó por un bloque bajo y transiciones rápidas, pero la falta de frescura física traicionó el plan. En el primer tiempo, el Valencia no logró superar el mediocampo culé ni una sola vez con más de tres jugadores.
La estadística más cruda: solo un remate entre los tres palos en 90 minutos, obra de Diego López en el minuto 67. Un número que refleja la impotencia ofensiva de un equipo que, pese a resistir, nunca incomodó a Ter Stegen.
Lewandowski rompe el guion en el descuento
El Camp Nou contuvo la respiración hasta el último suspiro. Cuando el reloj marcaba 90+3 y el Valencia ya celebraba un punto que sabía a victoria, Lewandowski apareció como un fantasma en el área pequeña. Un pase filtrado de Gavi —su tercera asistencia en lo que va de temporada— le dejó solo frente a Mamardashvili. El polaco no perdonó: remate cruzado, pelota en la red y explosión de euforia en las gradas.
Fue su décimo gol en los últimos diez partidos contra el Valencia, una estadística que subraya su olfato letal en los momentos decisivos. El equipo valenciano, que había resistido con bloque bajo y transiciones rápidas, vio cómo se le escapaba un empate que merecía por esfuerzo, aunque no por ocasiones claras.
La jugada nació de una presión alta del Barça en campo rival, algo que no había logrado con consistencia durante los 90 minutos anteriores. Xavi, visiblemente tenso en el banquillo, saltó del asiento al ver la red moverse. No fue un partido brillante, pero en el fútbol, a veces, lo único que cuenta es el nombre en el marcador al final.
El gol anuló el guion de un encuentro donde el Valencia había neutralizado a Pedri y De Jong con marca al hombre, pero no pudo con la clase individual cuando más dolía.
Barça respira, pero sigue en la cuerda floja
El Camp Nou exhaló aliviado cuando el balón besó la red en el 90+3, pero el triunfo agónico ante un Valencia desdibujado no oculta la realidad: el Barcelona arrastra una irregularidad que ya suma cinco partidos sin convencer. La remontada, teñida de épica por el gol de Lewandowski, disimula apenas las grietas de un equipo que sigue dependiendo de los destellos individuales para salvar los muebles. Los blaugrana acumulan solo dos victorias en sus últimos siete encuentros, una cifra que enciende las alarmas en un vestuario acostumbrado a otro ritmo.
Valencia, por su parte, confirmó su crisis con un partido sin ideas, sin presión y sin respuesta. Sin ni siquiera un remate entre los tres palos en todo el segundo tiempo, el equipo de Baraja se limitó a observar cómo el Barça, pese a su falta de fluidez, terminaba imponiendo su jerarquía en los metros finales. El polaco, máximo goleador histórico de la Champions, volvió a ser el verdugo con su décimo gol en Liga esta temporada.
La clasificación momentánea alivia, pero no engaña: el juego sigue lejos de lo esperado.
Analistas señalan que la posesión estéril—un 68% que no se tradujo en ocasiones claras hasta el tramo final—refleja un problema de fondo. Sin Pedri ni Gavi, la creación se resiente, y la defensa, con Araújo como lateral improvisado, sigue siendo un flanco vulnerable. La cuerda floja no es solo un lugar común; es el escenario real de un Barça que, por ahora, sobrevive más que domina.
El Barça demostró una vez más que el gen de la remontada late fuerte en su ADN, con Lewandowski como verdugo en el descuento para sellar un triunfo que parecía escaparse. Valencia, pese a su planteamiento sólido, pagó caro la falta de contundencia ante un equipo que nunca baja los brazos, incluso en sus peores noches. Queda claro que, contra rivales de este calibre, no basta con defender bien: hay que matar el partido cuando el momento lo exige. Ahora, el conjunto culé afronta la recta final de Liga con un impulso moral clave, mientras los ché tendrán que replantearse su estrategia si no quieren repetir errores en partidos decisivos. La Champions ya asoma en el horizonte, y este tipo de victorias forjan el carácter necesario para aspirar a lo más alto.
